6 de enero 2011 - 00:00

El desamparo según Luis Ortega

La historia de «Los santos sucios», mínima y poco expresiva, no remite a un mundo «postapocalíptico» sino al viaje interior de un grupo de esos que el mundo llama «locos» y que viven a la intemperie.
La historia de «Los santos sucios», mínima y poco expresiva, no remite a un mundo «postapocalíptico» sino al viaje interior de un grupo de esos que el mundo llama «locos» y que viven a la intemperie.
«Los santos sucios» (Arg., 2008, habl. en esp.). Dir.: L. Ortega. Guión: L. Ortega, E. Seguel, A. Urdapilleta. Int.: A. Urdalleta, L. Ortega, M. Juncadella, E. Seguel, R. Albarracín, B. Bulley.

Hay que remitirse hasta 1980 para encontrar entre nosotros una película parecida a la que ahora vemos. Esa película era «Los miedos», de Alejandro Doria, relato alegórico sobre seis sobrevivientes de una peste que caminan rumbo al sur en busca de un lugar donde salvarse. Encabezando el reparto estaban Tita Merello, Sandra Mihanovich y Miguel Angel Solá, cuyo personaje aparecía matando piadosamente a su mujer en el planetario. Coautor, J.C. Cernadas Lamadrid. Sin buena recepción, pronto «Los miedos» se perdió en el olvido, y en algún volquete. Para entonces, Luis Ortega recién tenía un mes de vida.

Su historia también reúne seis sobrevivientes. Cinco de ellos intentan llegar hasta «las grandes aguas» y cruzarlas, en busca de una tierra mejor, o de un mundo mejor, quién sabe. Por lo que parece, hubo una guerra, muchos murieron y otros fueron rescatados por las fuerzas del orden, según dice una leyenda inicial donde resalta un pensamiento bastante incómodo: «El encanto de la humanidad no estaba en su posible salvación, sino en su inevitable catástrofe». Otras cuatro personas decidieron matarse a sí mismas. Dos más pertenecen al orden, pero sólo se limitan a ver cómo los caminantes cruzan una vía. Y una, entretanto, se queda aquí donde sólo quedan soledad y ruinas, asumiendo el lugar del campanero mientras espera el amor que reclama con ansias.

Como historia, «Los santos sucios» dice poco y casi nada. Se aprecian sus climas hechos con mínimos recursos, el singular uso de espacios abandonados y paisajes rurales (locaciones en los departamentos entrerrianos de Colón y Concepción) y el notable trabajo visual, con nubes y otros aderezos resueltos en postproducción. Pero no la historia, que es mínima y poco expresiva. Sin embargo, hay otra historia, una verdadera, que explica lo que vemos.

Es que, para la misma época en que Ortega conoció a los singulares personajes que inspirarían después su hermosa «Caja negra», también conoció otros, de esos que el mundo llama locos y viven a la intemperie. Con ellos pensó filmar un cruce a un espacio interior, más rico y bueno que este del desamparo diario. Se decidió a hacerlo mientras esperaba el dinero para un film más trabajoso. Pero ahí descubrió que ya casi todos estaban muertos (la neumonía hace estragos entre la gente de la calle). Entonces eligió a un actor, o un amigo, para representar a cada uno de ellos, y él mismo asumió, por necesidad de producción, el papel que iba a hacer uno que todavía vive, pero más en su mundo que en el nuestro. El viaje de estos hombres tiene entonces un sentido figurado bastante más claro. Y no es antojo, el cartel con el nombre del río que debe cruzarse sólo con afán de pureza: rio Fijman. Hubo un poeta, Jacobo Fijman, maravilloso para muchos, que vivió en un loquero treinta años largos. Y quizá tampoco sean antojo los carteles de calles Nogués y Andrade que por ahí aparecen.

Por ahí va el camino. Lo otro, de película postapocalíptica y demás monsergas de lanzamiento, es pura distracción.

P.S.

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