28 de octubre 2009 - 00:00

“El director debe crear: la partitura es sólo una guía”

Luis Gorelik, formado en la Argentina e Israel, viene desarrollando un proyecto orgánico con la Orquesta Sinfónica de Salta.
Luis Gorelik, formado en la Argentina e Israel, viene desarrollando un proyecto orgánico con la Orquesta Sinfónica de Salta.
Luis Gorelik, director titular de la Orquesta Sinfónica de Salta, viene desarrollando un valioso proyecto con ese organismo provincial que incluye la consecución de un sonido propio para la agrupación salteña y una serie de actividades musicales de difusión en la misma provincia y giras por el resto de país.Dialogamos con él acerca de su proyecto y futuras actividades.

Periodista: ¿Cómo inició sus estudios musicales orientados a la dirección orquestal?

Luis Gorelik: Soy nacido, criado y crecido en La Plata. Comencé mis estudios de música en el Bachillerato de la Facultad de Artes en mi ciudad y mis estudios de grado en la Academia Rubin de Jerusalém. También estudié muchos años con Pedro Ignacio Calderón antes de irme del país y por el que tengo sentimientos muy profundos de amistad y respeto. Luego, en Israel, los seguí con otro gran maestro que acaba de morir y que fue Mendi Rodan, director por muchos años de la Orquesta Sinfónica de Jerusalén y director de la Orquesta de la Radio de Bruselas. Un enorme maestro y un gran músico. Permanecí en Israel por muchos años, fui director asociado de la Orquesta de Haifa, y gané un concurso organizado por Zubin Mehta con la Filarmónica de Israel, lo que me permitió dirigir tres conciertos al frente de esa orquesta, lo que me permitió dirigir otros organismos internacionales, como director sinfónico o de ópera. Últimamente me radiqué en Chile, donde durante 7 años fui director titular de la Orquesta de la Universidad de Concepción y ya hace tres años que he vuelto al país.

P.: Usted también está muy vinculado a la vida musical platense...

L.G.: Sí, en noviembre tengo que dirigir con la orquesta y el coro del Teatro Argentino de La Plata la Segunda Sinfonía («Resurrección») de Gustav Mahler. Es algo que me entusiasma grandemente. Durante esta temporada también dirigí allí el ballet «Romeo y Julieta» de Prokofiev y algunas óperas en diversos centros mundiales, como San Pablo, Santiago y Serbia, donde hice «Tosca», de Puccini.

P.: ¿Si tuviera que elegir entre la música sinfónica, la ópera o el ballet, con cuál se queda?

L.G.: Es una elección que prefiero no hacer. Digamos, mi actitud frente a la música sinfónica es siempre gozosa. Hacer Mozart o Mahler me colman de felicidad, por ejemplo, y la dirección de una ópera siempre me aporta elementos para la comprensión de la teatralidad que contiene la música sinfónica. Tanto una cosa como la otra enriquecen, y también el ballet, que es algo que dirijo mucho. Todo, en definitiva, se complementa.

P.: Usted habló de Mozart y Mahler. ¿Son sus compositores preferidos?

L.G.: No, sólo los nombré porque por estos días estoy inmerso en esos dos autores. Tengo algunas preferencias pero estas van variando, según los períodos y etapas de mi vida. Por ejemplo acabo de hacer la «Sinfonía 40» de Mozart que fue una obra que me llevó años preparar, tal su complejidad. Esperaba siempre presentar una versión convincente de esta obra maestra de Mozart. Esto me llevó a un trabajo muy profundo de introspección y de análisis y recién ahora, a los cuarenta y seis años, me animo a dirigir convincentemente la 40. Y en cuanto a Mahler, me ha tocado dirigir varias veces sus sinfonías y ahora comienzo con la preparación de la «Resurrección» para hacer en La Plata.

P.: ¿Usted respeta al pie de la letra lo escrito o pone lo suyo?

L.G.: Le voy a decir algo radical: cuando dirijo una obra lo que menos me importa son los deseos del compositor. El autor dejó un manual de instrucciones que es la partitura, a partir de él, el artista genera un discurso convincente y coherente. Hay muchos discursos de este tipo. Los mismos directores que eran compositores no siempre dirigen sus obras de la misma manera. Lo más importante es que uno se contacte con la obra que es un ente separado del compositor. Uno le insufla vida a la obra del compositor. La interpretación debe ser un acto creativo, no recreativo.

P.: Hablemos del proyecto de expansión que ha emprendido con la Orquesta Sinfónica de Salta.

L.G.: Es un organismo que nació con mucha fuerza y apoyo gubernamental, que afortunadamente se mantiene y lleva adelante una actividad de excelencia y masiva por toda la provincia de Salta. La orquesta mantiene una temporada regular en el Teatro oficial y además, gira permanentemente por el resto de la provincia. En Salta la orquesta cumple con un promedio de 50 presentaciones anuales. Además llevamos a cabo una política institucional de acercamiento a todos los sectores de la población. Por eso nos presentamos con frecuencia en Tartagal, Orán, San Antonio de los Cobres, Rosario de la Frontera y en escenarios alternativos como lo hicimos el mes pasado, con una actuación en el penal de Villa Las Rosas, donde según me han informado era la primera vez que una orquesta sinfónica se presentaba en un lugar como ese.

P.: ¿Cómo responde el público?

L. G.: Siempre bien, en algunos lugares más, en otros menos, pero estas presentaciones son un símbolo. Ir a dar un concierto en San Antonio de los Cobres implica un esfuerzo enorme, de recursos, de difusión. A veces todo eso se hace para cincuenta espectadores, pero esto posee valor simbólico. Como en la cárcel, no creo que un concierto vaya a cambiar la vida a un interno, pero es un acto potente de integración, de igualarse a todos a través de la música.

P.: ¿La música que elige para hacer es del repertorio sinfónico tradicional o hace otras músicas?

L.G.: En algunos casos, además del repertorio tradicional, hemos llevado algunos arreglos de música folklórica, cosas del Cuchi Leguizamón o de otros artistas salteños. Hemos hecho el año pasado un programa con comedias musicales, al aire libre y con mucho éxito. Algunos conciertos de tango y de folklore también han repercutido en el público con fuerza. Tratamos de ampliar el repertorio y dar flexibilidad a la propuesta.

P.: ¿Cree que ya ha logrado ese sonido propio para su orquesta?

L.G.: Quisiera creerlo. Vengo trabajando en ello en los últimos tres años. No han sido tres años fáciles porque para el país no lo fueron. Hubo recortes presupuestarios. Pero uno de mis trabajos más intensos ha sido lograr un sonido propio y yo creo que lo he conseguido. Acabamos de grabar un disco con música de compositores argentinos y escuchándolo uno se da cuenta de que el esfuerzo valió la pena y que ese sonido buscado está presente. El disco contiene nueve obras bajo el título de 200 años de música argentina.

P.: ¿Si tuviera que elegir algún director internacional que le haya servido como modelo, a quien señalaría?

L.G.: Hay muchos que me interesan y me han servido de modelo. Uno de ellos es Nikolaus Harnoncourt. Me parece que él se superó a sí mismo al pasar de ser un músico historicista a ser un intérprete contemporáneo. Mezcló las técnicas historicistas con las técnicas contemporáneas dándole una paleta muy amplia de posibilidades. Hay otros como Georg Szell, Rafael Kubelik, Claudio Abbado que me interesan, pero siempre la elección se debe a una cuestión de estilo o de compositor.

P.: De no haber sido director de orquesta ¿cuál hubiera sido su profesión?

L.G.: Periodista o piloto comercial. De hecho soy piloto de avión.

Entrevista de Eduardo Giorello

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