21 de marzo 2014 - 00:00

EL DOLOR DE YA NO SER

Durante décadas, los “barones” del conurbano fueron considerados piezas imprescindibles para ganar una elección. Pero, al menos desde 2001, la mítica maquinaria se muestra cada vez menos infalible. Nadie parece haber tomado la posta del armador que dejó Eduardo Duhalde. Actores de la política bonaerense y analistas hacen su juego en un escenario nuevo.

EL DOLOR DE YA NO SER
Había una vez una mesa chica que reunía a algunos intendentes del Gran Buenos Aires (GBA) y unos pocos interlocutores del Gobierno de turno, que dirimía la estrategia electoral y garantizaba un importante piso de votos. Tiempos en que la estructura orgánica del PJ se repartía entre hombres que se ganaron el título de barones del conurbano. Hombres que ejercían el Ejecutivo en partidos populosos, con reelección casi asegurada y peso territorial para inclinar la balanza no sólo en la provincia, sino en el país.

Aunque el publicitado aparato del PJ bonaerense tuvo (tiene) cierta autonomía, no todo fue lineal y apartado de los ciclos históricos de la democracia.

La extraordinaria elección de Raúl Alfonsín en 1983 menguó algo los feudos del Gran Buenos Aires que habían nacido décadas antes bajo el paraguas del peronismo, por lo que el mapa pareció, en los primeros años de la democracia, menos monocolor que lo que había sido antes y lo que sería después. Así, entre 1983 y 1987, el alfonsinismo dio a la UCR el mando de partidos como Tres de Febrero, Esteban Echeverría, Morón, Quilmes, Avellaneda y San Martín. En consecuencia, si bien Manuel Quindimil continuó petrificado en Lanús, Herminio Iglesias se licuó en Avellaneda.

En términos históricos, el paso del radicalismo por la mayoría de los distritos populosos del GBA sería una tormenta de verano. De la mano de Antonio Cafiero, en 1987, se inaugurarían dinastías peronistas menos atrapadas por el pasado, aunque no sería el veterano ministro de Perón quien cosecharía los frutos del restablecido aparato bonaerense. Desplazado Cafiero del lugar central de la política por la derrota ante Carlos Menem en la interna presidencial peronista de 1988, Eduardo Duhalde hilvanaría una red en el conurbano que le serviría por década y media para negociar y condicionar la política argentina. Tomando como punto de partida 1983, acaso nadie como Duhalde pudo armar un proyecto político nacional sustentado, sobre todo, en el poder del peronismo bonaerense. Si bien tal apoyo no fue suficiente para que el lomense llegara a la Casa Rosada, aún hoy, el eterno expolítico en plena actividad no logra desviar las miradas de los que lo quieren y los que no lo quieren cada vez que hay ruido en los partidos del Gran Buenos Aires.

Atribuible a las victorias de Cafiero, Menem o Duhalde, la hegemonía peronista duraría varios ciclos electorales, al menos hasta el deslucido final de la segunda presidencia del riojano, cuando llegaría otra oleada no puramente peronista, menos impactante que la de Alfonsín en 1983.

Por caso, Juan Carlos Rousselot dejó al peronismo mal herido en Morón, donde aún gobierna el sabbatellismo surgido del ala izquierda de la Alianza liderada por Fernando de la Rúa en 1999, mientras que en Avellaneda, Oscar Laborde se subió también ese año al tren del Frepaso que había extendido su fuerza porteña al primer cordón del GBA, así como el radical Fernando Geronés hizo pie por un rato en Quilmes. En San Martín, el abogado de origen radical Ricardo Ivoskus sobreviviría más que casi todos sus colegas aliancistas, hasta la irrupción del massismo en 2011. Por el carril de la derecha dura (pero no lejos del peronismo) habían avanzado antes Aldo Rico en San Miguel y Luis Patti en Escobar.

Finalmente, la debacle nacional de 2001-2002 y el surgimiento del kirchnerismo devolverían un GBA pintado del nuevo-viejo peronismo, con apenas un puñado de excepciones. Entre ellas, claro, dos barones cosecha 83 de feudos radicales con componente sociológico parecido al de la Capital Federal: Enrique Japonés García en Vicente López (desplazado por Jorge Macri en 2011) y los Posse (Melchor, 1983-1999; Gustavo, 1999-actualidad) en San Isidro. Ambos serían durante unos años radicales K.



Autonomía, renovación y cambio

Si bien el peronismo ofreció corrientes de todo pelaje en tres décadas de democracia, la mayoría de los aparatos territoriales actuó con lógica autónoma a la vez que se puso a disposición del proyecto nacional.

Algunos de los nombres que llevan varios lustros en la silla comunal y trascendieron ciclos históricos son Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas), Alberto Descalzo (Ituzaingó), Raúl Othacehé (Merlo), Julio Pereyra (Florencio Varela) y Hugo Curto (Tres de Febrero). Otros forjaron su dominio en los primeros años de la última década (Fernando Espinoza en La Matanza y Juan José Mussi en Berazategui).

Pero lo que parecía inalterable lo es cada vez menos, a la sombra de una crisis compleja que combina factores.

Las elecciones de octubre pasado consolidaron un dato con el que debió lidiar el kirchnerismo desde su llegada a la Casa Rosada. Los lazos con los barones del Gran Buenos Aires son débiles y, a su vez, éstos se encuentran cada vez más vulnerables frente a oleadas que trascienden distritos (De Narváez en 2009, Massa en 2013). Los porcentajes de las victorias se acercan cada vez más al 40% y se alejan del 70%.

El debilitamiento de la voz de los caciques dentro del oficialismo -para muchos profundizada con la salida de juego del exvicegobernador Alberto Balestrini tras su problema de salud y con la muerte de Néstor Kirchner- es para el analista político Fabián Perechodnik la mayor razón de la pérdida de fuerza de los barones del conurbano.

Su influencia en la política provincial y partidaria ha mermando permanentemente en los últimos años. En esto, mucho tiene que ver la preferencia del Gobierno nacional por apoyarse en movimientos sociales y políticos independientes (y en ocasiones competidores) de las estructuras políticas tradicionales encabezadas por los intendentes, explicó el director de Poliarquía. En este sentido, la comunicación fragmentada y la desconfianza imperante entre los barones del Conurbano y el Gobierno nacional seguramente ha afectado tanto el poder electoral del kirchnerismo como la influencia de los intendentes peronistas en el armado y la agenda política.

Para varios actores de la política bonaerense, esa pérdida de influencia es un rasgo de evolución de una fuerza histórica, criticada muchas veces por sus formas arcaicas y su pragmatismo exacerbado.

Las principales voces a favor de dar por superada la mitología peronista de caudillos son, precisamente, las de los intendentes que no formaron parte del exclusivo grupo que durante años definió la ruta partidaria o que se sumó al kirchnerismo desde otras fuerzas políticas.

El intendente Mario Secco ganó ocho elecciones en Ensenada, todas con porcentajes altos, y se sumó al oficialismo desde una agrupación vecinal. En los comicios de octubre pasado logró uno de los mejores resultados para el kirchnerismo en la provincia. La lista de concejales que encabezó como postulante testimonial obtuvo el 49,45%. En diálogo con Viernes, afirmó que la noción de barones del conurbano es algo que se acabó, es más una metáfora. El poder de los intendentes se ve reflejado en las urnas.

Destacó que en los últimos años, el peronismo se convirtió en un espacio más grande, con un debate amplio de ideas. Somos todos intendentes que trabajamos bancando al modelo, todos alineados con el proyecto nacional, algunos dentro del PJ y otros por fuera, señaló.

Daniel Di Sabatino, intendente de San Vicente, coincidió: En los últimos años vimos más una amplitud que una mesa chica, una amplitud que nos ha hecho transversales. Yo le quitaría esa trascendencia al PJ como eje de las políticas del kirchnerismo. Las circunstancias nos llevaron a otro modelo más positivo, afirmó.

Sin embargo, un aparato territorial construido durante casi tres décadas por los barones no se tira abajo con un mero soplido ni pierde su valor estratégico por una derrota electoral.



Peso territorial y mudanza

El conurbano representa el 23% de los votos en una elección nacional, superando a Capital Federal y a las provincias de Córdoba y Santa Fe.

Heredar una estructura aceitada de dirigentes, armadores e, incluso, punteros como la que ostentan los barones es una forma de simplificar el camino hacia la Presidencia o la gobernación. Y es por eso que esos intendentes aún cotizan dentro de la pelea, no tanto por sus planes para la política partidaria, como por su aparato territorial.

Massa lo entendió y comenzó a mudar al Frente Renovador viejos nombres del PJ bonaerense. La última, acaso hasta ahora la mayor anotación y también la más polémica, fue la de Othacehé, quien lleva 22 años en la intendencia de Merlo.

Hay riesgos de que esa distinción como nueva referencia quede en la nada porque Massa está captando a viejas figuras del PJ bonaerense, lo que podría enturbiar el proyecto. El peso territorial contrapesa los aires de renovación y los nuevos liderazgos, opinó Mariel Fornoni, de Management & Fit, una consultora que publica en Clarín.

Por su parte, el gobernador Daniel Scioli, sabiendo de lo endeble de las adhesiones, conformó al menos seis agrupaciones -La Juan Domingo, La Dos, Peronismo 2020 y Grupo Descartes, entre otras- que trabajan en sus aspiraciones para 2015 y que comenzaron a trazar el mapa de una estructura territorial propia y alterna a la de los jefes comunales.

La idea es que el armado se edifique desde los concejos deliberantes con la creación de sub-bloques que permitan, por un lado, conformar un esquema propio de poder, y por el otro, ganar terreno al massismo de cara a las posibles internas para definir un único candidato presidencial peronista.

Para Perechodnik, constituye la jugada natural de un espacio con aspiraciones presidenciales aunque, en definitiva, es sostener la base tradicional electoral del PJ y ampliarla desde allí.

Tanto Massa como Scioli buscan generar una masa crítica de agrupaciones y dirigentes en los principales distritos del conurbano como forma de acceder al electorado peronista e independiente, aseguró. Los intendentes del conurbano, por su parte, jugarán con uno u otro según sus propios cálculos y con el objetivo de garantizar su supervivencia y la de sus estructuras.



La madre de todas las derrotas

Una vez más, las disputas peronistas y las transformaciones en la fuerza que lleva décadas gobernando la provincia de Buenos Aires deberían ser la oportunidad de la oposición de salir fortalecida, de aprovechar la posibilidad de canalizar el apoyo de los votantes cansados de las figuras tradicionales y de usar el debilitamiento en la estructura partidaria para extender un sistema territorial alternativo.

Pero el momento no encontró a la oposición en condiciones de lograr romper con el folklore popular que afirma que sólo el peronismo puede gobernar a los bonaerenses.

Cometimos el error, en las últimas elecciones, de hacer una campaña centrada en el antiperonismo sin destacar medidas valiosas que se lograron en el oficialismo en el último tiempo, sobre todo cuando el 90% del conurbano adhiere a lo que identifica como peronismo. Nuestro error fue construir un espacio en las antípodas del peronismo, reconoció a Viernes el exdiputado provincial y presidente de la Coalición Cívica-ARI bonaerense, Walter Martello.

En nuestro espacio hay mucha imposición de candidatos presidenciales, pero con muy poco correlato de lo que sucede en la provincia y todos sabemos que no se puede ganar una elección sin la provincia de Buenos Aires, agregó.

Fornoni, por su parte, recalcó la desventaja que representa no contar con estructuras partidarias como la del PJ. Es muy difícil para la oposición porque hay que instalar a un candidato en un territorio muy amplio y disperso. Tenés candidatos como Margarita Stolbizer con tres elecciones encima y que todavía tienen un 50% de nivel de desconocimiento en la provincia. Hay, además, otras restricciones de recursos, de tiempo, sostuvo.

Martello, no obstante, insistió en el error de no rescatar valores peronistas como propios dentro de los partidos opositores. Creo que es necesario que demostremos que los valores históricos del peronismo están en otros espacios además del PJ. Pero lamentablemente no está sucediendo, dijo. Ricardo Alfonsín entendió la situación y, en cambio, trató de seducir a parte de ese electorado rescatando algunos valores peronistas, agregó.

Sin embargo, desde la UCR bonaerense buscaron alejarse de una posible comparación con el PJ aún cuando eso pudiera beneficiarla electoralmente.

Alejandro Armendáriz, diputado provincial y presidente del comité bonaerense de la UCR, afirmó a Viernes que sí se criticó al justicialismo bonaerense en la campaña porque en 25 años de gobierno llevaron a la provincia a una situación de deterioro.

Consultado acerca de si analizaban rescatar banderas del PJ para suplir el poco apoyo que reciben los radicales en el conurbano, a diferencia de lo que ocurre en algunas provincias en las que el partido centenario se recuperó de tragedias electorales, aseguró que no y que se está trabajando en una nueva estrategia porque el conurbano es una debilidad para posicionarse como alternativa.

Martello es poco optimista sobre lo que pueda lograr la Coalición Cívica-ARI de aquí a 2015. La posibilidad de romper el mito de que sólo puede ganar el peronismo está lejos aunque en la historia la oposición triunfó dos veces, una con Graciela Fernández Meijide (legislativas de 1997) y otra con Raúl Alfonsín. Pero es cierto que en la sociedad está esa creencia. Bueno, tenemos que convencerlos de que no venimos a derrumbar todo lo hecho, incluso si fuéramos gobierno, habríamos hecho algunas cosas igual, pero con más control. Pero sí se les puede ganar, afirmó.

@maricelspini