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El exilio, el regreso y el camino de la democracia
José Luis Castiñeira de Dios
Su refugio fue España y su nueva realidad una Europa que ahora le parecía hostil. La consecuencia de tantos descalabros había sido un período de inactividad y depresión que finalmente decidió romper en ese invierno de 1981. La grabación tuvo lugar en París, con la participación de extraordinarios músicos franceses que ya eran mis amigos, tras cuatro años de forzada residencia parisina, y algunos magníficos solistas criollos, «argentinos de París», como Juan José Mosalini, Susana Lago, Narciso Omar Espinosa, el Negro Navarro y la visita de figuras como Ariel Ramírez, que apareció en plena grabación para escuchar una nueva versión de su famoso «Indio toba».
El resultado fue un disco estupendo, para mí uno de los más hermosos que grabó Mercedes en su larguísima carrera profesional. Y ese long play fue también el punto de partida de una nueva etapa para su vida de artista. Su entusiasmo renació, y con él una primer gira a fines del 81 por Cuba, Nicaragua, Venezuela y Colombia.
Managua fue un recuerdo imborrable. Estábamos alojados en casa de Sergio Ramírez, el vicepresidente nicaragüense, y en el recital del Teatro Oficial nos encontramos con todos los comandantes sandinistas, uniforme de combate y pistola al cinto, y una sala colmada de internacionalistas argentinos, uruguayos y chilenos.
Y luego, inesperadamente, a comienzos de enero del año siguiente, 1982, Mercedes nos llamó a Omar Espinosa y a mí para contarnos que había una posibilidad de hacer una serie de actuaciones...¡en el Buenos Aires de Galtieri! Un joven empresario de rock, Daniel Grinbank, había obtenido las garantías para poder realizar una serie de once recitales en el Teatro Opera, donde estaríamos acompañados por muchas de las figuras de esa Argentina para nosotros ya tan distante: Charly García, Antonio Tarragó Ros, Ariel Ramírez, Fito Páez, y el increíble Domingo Cura, extraordinario «bombisto» santiagueño, y un ser maravilloso, con quien me tocó compartir todas las emociones que comenzaron con esos recitales y los que vendrían en los meses sucesivos en Francia, Brasil, Alemania, Estados Unidos, Canadá, Dominicana, Puerto Rico, y sobre todo la Argentina.
Fueron dos años de una intensidad emocional y artística única, tocando en estadios colmados, escapando a las bombas en Estudiantes de La Plata ¡resguardados por la Policía Montada que nos enviaba Camps para protegernos!, en escenarios junto a Milton Nascimento, Daniel Viglietti, Chico Buarque o Serrat. Fueron años vertiginosos e intensos, con una íntima compenetración artística con Mercedes y una sensación de participar en la emoción de tanta gente que veía en ella y en su canto la imagen de sus libertades recuperadas.
Siempre me asombró en Mercedes su constante inquietud artística, no limitada sólo a la música sino también a la poesía, a la pintura, al pensamiento. Tuvo siempre una extraordinaria avidez por lo nuevo, por lo creativo, por lo revolucionario. Y esa era su vida, la del eterno descubrimiento inocente de las novedades que iban revelándose a su paso. No había especulación. Era auténtico e infatigable interés. Y por otra parte, su increíble calidez humana, una potencia de amor, que la gente sentía a la distancia que mediaba entre un escenario construido en el centro de un estadio de fútbol y las lejanísimas plateas, subyugados por el cálido color de su voz, «la» voz de América Latina.
(*) Músico, integrante durante tres años del conjunto que acompañó a Mercedes Sosa.

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