11 de noviembre 2009 - 00:00

“El ideal bolivariano hoy es lo contrario a los del Libertador”

Volpi: «A lo largo de los últimos diez años, mientras escribía novelas que tratan sobre Alemania, Rusia o Francia, siempre me surgía la pregunta de por qué un latinoamericano escribía esos libros.»
Volpi: «A lo largo de los últimos diez años, mientras escribía novelas que tratan sobre Alemania, Rusia o Francia, siempre me surgía la pregunta de por qué un latinoamericano escribía esos libros.»
«La celebración del bicentenario de la Independencia impulsa a reflexionar sobre la situación real y las proyecciones de América Latina. Eso ha ocurrido en los últimos tiempos con varios escritores en México, y es uno de los motivos que a mí me han llevado a ir desde nuestro pasado mítico a un futuro imaginado». Esas, sostiene Jorge Volpi, son las raíces de su libro «El insomnio de Bolívar», con el que ganó el Premio Debate-Casa de América. El escritor mexicano, actual director del «Canal 22», de televisión cultural, y antes agregado cultural de la embajada de su país en Francia, alcanzó consagración internacional con su «Trilogía del siglo XX» compuesta por: «En busca de Klingsor», sobre los científicos del nazismo, «El fin de la locura», sobre el comunismo soviético, y «No será la tierra» sobre lo utopías sociales y el proyecto genoma humano. En su breve visita a Buenos Aires, dialogamos con él sobre «El insomnio de Bolívar».

Periodista: ¿Por qué luego de una obra narrativa que tiene como escenario fundamental a Europa publica un ensayo sobre el ser latinoamericano?

Jorge Volpi: «El insomnio de Bolívar» busca reflexionar sobre qué significa ser latinoamericano hoy. A lo largo de los últimos 10 años, mientras escribía novelas que tratan sobre Alemania, Rusia o Francia, siempre me surgía la pregunta de por qué un latinoamericano escribía esos libros. Quizás eso motivó que escribiera ahora un libro sobre América Latina en nuestra época.

P.: En su divertido prólogo confiesa que una de las cosas que lo llevaron a estas reflexiones es que de su obra se dijo que es la de «un mexicano que no parece mexicano», y que nadie diría lo mismo de un escritor inglés que no escribe sobre Inglaterra.

J.V.: Intenté no dejar de lado el sentido del humor. Busqué ser satírico, y también realista y pesimista, sobre el futuro de América. Si se es realista se termina siendo pesimista cuando se detallan los problemas, conflictos, idas y vueltas, temas postergados, situaciones que atraviesan nuestros países.

P.: ¿Qué nos ofrece su obra?

J.V.: Cuatro ensayos largos, que llamo «consideraciones intempestivas», como homenaje a Nietzsche, para indicar que son ensayos polémicos sobre asuntos políticos o literarios sobre América Latina. El primero, «Deshacer la América», es sobre la identidad latinoamericana, sobre hasta dónde podemos seguir diciendo que existe América Latina y por qué habría que revisar este concepto. América Latina de pronto desapareció de los mapas, sus dictadores y guerrilleros pasaron a mejor vida y se llevaron con ellos el horror y la gloria, y el realismo mágico fue sepultado en la selva y cómo esta milagrosa y tórrida región se torna cada día más difusa, aburrida y normal.

P.: Allí hace un irónico viaje «a vuelo de pájaro» sobre cómo son hoy las capitales de nuestros países, para pasar, en la segunda parte a plantear el tema de «la democracia en América» y pone entre paréntesis «Latina», para hacer un guiño sobre que no olvida las ideas que Alexis de Tocqueville tuvo sobre eso.

J.V.: Describo la trágica suerte de nuestras democracias, la corrupción y mediocridad de sus gobernantes, las vicisitudes y excentricidades de sus nuevos caudillos democráticos. Muestro la paradoja de que, en estos momentos, en todos los países de América Latina, menos Cuba, hay regímenes formalmente democráticos, pero de democracias endebles que no enfrentan una enorme cantidad de problemas. Allí reviso estas democracias imaginarias y repúblicas fallidas.

P.: Y después de eso pasa a hablar de literatura.

J.V.: Es que la imaginación continúa dibujando el azaroso perfil de América Latina, dibuja los nuevos territorios, los espejismos, ilusiones y quimeras. Es un ensayo literario sobre cómo ha sido el desarrollo de las generaciones más recientes, sobre los escritores latinoamericanos nacidos entre los años sesenta y los ochenta.

P.: ¿Es como un relax teórico para un final donde aventura un futuro «Estados Unidos de las Américas?

J.V.: Esa última parte, la más provocadora, es una especie de anticipo de qué podría ocurrir con América Latina en los próximos años. Haciendo énfasis en la provocación, me planteo cómo en el año 2110, es decir dentro de un siglo, podría desaparecer la idea de América Latina, imaginando la unión de todo el continente, desde Canadá hasta la Argentina, en algo semejante a la Unión Europea.

P.: La idea de detenerse a pensar sobre las circunstancias y posibilidades de nuestro territorio es una tradición con nombres como los de Sarmiento, Martínez Estrada, Murena, Henríquez Ureña, Octavio Paz, Galeano, entre muchos otros.

J.V.: A mí siempre me ha gustado ir alternando ensayo con novela. En México esa tradición es muy poderosa, sobre todo por Octavio Paz y Carlos Fuentes. En mi caso está en «México: lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su patria» o «La guerra y las palabras», por mencionar dos libros.

P.: ¿Por qué sostiene que Roberto Bolaño es «el último escritor latinoamericano»?

J.V.: Es otra provocación. Intento decir que la generación de Bolaño, más que Bolaño mismo, es la última que intenta responder a la tradición latinoamericana en el sentido en que lo hacia el «boom». Es un distanciamiento enorme el de Bolaño del boom (de García Márquez, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Donoso) y al mismo tiempo una respuesta. Bolaño clausura la idea del escritor latinoamericano como portavoz de América Latina y la tradición latinoamericana. Las generaciones siguientes, es decir de la mía en adelante, ya no piensan que la literatura tenga ninguna función identitaria ni con respecto a la nacionalidad de cada uno ni a la construcción de una idea de América Latina, se buscan otras tradiciones, otros temas, ya no hay ese deber ser crítico que en el pasado obligaba a escribir de cierta manera. Es un momento de enorme prodigalidad o de caos, como se le quiera ver.

P.: Bolaño tiene, entre otras cosas, el haber andado mucho por nuestros países, antes de instalarse en Barcelona.

J.V.: En mi libro «Mentiras contagiosas» he comentado las posibles causas de la fascinación que ejerce Bolaño desde mucho antes de su consagración por la crítica francesa y que su éxito en los Estados Unidos, uno de los lugares más cerrados e impermeables a las literaturas extranjeras, lo hiciera entrar en el canon convirtiéndolo en un ícono global un lustro después de su temprana muerte. Y no se toma en cuenta que cada uno de sus textos es una bofetada a tradiciones que lo obsesionaban. Hay un recorrido que va de «Rayuela» a «Los detectives salvajes» o «2666». Afincado en Barcelona, Bolaño escribe cuentos y novelas mexicanos. chilenos, uruguayos, argentinos (lleva al extremo la parodia de la argentinidad en «El gaucho insufrible»), pero en contraposición de los escritores del boom, juega a pertenecer a esas literaturas para hacer una hilarante crítica de la idea de literatura nacional. El abate la idea que se tenía en algunos lugares de que el realismo mágico era la forma de expresarse en América Latina. Después de Bolaño, escribir con la convicción bolivariana que tenía el boom se ha vuelto irrelevante.

P.: Su obra remite a la utopía de Bolívar, al que le hace decir en su lecho de muerte: «una América unida, menudo disparate» y, a su vez, en «El insomnio de Bolívar» manifiesta su deseo de una Unión Americana.

J.V.: El sueño de Bolívar era la unión hispanoamericana y su insomnio es mi chiste sobre la imposibilidad de que eso ocurra cuando se cumple el bicentenario de la Independencia. El ideal bolivariano por conflictos, divisiones, desigualdades e ignorancias entre los países acabó siendo lo contrario a los ideales del Libertador, tan manoseado en los últimos tiempos. Esto no quiere decir que nuestro futuro no pueda estar en el plano utópico de la unidad continental, borrando fronteras, terminando con rencores, arbitrarios y torpes impedimentos. Creo que en un futuro no muy lejano la integración se dará a través de los más grandes motores de América del Norte y de América del Sur, y que no serán de lengua española como lo quiso Bolívar, sino que serán los Estados Unidos y el Brasil. Ellos comandarán la nueva configuración.

P.: Parece que esos dos países pronto van a hablar en español, Lula lo habla correctamente, y Huntington en su libro «Quiénes somos» teme que eso está ocurriendo en Estados Unidos.

J.V.: En alguna medida, Estados Unidos ya es también parte de América Latina.

P.: ¿Qué pasa con su obra de ficción?

J.V.: En México, simultáneamente con «El insomnio de Bolívar» salieron dos libros, otro de ensayos y una novela breve, «Oscuro bosque oscuro», que el año que viene llegarán a la Argentina.

Entrevista de Máximo Soto

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