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El legado artístico del último gigante
• CON LA MUERTE DE HORACIO SALGÁN EL TANGO DESPIDIÓ A SU GRAN GENERACIÓN
El maestro se fue el pasado viernes, pocos días después de que Daniel Barenboim lo celebrara, en el Teatro Colón, en un concierto que unió su nombre al de Alberto Ginastera, ambos centenarios.
Horacio Salgán. Uno de los pioneros del lenguaje del tango.
En los años 40, ya era una figura destacada aunque algo resistido por programadores y directores artísticos. Comenzaron sus grabaciones y en 1944 formó su primera orquesta con la voz de Edmundo Rivero que sostuvo hasta 1947, con las dificultades que significaba salirse de los moldes y no responder a las más convencionales necesidades bailables de la época. Se dedicó un tiempo a la docencia. Ya asentado en sus convicciones y estilo con el reconocimiento de sus pares, en la década siguiente rearmó su orquesta y es de entonces que quedan sus mejores registros. Curiosamente, en 1950 compartió un disco -lado A para Ástor Piazzolla y lado B para su consagratorio "A fuego lento"-, con quien luego sostendría una respetuosa y enemistada admiración, tanto que a la hora de escribir su célebre libro "Curso del tango" (2001) dejó prácticamente fuera del relato y de la consideración al autor de "Adiós Nonino", y en buena medida colega en eso de buscarle nuevas rutas al tango.
En 1957, conoció a quien sería su compañero de la vida y de la música. Ubaldo de Lío tocaba en el bar Jamaica con una guitarra más propia del jazz (aunque venía del tango y del folklore) que siguió utilizando hasta su muerte en 2012. Fue su partenaire en el recordado dúo pero además compañero de todas las formaciones posteriores de su orquesta y del glorioso, y aún existente con los muchos cambios del caso, Quinteto Real.
Salgán pensaba que Piazzolla había sacado los pies del plato del tango y eso lo alejaba ideológicamente de él. Pero más allá de esa consideración, fue su colega más pleno en eso de correr al género de los pies de los bailarines para ponerlo en la sala de concierto. Y ese quinteto que armó en 1964 (no extrañamente, Piazzolla y Salgán eligieron el mismo orgánico para su instrumento camarístico favorito), es la muestra más clara. Con Enrique Mario Francini en violín, Pedro Láurenz en bandoneón, Rafael Ferro en contrabajo (poco después reemplazado por Quicho Díaz) y su amigo De Lío en guitarra, hicieron algunas grabaciones y escribieron algunas de las mejores páginas de la historia de la música rioplatense. El grupo tuvo varias "remakes" con otros integrantes y tiene actualmente su secuela con su hijo, César Salgán, comandando desde el piano.
La trayectoria de Salgán, que murió el pasado viernes en el sanatorio Güemes donde estaba internado, con 100 años cumplidos, es vasta. Actuó en Japón, los Estados Unidos y Europa, aunque su presencia internacional fue menor a la de otros colegas, aún menos ilustres, porque no era muy afecto a los grandes tours. Y en los últimos años se fue retirando de a poco de los escenarios, más por falta de ganas que por imposibilidades físicas, que sólo lo agobiaron en el final.
Actuó en salas como las del Teatro Colón y el Lincoln Center. Las instituciones culturales de su ciudad y de la Nación o una estrella internacional como Daniel Barenboim le hicieron todos los homenajes que estuvieron a su alcance, y el cine lo mostró en su faceta más íntima en el excelente y controversial documental "Salgan & Salgán", que dirigió Caroline Neal y se conoció el año pasado.
Se destacó como director, compositor, arreglador, pero fundamentalmente como orquestador y pianista; y era pintoresco escucharlo cantarse las notas que iba sacando a las teclas con la comodidad de quien tiene virtuosismo e ideas de sobra. En su obra creativa hay clásicos como "Don Agustín Bardi", "La llamó silbando", "Grillito" o el citado "A fuego lento", pero también están el "Oratorio Carlos Gardel" (con texto de Horacio Ferrer) y una serie de composiciones en tango y otros géneros, buena parte de las cuales todavía no se conocen, como zambas, milongas, malambos, choros, etc. Y no se puede dejar de mencionar los antológicos registros como músico acompañante de varios cantores, pero especialmente de Roberto Goyeneche y Edmundo Rivero.
Era un tipo gracioso al que le gustaba contar chistes -lo cargaban porque solía repetirse en su repertorio-, con esa particular voz aflautada que le había dado la naturaleza, pero no era un tanguero típico al que le gustaran la noche y los excesos. En 2005 recibió el Konex de Brillante como el mayor músico popular argentino de la década, y tuvo un par de apariciones en cine, con el Quinteto Real en "Tango no me dejes nunca" (1998) o en "Café de los maestros" (2008). Su muerte cierra definitivamente un capítulo en la historia de nuestra música, después de las partidas de Piazzolla, Goyeneche, Federico, Mores, Piana y Pugliese. Queda, como siempre, su enorme legado en las composiciones, las partituras para desempolvar, y sus grabaciones.

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