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El Rocky nipón
El magnate «Rocky» Aoki.
Alquiló una camioneta y se puso a vender helados por Harlem. A pesar de que lo asaltaron cuatro veces y lo apuñalaron en dos ocasiones, juntó 10 mil dólares como para poner un lugar de comida. Un amigo le prestó un local en West 56 Street. Trajo a sus padres y, en 1964, abrió un restorán japonés, del tipo que se había inventado apenas terminada la guerra: cocina sana a la plancha. Su padre, que había sido comediante, le propuso que el cocinero hiciera algo divertido mientras trabajaban. «Estamos cerca de Broadway, y a los americanos les gusta el espectáculo». También le dijo que al local lo bautizara Benihana, que era el nombre del cartamo rojo, la flor que había visto surgir de entre las ruinas de la guerra, y que le parecía que daba suerte.
Pero la suerte no llegaba. Las cosas no iban nada bien, hasta que, como en la película «Un pedazo de cielo», cayó por allí la crítica gastronómica de The New York Herald Tribune Clementine Paddleford, y quedó fascinada. Su comentario laudatorio de «el mejor japanese steakhouse» hizo que a los pocos días hubiera listas de reservas, y en una de las mesas estuviera comiendo Sean Connery o John Lennon con Yoko Ono, o Muhammad Ali.
Para sentirse más estadounidense, cambió su nombre por el de Rocky Aoki. Nunca fue cocinero, pasó de luchador del ring side a luchador empresario, pero nunca dejó de lado su espíritu deportivo, que le sirvió para promocionar, participando en rallys y competencias, sus restoranes, que cada vez eran más. (Sostenía que el magnate Richard Branson, el del Grupo Virgin, le copiaba la forma deportiva de promocionar su marca). En 1980, su rostro fue tapa de Newsweek con el título «el Donald Trump de los restoranes». Había publicado 11 libros de management, uno de ellos con un título obvio: «Hacerse la América». Cuando murió, hace 2 años, su imperio había esparcido 140 restoranes que replicaban, por franquicias, su modelo por el mundo.

