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El sadismo familiar de Mussolini bajo la lupa
Fabrizio Laurenti: «Mussolini tenía un padre rojo, y le debe su nombre al revolucionario mexicano Benito Juárez».
Periodista: Disculpe, ¿Usted es pariente del Laurenti director de «Gosthouse 2», «Troll 3», «Evil Dead 4», etc.?
Fabrizio Laurenti: ¡Soy yo! Todas producciones italianas que filmé en EE.UU., en inglés, con seudónimo. Y «La casa de al lado», con guión de Pupi Avati.
P.: Muy agradables. ¿Pero lo que trae ahora es una historia verdadera?
F.L.: Primero me la contó un amigo napolitano que estuvo en Trento. Me pareció absurda, pero me gustó la idea. Fui y conocí gente que la confirmaba: la vecina, la compañera de escuela, el amigo, todos ancianos, los últimos testigos. Enseguida los grabé y hablé con Gianfranco Norelli, periodista. Los grabamos más detenidamente. Escarbé en archivos, la cosa se ponía interesante. A cierto punto nos detuvimos: faltaba la prueba de la muerte de Ida Dalser, la madre. Por ley tutelar, ningún extraño podía ver la historia clínica de un internado en manicomio, así hubieran pasado 70 años, como en este caso. Pero fuimos con la sobrina, y las autoridades no pudieron negarse. Ella no quería hablar, la familia quedó desilusionada por la amnistía general después de la guerra, pero con nosotros tuvo un contacto muy estrecho. Murió el año pasado, contenta porque el documental se difundió mucho en TV y todos conocieron la verdad.
P.: Marco Bellocchio hizo después un film sobre ese drama, «Vincere». Pero usted muestra también las cartas de amor entre Dalser y el Duce.
F.L.: Cartas de amor y sexo. Los fascistas las buscaban a toda costa, Tamburini (luego jefe de policía de Saló) entró a revolver la casa entera del cuñado y la hermana de Ida, y algo encontró, pero lo mejor ellos lo tenían escondido en un gallo cedrone embalsamado. Son documentos.
P.: ¿Por qué tanta maldad? ¿Mussolini no tuvo otros hijos naturales?
F.L.: Sí, pero las madres mantenían el secreto. Ida y el hijo lo proclamaban. Además, Benito hijo nació casi junto con la primera hija legal. La esposa quiso suicidarse cuando lo supo. Otra cosa: la Dalser había vendido todos sus bienes para mantener el periódico de Mussolini cuando éste era socialista y agente doble de los ingleses (algo corroborado por documentos recientes). El hermano del Duce hizo un arreglo económico, pero ella, despechada, aún amenazaba difundir secretos de esa etapa. Mi madre dice que entonces era muy fácil arreglar con un médico, mandar un pariente al manicomio y de paso quedarse con sus bienes. El dinero que Benito hijo iba a cobrar cuando llegara a la mayoría de edad, desapareció. ¿Sabe de dónde viene el nombre? El padre de Mussolini era un rojo. Se lo puso en homenaje al revolucionario mexicano Benito Juárez.
P.: Suena irónico. Pero el sistema de salud mental y la obsecuencia de los allegados al poder dan tanto miedo como la crueldad del Duce.
F.L.: Lo único que puedo decir a su favor es que nunca hizo algo por su propio interés económico. Su obsesión era el mando «por el honor de la patria». Obsesión, crueldad y obsecuencia, esa es la historia. La banalidad del mal, donde cada uno hace su trabajo. Piense en los psiquiatras diciéndole a Ida «si te callas te dejamos salir, debes plegarte a la lógica del poder y te dejamos en paz». En la URSS habrá pasado lo mismo, tantas veces. ¡Cuántos inocentes habrán encerrado hasta enloquecerlos de veras! Los médicos me dicen que Ida habrá muerto de «crepacuore», expresión paradójicamente muy bella, referida al dolor demasiado intenso, ese que envejece y que mata. Otra paradoja: la isla de San Vicente, donde estaba el manicomio con su fosa común, hoy es todo un hotel de lujo. ¡Da para un film de terror, turistas americanos asediados por los muertos del manicomio!
P.: Pero usted piensa hacer otro documental.
F.L.: «Il corpo del Duce», como el libro del historiador Sergio Luzzatto. El fascismo hizo un culto de su cuerpo. Cuando los partisanos lo colgaron, mutilaron, y escupieron, diciendo «ese es el final que merecía», otros dijeron «¡qué animales!» y lo rescataron. El gobierno lo recuperó, pero ¿qué hacer? «Lo escondemos y después pensamos». Lo ocultaron durante años en un convento, solo cinco personas sabían dónde estaba. Hace poco lo devolvieron a su pueblo natal, que (otra paradoja) tiene mayoría de izquierda. Le hicieron un mausoleo que parece una Disneylandia llena de souvenirs, adonde van los viejos fascistas a rendirle un culto inofensivo, casi como el del Padre Pío.
P.: ¿Quién es el Padre Pío?
F.L.: Un cura milagroso que murió hace poco. La Iglesia lo combatió, pero es tan popular que al final lo hizo beato. Muchísimos italianos tienen una imagen suya en la casa o el auto. Se lo discute, pero, como dice uno, «lo importante es que el santo funcione».
P.: A propósito, ¿cómo logró los testimonios tan emotivos de los viejos testigos?
F.L.: No fuimos a entrevistarlos sino a intentar juntos el recuerdo. Por eso tuvimos la fortuna de alcanzar ese grado de intimidad donde el recuerdo hace aflorar una emoción. Además, nunca tuvimos la idea de «queremos demostrar esto». Eso es un error. Intentamos acercarnos a la verdad con la distancia de quienes vivimos en otra época, inclusive en otro país, porque sigo trabajando en EE.UU. Y no subrayamos nada. Damos los elementos, sin esconder ninguno, y que la gente opine. No debemos obligarla a que diga «¡Es una historia horrible!» El juicio propio siempre es más fuerte que el juicio que te quieren imponer.
Entrevista de Paraná Sendrós


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