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El todavía candidato que ya es presidente
Los roles convencionales se han revertido en los diez días finales de una maratónica campaña electoral en la segunda economía de Europa, potencia nuclear y miembro del Consejo de Seguridad de la ONU; para beneficio de Hollande, el socialista que aspira a la presidencia.
El conservador Sarkozy, actor hiperactivo en el escenario mundial y europeo en los últimos cinco años, está recorriendo el país frenéticamente, seduciendo a los votantes de extrema derecha y escalando una campaña negativa contra su rival.
Hollande, un dirigente de segunda línea de 57 años que anunció su candidatura hace más de un año, está actuando como el jefe de Estado, haciendo conferencias de prensa internacionales y planteando en tono moderado cómo planea cambiar el curso económico europeo una vez que gane el balotaje del 6 de mayo.
Los empresarios buscan conocer a sus potenciales ministros y colaboradores, los embajadores están cortejando a sus asesores y sus enviados están haciendo discretos llamados a Bruselas y Berlín para preparar el terreno en el entorno de los líderes europeos que se negaron a recibir al socialista como candidato.
Hollande usó el arte escénico de la presidencia para sus conferencias de prensa el miércoles, hablando frente a un sobrio telón azul con las banderas francesa y europea detrás de su hombro derecho. Sólo el eslogan «Ahora es momento de un cambio» recordaba que aún sigue siendo candidato para el puesto.
«Los ciudadanos franceses no quieren ver a un presidente entrando a la arena política para resolver los problemas cotidianos, él debe hablar sobre los valores. Sarkozy nunca ocupó ese rol», dijo el sociólogo Jean-François Chantaraud, fundador del grupo de estudios Odissee.
«Hollande, sin embargo, está hablando de los valores y del manto presidencial. Está hablando de valores y visión, justicia e igualdad, pero no se mete con los detalles de cómo resolverá los problemas», agregó.
Sarkozy está respetando el guión de su gurú político Patrick Buisson, dividiendo a los franceses en cada acto entre trabajadores «reales» y «asistidos», «elites parisinas» versus «el pueblo», los que están orgullosos de las «raíces cristianas» de Francia y el resto.
Como parte de esa estrategia, el presidente citó en horario central televisivo una supuesta lista de 700 mezquitas que planeaban apoyar a Hollande y dijo que el controvertido experto musulmán Tariq Ramadan también respaldaba al socialista.
Los líderes de la comunidad musulmana dijeron que no existía esa lista y Ramadan, un ciudadano suizo, negó haber tomado posición en la votación francesa.
El giro de Sarkozy a la derecha, expresado en una retórica cada vez más virulenta, busca atraer a los 6,4 millones de votantes que eligieron el domingo pasado a la líder del Frente Nacional Marine Le Pen, dándole un apoyo récord del 18%.
Peligrosamente para Sarkozy, los pocos sondeos conducidos desde la primera ronda se han mantenido estables, con Hollande disfrutando de una ventaja de 10 puntos porcentuales, como si la radicalización del presidente estuviera meramente confirmando la elección de los votantes. Sarkozy ahora se ha alienado del candidato de centro François Bayrou, cuyo 9,1% el domingo podría ser vital para mantener la esperanza de alcanzar a Hollande.
Hollande ha intentado compensar su falta de experiencia ministerial imitando la retórica y los gestos de su mentor François Mitterrand, que gobernó Francia entre 1981 y 1995.
A medida que se acerca la recta final, en una campaña cada vez más electrizante, el más divisivo de los presidentes podría quedarse contemplando el eslogan de campaña con el que Mitterrand logró la reelección en 1988: «Francia Unida».
Agencia Reuters


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