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“El universo familiar concentra los dramas de toda la humanidad”
Grossman: «La literatura es el único lugar donde la gente y las cosas perdidas pueden conservarse. Contar una historia supone una cierta fe en el hombre y que éste puede cambiarse a sí mismo».
Periodista: ¿Haber sido actor cuando era muy chico, le sirvió luego para construir su literatura?
David Grossman: No sólo el haber sido actor sino el hecho de haber sido expuesto desde edad muy temprana a creaciones de la cultura y de la literatura fuera de la casa de mis padres. Cuando tenía nueve años comencé a participar en radionovelas. Eso me abrió a un mundo que desconocía y sin duda influyó en mí, así fue como al poco tiempo comencé a escribir guiones. Acaso por eso los diálogos, en muchos casos, son el motor de mis novelas. Creo que, en el fondo, todo escritor tiene que tener algo de actor, entrar dentro del protagonista de su historia. Cuando escribo tengo que conocer a fondo al protagonista, cómo camina, cómo habla, cómo es su cabello, cómo son sus manos. Me es importante construir primero desde el aspecto físico su personalidad, para después pasar a su mundo interior, poder saber cómo se expresa.
P.: ¿Es por eso que sus novelas se detienen en rasgos que son secundarios pero retratan al personaje?
D.G.: Los pequeños detalles informan de la persona, la caracterizan. Y muchas veces delatan cosas que trata de ocultar. Es más, la describen de un modo que nos permite saber algo más sobre él que lo que hacen o dicen.
P.: Eso lo lleva a plantear historias íntimas, de familia, que por las cosas que cuentan, podrían ser epopeyas.
D.G.: Las pequeñas historias pueden ser verdaderas epopeyas. Toda clase de momentos íntimos entre un hombre y una mujer, entre un padre y un hijo, pertenecen a la mitología de cada familia. Creo que los momentos de mayor importancia en la historia de la humanidad no ocurrieron en los campos de batalla ni en los palacios, ni en los congresos, sucedieron en cocinas, en dormitorios, en comedores, en el cuarto de los niños, y de esas cosas, los libros de historia hacen caso omiso. Es en el universo de la familia donde se concentran los dramas de la humanidad, y es por eso que muchas veces he buscado mostrar la vulnerabilidad de las familias.
P.: En muchas de sus novelas el punto de partida es un viaje que emprenden sus personajes.
D.G.: Acaso sea porque yo soy un hombre que viaja. Gran parte de mi vida la paso en una habitación absolutamente solo, pero de pronto comienzo a viajar con mi imaginación. Con la historia que he encarado y que quiero contar llego a todos los puntos del planeta. Amo eso profundamente porque de pronto no estoy en un ambiente conocido y esa nueva situación saca de mí cosas nuevas que en muchas casos eran para mí insospechadas.
P.: ¿Fueron los libros de Sholem Aleijem o los cuentos jasídicos los que lo impulsaron a contar sus propias historias?
D.G.: A Sholem Aleijem lo leí a los nueve años, y gracias a él descubrí la enorme fuerza que tiene la literatura para provocar cambios, y cómo la literatura puede tanto crear como conservar un mundo. Siendo muy muy joven me di cuenta de que la gente y la realidad que describe Aleijem habían sido destruidas. Más tarde me di cuenta de que había sido por la Shoa. La literatura es el único lugar donde la gente y las cosas perdidas pueden conservarse. Contar una historia supone una cierta fe en el hombre, en que el hombre puede cambiarse a sí mismo y, por sobre todo, en la potencia del diálogo humano. En cuanto a la importancia de los cuentos jasídicos tomé conciencia más tarde, pero cada semana, desde hace veintiún años, estudio con dos amigos la Biblia, el Tanaj, el Talmud y los cuentos jasídicos. Es muy posible que esos relatos hayan influido en mis obras, y que yo no lo sepa. Acaso llegaron a mí a través de los dos autores que más aprecio: Franz Kafka y Bruno Schulz.
P.: Paul Auster es uno de los escritores que considera su novela «La vida entera» una obra maestra. ¿Qué relación tiene con los escritores judíos estadounidenses?
D.G.: El primero que nombraría, por lo que significó para el desarrollo de mi obra, es Bernard Malamud. Creo que tanto los escritores israelíes como los judíos estadounidenses escriben sobre problemas diferentes de identidad. Los estadounidenses escriben sobre ser el hombre judío dentro de un estado no judío, nosotros escribimos sobre ser un hombre judío en el nuevo Estado de Israel, y sobre ser un hombre en situación de guerra. Me he encontrado varias veces con algunos de mis colegas estadounidenses. Con Philip Roth sólo una vez, cuando escribí «Véase: amor». Fue hace 26 años. Roth había llegado a Israel y quería encontrarse con el joven y prometedor escritor del momento. Así fue como nos encontramos. El estaba enfermo y pensé llevarle sopa de pollo de mi mamá, que eso era lo mejor para ayudar a estar bien a quien había escrito «El lamento de Portnoy». Me preguntó qué estaba escribiendo. Un ensayo sobre un escritor que en Israel nadie conoce, Bruno Schulz. Yo fui, se entusiasmó, el que propuso que se tradujera al inglés. A partir de ahí fue un diálogo profundo, pero todo terminó en ese encuentro. Paul Auster es un buen amigo desde hace muchos años. Creo que es un gran escritor y un hombre maravilloso.
P.: ¿Es difícil escribir en un lugar como Jerusalem, que es una suma de tradiciones y conflictos?
D.G.: Pero también es maravilloso. Es escribir en una lengua y en una cultura que tiene una continuidad de más de cuatro mil años. Cuando escribo en hebreo puedo hacer unos juegos de lenguaje que mezclan el lunfardo más nuevo con todo tipo de asociaciones con la Biblia, el Tanaj y el Talmud, puedo jugar con la melodía del hebreo duro y fuerte y el idish irónico y fino. Eso para mí es un gran regalo, aunque la gente que me puede leer en el original hebreo es muy poca, es el privilegio, ser un eslabón de la gran cadena de escritores hebreos.
P.: En «La vida entera», considerada su obra maestra, ¿la protagonista escapa de su hogar para no tener conciencia de la muerte de su hijo en el campo de batalla al que lo llevaron?
D.G.: No, no es un libro escapista. La madre cuando huye de su familia, de su marido y sus hijos, da un paso activo, secuestra a su amigo Abraham, que es el padre real de su hijo que se fue a la guerra, y durante todo el viaje que realizan le cuenta de la vida del hijo que tuvieron. Así le da un sentido activo, presente, a la vida de su hijo, que es lo único que ella puede hacer. No puede ir al ejército y sacarlo de ahí porque su hijo quiso ir a combatir. Ella siente que hay una sola cosa que puede hacer, que el padre y la madre de ese muchacho anden juntos, que ellos lo mantengan vivo contando su historia. Comencé a escribir ese libro cuando uno de mis hijos había sido movilizado, sé que quise acompañarlo todo lo que pude por medio de esa novela, así como el personaje de la madre quiere mantener vivo a su hijo por medio de su historia, quizá yo traté de hacer lo mismo con mi hijo, que murió en el campo de batalla.
P.: ¿Con su novela «Delirio» buscó volver al tema de «Otelo»?
D.G.: Muchos escritores eligieron el tema de los celos. Por dar un ejemplo, Lev Tolstói en «La sonata a Kreutzer». Hay algo en ese sentimiento terrible que desvela en forma cruel sentimientos humanos. A veces, y aun entre personas muy racionales, cuando sienten celos se vuelven como escritores, como dramaturgos, se llenan de imágenes y les cuesta mucho renunciar a los celos. Cuando escribí «Delirio» entendí cómo funcionan esos sentimientos: creamos un paraíso del que nosotros hemos sido expulsados. Pero por qué una persona normal se entrega a esta tortura, es algo que no tengo que contestar yo. Yo no soy celoso, pero cuando escribí «Delirio» sentí celos si un mosquito se posaba sobre la piel de mi mujer.
P.: El tema del adversario, del conflicto permanente, latente o activo, ¿surge en su obra como una metáfora de algo que se da en Israel y su intención de pacifista?
D.G.: Me gustaría ser pacifista pero, muy a mi pesar, vivo en una realidad donde es imposible ser pacifista. Israel aún necesita tener un ejército que lo defienda porque sin ejército pareciera que no podría seguir existiendo. Trato con todas mis fuerzas, dentro de esa situación tan violenta y tan llena de odio, de crear lugares de empatía con el que está frente a nosotros, y recordar todo el tiempo que también nuestro enemigo es un ser humano. Somos una sociedad que está en una situación imposible: ser al mismo tiempo tanto Esparta como Atenas.
Entrevista de Máximo Soto


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