5 de octubre 2016 - 20:54

Emiliano Torres: "No olvidar nunca al público"

DIÁLOGO CON EL PREMIADO DIRECTOR DE "EL INVIERNO", QUE MAÑANA SE ESTRENA EN LA ARGENTINA - Recientemente premiada en los festivales de San Sebastián y Biarritz, “El invierno” se conocerá mañana en nuestras salas. Su director, que tiene larga trayectoria como asistente y guionista, debuta con este largometraje que rodó en la Patagonia, en condiciones climáticas sumamente adversas.

Torres. “Filmamos en lugares con mucho frío a los que los coches no llegaban y ni había señal de celular”.
Torres. “Filmamos en lugares con mucho frío a los que los coches no llegaban y ni había señal de celular”.
"Hay que encontrar un cine a mitad de camino entre el artístico y el comercial. Admiro el oficio de Marcos Carnevale como el de Paz Encina. En mí conviven esos universos: el autor muy extremo y el de cine comercial". Así dice Emiliano Torres, que tras largos años como asistente de dirección de las películas más variadas hizo su primer film, "El invierno", empezó a acumular premios, y ahora la estrena. "Es fundamental encontrarse con el espectador. Que la película viaje, trascienda, se vea, se venda. Uno negocia con los temas, con las marcas de estilo, pero nunca debe darle las espaldas al espectador". Dialogamos con él.

Periodista: Usted egresó de la Universidad del Cine en los 90, pero recién ahora dirige su primera película. ¿Por qué la demora?

Emiliano Torres: Hice varios guiones para otros, y cortos, y luego me embarqué en un oficio que me gusta: asistente de dirección. Así pasé de las sofisticadas conversaciones en el bar de la facultad a la realidad de hacer películas. De las ganas de cambiar el mundo del cine a la industria pura y dura. Y tuve dos formaciones, académica e industrial. Voy a seguir en este oficio. Nunca lo vi como un camino para llegar a director.

P.: "Moebius", "Dibu 2", "Garage Olimpo", "Papá por un día", "Nuovomondo", "Corazón de León". Como asistente tiene una filmografía abundante y variada.

E.T.: Agregué cinco películas como asistente en Italia. He filmado en lugares complejos, estuve meses en una isla mediterránea a 12 horas de navegación de tierra firme, en las selvas de Colombia y Bolivia, y en la Patagonia. Todo eso también me permitió un aprendizaje de lo humano.

P.: Y seguramente lo preparó para hacer "El invierno" en la Patagonia. ¿Cómo se le ocurrió esa historia?

E.T.:
Un día, rodando un documental, casi me agarró una tormenta. Un capataz me dio refugio en la cocina de la estancia. Mientras mateábamos fui tomando nota mental de los relatos de supervivencia que me contaba. Diez años después empecé a escribir, y volví para constatar lo que recordaba. Las cosas son así, y a veces peores. Hombres solos a cargo de estancias gigantescas. Ermitaños que se mantienen alejados de sus pueblos. Conocí a un capataz que no quería ayudantes. "Con los perros me entiendo bien". Hacía todo lo necesario con seis perros.

P.: Qué gente sociable.

E.T.:
No la describo tanto porque sería difícil hacerlo sin mostrar cosas muy crueles. Hay que estar curtido en esos lugares. He visto chilenos, argentinos, muchísimos kelpers, hijos de neozelandeses, de noruegos, todos más gauchos que el peón. Son una metáfora de la construcción del país, encima cuidando ajeno.

P.: Ese es uno de los temas que usted toca.

E.T.:
El "apatronamiento". Me pregunto por qué se nos da por ser capataces. Cuánto se gana o se pierde con el desarraigo. Por qué no hay nada personal en la decisión de contratarlos o de echarlos. También me atraen las historias de migraciones, y el karma de trabajar lejos de casa. No hay familias. Los dueños de estancia no quieren familias porque, si un chico se lastima, el hospital está quién sabe dónde.

P.: ¿Dónde rodó? Imagino el karma de filmar en esos lugares.

E.T.:
En una estancia a una hora de El Calafate, otra a cinco horas de ripio de El Chaltén, a las que se llega si la nieve lo permite, y Tres Lagos, que es básicamente una estación de servicio. El último que filmó ahí fue Werner Herzog, cuando El Chaltén todavía no existía. Con Ramiro Civita, director de fotografía y amigo personal desde hace años, filmamos dos semanas en invierno y un mes en verano, usando la mejor cámara digital posible con lentes de los años 70, porque no queríamos ceder nada en calidad de imagen. ¡Pero había que arrastrar esas valijas de lentes, los trípodes, la cámara! Y a las 4 de la tarde la luz ya se iba. En invierno nos quedábamos sin aire, el frío nos agitaba tanto que costaba respirar. Y en verano había que subir más de la cuenta, porque, culpa del recalentamiento global, la nieve está cada vez más lejos.

P.: Toda una aventura.

E.T.:
Adaptarse era un desafío. No hay señal de celular. Se produce a la antigua, en sitios adonde los vehículos no llegan. Aun así, no veo esas limitaciones como un problema. Me estimulan. Y me interesaba el territorio árido. La vastedad de esos horizontes se convierte en espacio casi abstracto, irreal. Corresponde con la historia, que se centra en la soledad y el desarraigo.

P.: Ya tuvo premios en San Sebastián y Biarritz, inclusive el de Mejor Fotografía. ¿Y cuántos lleva de guión?

E.T.:
Seis, de Argentores, Incaa, Guadalajara, Cartagena, Toulouse en Construcción y Toulouse Latino, siempre con repercusiones cada vez mejores. El guión que ganó en Argentores es el primero y más completo, y así se publicó, pero después lo fui puliendo. Luego, de 120 páginas pasé a 90 durante la preparación del rodaje, y en vísperas del rodaje saqué otras 20. Me gustaba ese guión pero también la película. Respecto al estilo, evité que se pusiera delante de los personajes y situaciones. Y una de las escenas visualmente más lindas me surgió en el momento, con la aparición de un zorro acechando a una oveja. La filmé en 5 minutos, antes de que el guía y la luz se fueran. No había tiempo para pensar. Un set es un lugar de acción, más que de reflexión. Y me salió bien. Por entrenamiento, la mayor parte de lo que se filma debería estar bien.

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