9 de marzo 2009 - 00:00

“En el cine, a veces lo mejor sale de casualidad”

Antonio «Taco» Larreta protagoniza «La ventana», film con el que Carlos Sorín completa una trilogía cinematográfica.
Antonio «Taco» Larreta protagoniza «La ventana», film con el que Carlos Sorín completa una trilogía cinematográfica.
Pinamar (enviado especial) - «Esta película no es de caminos, es de una hectárea», bromea Carlos Sorín, y tiene razón. Toda «La ventana» se rodó dentro y alrededor del casco de una estancia «de cuando las estancias eran importantes, y la Argentina también». Allí se ambientan once horas en la vida de un viejo que ha sufrido un paro cardíaco y está esperando al hijo, con quien no se habla desde hace años. Dialogamos con el realizador.
Periodista: Mantiene el humorismo, pero es notable la diferencia entre «La ventana» y sus películas anteriores.
Carlos Sorín: Es cierto. Antes las cosas pasaban y yo con dos cámaras de 16 mm. las captaba. Acá construí cada plano con una de 35, tranquilo, a veces inspirado en la pintura española del siglo XIX. Pero también me ayudó el azar. ¿Vio la escena del niño que ha cazado la liebre?
P.: Sí, ¿cómo logró ese remolino de viento, digno de un film de Kurosawa?
C.S.: De casualidad. Digo «corten», y mi director de fotografía me dice «sigo, porque algo esta pasando», y ahí apareció el remolino, justo a tono con lo que estábamos contando. Otra suerte, rodamos primero los exteriores, el campo primaveral, y apenas lo hicimos cayó una helada. El actor de 85 años tosía, esa noche yo no dormía, porque cualquier gripe habría sido una catástrofe, pero no se enfermó. Todo se conjugó a favor. Iba a filmar en el Iberá, poco convencido, y justo se declaró una epidemia de fiebre amarilla. Como Taco Larreta, el protagonista, no podía vacunarse, por la edad, busqué en Internet y encontré este lugar vecino a Bahía Blanca, que además ya tenía toda la dirección de arte hecha por el tiempo. Habían empezado a ofrecerlo para week-ends, y lo ocupamos seis semanas completas. Dormíamos allí mismo, como Mijalkov cuando se fue a una casona rural a filmar «Pieza inconclusa para piano mecánico».
P.:¡Hay que convivir, seis semanas!
C.S. Elegí a todos por talento y capacidad de convivencia. Y contraté a un señor cocinero. Tampoco había señal de teléfono para distraernos. Fueron como vacaciones. Buena experiencia, uno se concentra mejor.
P.: Cuénteme de los actores y no actores.
C.S.: Sin agotar la lista, María del Carmen Jiménez, de «Historias mínimas», que es tan dulce; mi afinador de piano, que hace de afinador (es más fácil que él actúe y no que un actor afine), el capataz de la estancia, que hace de capataz, Jorge Diez, Luque, Carla Peterson, que debuta en cine con un personaje, no diría antipático, sino real, y Taco Larreta, conocido como director y guionista («Los santos inocentes»), pero que en su juventud también fue actor de teatro. Claro que debí eliminar todo su énfasis teatral. Inclusive le escondí el guión para que no memorizara y recitara sus líneas (al resto ni siquiera le di un guión, pero eso es otra cosa). El primer día se quiso ir. Lo convenció mi asistente. El segundo día me dijo «Sorín, yo no soy la persona adecuada». Pero después empezó a aportar cosas soberbias. Es que yo no quería que «actuara» la fragilidad, yo quería un hombre de 85 años, desflecado por el tiempo, como él. Pero también es un tipo brillante, inteligente, la edad no le hizo mella. No lo pasó mal: como hacía de enfermo, estaba todo el día en la cama. Una vez se durmió mientras poníamos las luces, y al despertar encontró a Carla Peterson, como una ilusión, igual que su personaje.
P.: Eso es pasar de un sueño a otro. ¿Y cómo va el suyo?
C.S.: Lo mandé al Festival de Toronto, donde «El perro» había tenido un éxito de ventas internacionales, y a éste, que yo creí que no era tan fácil, le pasó lo mismo. Buena salida. Además, siempre busco que el gasto se equilibre con las preventas. Y hago una producción muy acotada, claro, de la que soy productor ejecutivo, con lo que suelo evitar las malas sorpresas, y las exigencias excesivas de la taquilla. Aunque recibiera más plata, prefiero hacer cine así. Además, la creatividad se estimula con la escasez.
P.: Y con el productor de Wanda Vision.
C.S.: El español Morales, hombre de un respeto absoluto, a veces demasiado, porque uno necesita observaciones. Pero todo lo que él hace por el cine latinoamericano es excepcional. ¡Me puse tan contento cuando su película peruana ganó ahora en Berlín! Se lo merece.
P.: No hablamos de lo principal. ¿Cómo surge «La ventana»?
C.S.: Creo que estaba bajo la influencia. Ocho meses antes, a los 92 años, había muerto mi padre. Tuvimos una relación normal, pero vienen las culpas, lo que hubiera hecho y no hice, todo eso. Después es todo una nebulosa, no sé cómo surge. Pero podemos anotar un cuento de Steve Carver, «Tres rosas amarillas», sobre los últimos minutos de Chéjov, que con el médico y su mujer destapan una botella de champagne, y brindan. Una película maravillosa, «Madre e hijo», de Alexander Sokurov, donde la historia casi no existe, es un hecho plástico, inconveniente para espectadores ansiosos. Y «Cuando huye el día», de Bergman, que vi en mi adolescencia. Después, nunca la volví a ver. Y recién al terminar mi película advertí las cosas en común: la relación con el hijo, el peso de los recuerdos de infancia, la primera línea. La había llevado conmigo todo ese tiempo.
P.: Ha hecho una obra muy apacible.
C.S.: Bueno, para eso cada día antes de rodar espantábamos los loros a escopetazos, así no entraban en el sonido directo.
Entrevista de Paraná Sendrós

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