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En el futuro ecoparque no habrá más oro ni tigres
• HASTA LOS CARNÍVOROS FESTEJARON EN LAS REDES SOCIALES EL FIN DEL JARDÍN ZOOLÓGICO
• Lugar de encuentro familiar y transmisión generacional durante 140 años, fue también fuente de inspiración literaria.
EL ZOO EN 1890. Borges fue uno de sus fieles visitantes (el Zoológico quedaba a pocas cuadras de su casa natal en la calle Serrano). Los tigres lo inspiraron desde entonces.
Institución inseparable de las grandes metrópolis en el siglo XIX, baste recordar que la organización urbana de Berlín, para no abrumar con más ejemplos, giraba y gira en torno al zoológico (hasta su sala de cine más famosa, el Zoo Palast, la misma donde Fritz Lang estrenó "Metropolis" antes de la catátrofe nazi, recibió tal nombre por su ubicación). Creado el nuestro por decreto del presidente Sarmiento en 1874, sus primeros directores fueron fervorosos proteccionistas de la flora y la fauna. Los enemigos del zoológico deberían reconsiderar la fecha del 29 de abril para celebrar el Día del Animal, ya que ésta fue impulsada en 1908 por el naturalista, filósofo, teólogo y aventurero italiano Clemente Onelli, el director más importante que tuvo nuestro Zoológico, quien muchos años antes que Susana Giménez, pero con bases científicas, creyó en la existencia de un pleistosaurio vivo en la Patagonia, y organizó una expedición para hallarlo (en verdad, la fecha en que se festejaba originalmente el Día del Animal era el 2 de abril, pero en 1926 se trasladó al 29 para conmemorar la muerte de uno sus cofrades, Ignacio Albarracín, fundador de la Sociedad Protectora de Animales).
A Onelli no sólo se le debe la expansión y llegada al país de ejemplares de especies nunca vistas antes en estas tierras, sino también la publicación de unas estupendas "Aguafuertes del Zoológico", que precedieron la aparición de las de Roberto Arlt (quien también les dedicó a sus animales y a su arquitectura exótica varias de las suyas). En el extremo opuesto de la literatura, fue Jorge Luis Borges su visitante más fiel, en especial, claro, de los tigres, a los que confesaba recordar más vívidamente que a la sonrisa de una mujer: "En la infancia yo ejercí con fervor la adoración del tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra. Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico; yo apreciaba las vastas enciclopedias y los libros de historia natural por el esplendor de sus tigres. (Todavía me acuerdo de esas figuras: yo que no puedo recordar sin error la frente o la sonrisa de una mujer.) Pasó la infancia, caducaron los tigres y su pasión, pero todavía están en mis sueños" ("Dreamtigers").
Sin recurrir a ejemplos tan ilustres, hasta los más conspicuos de sus enemigos deberían reconocer que el Jardín Zoológico fue, durante más de un siglo, un lugar privilegiado de encuentro familiar y trasmisión generacional: el paseo insustituible al que los padres llevaban a sus hijos, y luego éstos a los suyos propios. También, una de las pocas, sino la única, ventana a lo fantástico en el corazón de la ciudad (que te llevaran al Botánico, en cambio, era como ir al recital de poemas de la tía solterona cuando al lado estaban dando Star Wars). Y los animales eran espléndidos y bien cuidados, y los leones no desfallecían raquíticos en el foso sino que rugían, soberbios, en sus jaulas sobre la entrada principal, que también podían visitarse desde la galería interna, donde los rugidos se volvían más estremecedores por la amplificación del sonido. Y el orangután, que murió de tristeza, te despedía alegre si salías por Libertador, y las galletitas tenían el dibujo de un tucán multicolor. Sí: hay generaciones que ya no compartirán recuerdos con las precedentes, pero podrán ver animales en 3D en sus Iphones.

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