24 de mayo 2011 - 00:00

España, en la cornisa: mercados van por ella

España ha pasado a ser el eslabón más débil de la crisis financiera internacional. Aunque aún no se admite públicamente, el deterioro de la situación en Grecia arrastrará inexorablemente a Irlanda y a Portugal. Ahora, la posibilidad de contener el efecto dominó depende de las defensas de España, que se han visto seriamente debilitadas en los últimos días.

El país ibérico volvió la semana pasada a ubicarse en el «top ten» de los países con mayor riesgo de quiebra, lugar que comparte con otros tres países de la Europa periférica, de acuerdo con la tasa que pagan por los credit default swap (CDS), o seguro para cubrir el riesgo de impago en el mercado internacional. Grecia encabeza la lista, e Irlanda y Portugal ocupan el cuarto y quinto lugar, respectivamente. El sexto lugar es para la Argentina, pero tiene que ver con una historia de incumplimientos reiterados más que con la realidad macro.

Alternativa

El próximo 20 de junio, el Eurogrupo deberá reunirse para dar una alternativa a la crisis financiera griega. Los fondos del Estado griego sólo alcanzan hasta mediados de julio.

El economista jefe del Banco Central Europeo, Jürgen Stark, calificó la semana pasada de catastróficas las consecuencias de una refinanciación de la deuda griega, tal como lo señaló el presidente de la institución, Jean-Claude Trichet. El Gobierno de Atenas, para que le otorguen fondos, promete acelerar la puesta en marcha de un amplio programa de privatizaciones que prevé un mayor gravamen fiscal para propiedades inmobiliarias y nuevos recortes sociales de salarios en el sector público.

Pero en ese escenario la agencia de calificación de riesgos Fitch rebajó la calificación de la deuda griega a largo plazo hasta situarla en el nivel B+, desde el anterior BB+, ubicándola en la categoría de bono basura, además de situarla bajo vigilancia negativa. La agencia duda de los ambiciosos planes de privatización anunciados por el Gobierno griego para obtener fondos con los que hacer frente a su crisis de endeudamiento, ya que la anunciada venta de bienes públicos por valor de 50.000 millones de euros se enfrenta a «obstáculos técnicos y políticos». El Gobierno de la comunidad ya admitió abiertamente la posibilidad de aplicar una reestructuración.

Entre tanto, el FMI, tras demostrar su satisfacción por el avance del programa de ajuste en Irlanda, advirtió a la Unión Europea que es necesario un plan más amplio con mayores disponibilidades de fondos para atajar la crisis, porque Irlanda va a quedarse sin financiamiento.

El riesgo-país de Grecia -medido contra la tasa que paga Alemania- superó el viernes los 1.350 puntos básicos, su máximo histórico. En Irlanda, el diferencial se situó en los 748 puntos, y en Portugal en los 632. Se considera que los 700 marca un máximo a partir del cual el financiamiento en los mercados se hace imposible, lo que exige la intervención de organismos oficiales para evitar el default.

Pero cuando la recuperación de la capacidad de pago se hace cada vez más remota, también se agota la posibilidad de los «salvatajes». El recrudecer de la crisis griega impulsó el riesgo-país de Portugal y a continuación el de España -que es acreedora de un tercio de la deuda portuguesa-, que llegó la semana pasada a los 250 puntos, cuando pocos días atrás se ubicaba por debajo de los 200 y ayer tocaba su máximo histórico de 260 puntos. La distancia de España con los países virtualmente quebrados es significativa, pero con desempleo del 20% y con un crecimiento de sólo el 0,3%, la deuda de España no es fácil de afrontar. Desde ya, el resultado electoral no mejora el escenario. Lo más serio es que se estima que los generalizados cambios de autoridades en las comunidades y ayuntamientos sacará a la luz un endeudamiento hasta ahora oculto que podría llegar a los 30.000 millones de euros.

En Europa no se cansan de decir que el default de Grecia tendría efectos catastróficos y, más que una solución, agravaría el problema. Pero el avance arrollador de la crisis financiera difícilmente haga posible soluciones menos cruentas. El endeudamiento en el «primer mundo» no cuaja con el estancamiento o la recesión que cierra el paso a mejorar la capacidad de pago. La situación se ve agravada por la recesión en Japón -con caídas del PBI en los últimos dos trimestres a un ritmo anualizado del 3,7%- y el enfrentamiento político en el Congreso norteamericano para ampliar el límite de endeudamiento que necesita EE.UU. inexorablemente para financiarse en lo que resta del año.

Los inversores privados huyen hacia las materias primas o aquellos grandes mercados que por su historia e importancia «nunca van a quebrar». Los organismos multilaterales saben que para los países a los que el mercado les suelta la mano hoy la solución no es prestarles más, porque no van a poder devolver lo prestado jamás. La alternativa de regalarles fondos no sólo es inaceptable para los contribuyentes de los países aún solventes, sino que desataría una indisciplina universal inmanejable.

Aprendizaje

Los países emergentes de Asia tienen elevados superávits y abultadas reservas, y los latinoamericanos empezaron a aprender luego de las grandes crisis de la década de 1980 y 2000. Pero el primer mundo, lejos de ajustar sus cuentas, siguió viviendo muy por encima de sus posibilidades. Las grandes potencias no están en condiciones de rescatar a nadie. El default pone en marcha reacciones en cadena de gravísimas consecuencias. Por eso lo temen, lo niegan y lo postergan. Pero es inevitable frente a situaciones de insolvencia que no pueden remediarse.

Sin embargo, se difieren las decisiones porque lo que más se teme son las políticas que necesariamente deben acompañar al default para evitar una depresión profunda y reencauzar el crecimiento. Políticas que llevan a un reordenamiento del sistema financiero internacional y a un rol mucho más trascendente de los organismos financieros internacionales.

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