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Esperanza Spalding, entre admirable y desconcertante
Reconocida como bajista de jazz, Spalding volvió cambiada hasta físicamente para presentar un show cercano a lo teatral, con ella más centrada en su papel de cantante y, sobre todo, con una música diferente.
Giro. La intérprete estadounidese sorprendió con su nuevo disco “Emily’s D + Evolution”.
Después de aquella primera visita, volvió varias veces, ya al frente de sus propios proyectos, para actuar en salas pequeñas o más grandes, con el bajo grande y también cantando, con el argentino Leo Genovese al piano, y siempre en una línea que la mantenía básicamente como artista de jazz. Premiada, reconocida, mimada por la prensa, se ganó un lugar importante en esa música, en una línea moderna que no renegaba de lo más tradicional del género. Y hasta fue parte, hace muy poco, de la fiesta del día del jazz en el acto en la Casa Blanca en presencia de Barack Obama.
Pero la artista estadounidense, ahora con apenas 31 años, decidió patear el tablero. Cambió radicalmente su aspecto: abandonó la cabellera afro y las túnicas hippies y se reconvirtió en una mujer urbana, moderna, con nuevo peinado, con anteojos y marcando mucho más su figura. Pero el cambio verdaderamente profundo está en su música. El jazz quedó, por ahora, prácticamente en el pasado. Sólo a lo largo de su nuevo disco, "Emily's D + Evolution" hay algunos momentos "bebop" que, para no hacerlos tan evidentes, son los que usan sus coreutas para salir a bailar en la platea. Porque el disco y el show dan cuenta de un estilo más cercano a un rock "avant garde", con mucho de teatralidad (que incluye juegos de vestuario y de escena perfectamente estudiados), con temas que parecen extraídos de una comedia musical, con ella centrada más en su papel de cantante (y de actriz) que en el de instrumentista, con el bajo eléctrico de cinco cuerdas y sin trastes en lugar del contrabajo acústico (que ni siquiera viajó a Buenos Aires) y con arreglos para una formación musical muy poco convencional.
En tal sentido, el lugar central de "lo que suena" está a cargo del guitarrista Matthew Stevens, que sostiene todo el concierto, desde las armonías y las melodías, con sonidos más "naturales" o más procesados, para que la cantante-bajista pueda hacer su juego. Otra pieza importante es el baterista Justin Tyson, que precisamente marca el pulso del show, en lo concretamente musical y también en lo conceptual. Y el elenco se completa con tres coreutas/actores/bailarines que juegan además los roles de asistentes de escenario y hasta de escenografía móvil.
En definitiva, lo que ocurrió frente a un Coliseo casi lleno fue un recorrido por el nuevo disco, aunque en un orden algo cambiado respecto del CD. Con una renovadísima Esperanza Spalding que seguramente habrá dejado desconcertado a más de uno.


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