2 de marzo 2011 - 00:00

Espina Rawson: un viaje al lado más oscuro del tango

Enrique Espina Rawson: «Me cansé de ver libros sobre los cien mejores tangos, y que nadie se ocupara de las peores letras que tienen algunos. Inclusive muy famosos, como ‘La cumparsita’, que tiene una parte que es incantable».
Enrique Espina Rawson: «Me cansé de ver libros sobre los cien mejores tangos, y que nadie se ocupara de las peores letras que tienen algunos. Inclusive muy famosos, como ‘La cumparsita’, que tiene una parte que es incantable».
«El tango ha muerto, es arqueológico» es una de las tantas frases polémicas que lanza al pasar Enrique Espina Rawson, de quien Proa acaba de publicar una antología comentada de «Los cien peores tangos». Espina Rawson, que es presidente del Centro de Estudios Gardelianos, conduce el programa radial «La rosa que engalana», publicó «Romances de tango», que escribió con Lucia Gálvez, y «Disparen sobre Gardel». Dialogando sobre su nuevo libro cuenta que Borges se acercó al tango a través de un letrista preso por asesinato.

Periodista: ¿Cuál es el peor tango?

Enrique Espina Rawson: Uno que oí ayer, y que no está en mi libro, «Me han prohibido quererte». Es un tipo que pena porque la mujer tiene mucha plata y él no, entonces le dice: «me han prohibido quererte». Encima lo escuché cantado con una voz de tenor barato de opera melodramática. Ese tango lo cantó en los 60 Argentino Ledesma con la orquesta de Héctor Varela, orquesta que tenía un repertorio colosal.

P.: ¿Cómo se le ocurrió una antología de «Los cien peores tangos»?

E.E.R.: Porque me cansé de ver libros de «Los mejores tangos», donde todos son fantásticos. Y oír comentaristas en la radio que pegan un tango maravilloso con otro espantoso y todo es igual, nada es mejor. Empecé un poco en broma, sacando letras de viejas revistas «Cantaclaro». Aparecieron muchos tangos que no podía dejar de incluir pero que no son demasiado conocidos. Estoy pensando hacer una segunda serie con otros cien tangos. La orquesta de Osvaldo Pugliese, orquestalmente una maravilla, su repertorio cantado era para morirse. Esos tangos que cantaba Jorge Maciel, insoportables.

P.: En la producción enorme de los tangos es fácil encontrar versos ridículos, pero usted no evita tango famosos como «Fumando espero», «La Cumparsita», «Portero suba y diga».

E.E.R.: «La Cumparsita» es clásica por la música, no por la letra. Yo pongo la letra menos cantada, la de Matos Rodríguez, que el único que la cantó entera fue Tito Schipa, porque es insoportable. Trata de un canalla que deja morir de frío a la madre y en su delirio, cuando él está muriendo, viene la vieja del cielo y lo perdona. Ese adefesio es incantable. La letra conocida es la otra: «si supieras, que aún dentro de mi alma», muy digna dentro de todo, sacando algunos pasajes flojos. El hecho de que sean clásicos no redime de su fealdad.

P.: Cómo «Portero suba y diga» de Luis César Amadori.

E.E.R.: Amadori tiene tangos excelentes, ese no es tan clásico. Sólo suponer que uno va hablar a un portero para que vaya a decirle a la mujer y a los maulas que bajen, es descabellado. Y es insensato que, después de que quiere pelear, le diga a la mujer que baje que el se muere de amor. ¿Por qué no sube él y le dice todas eso? Es una ridiculez. Cuando a Gardel le dieron ese tango, se abrió de gambas y lo dejó pasar. Ese tango fue tomado en broma en los teatros de revistas por Carlos Castro y Pepe Arias. Pero, aún con el peor de los tangos uno podría decirle «tango que me hiciste mal y sin embargo te quiero». Aunque no hay nada peor para el tango que el mal tango. Los del tango parecieron quejarse de la competencia con el fox trot, el bolero, la rumba, con lo que sea. Esa no es la contra, la contra son los horribles tangos que se perpetraron impunemente y difundieron pésimos cantores con grandilocuencia y desborde permanente. Eso hizo que la juventud se rajara del tango.

P.: Habría que ver ese mundo y que tangos no le interesan.

E.E.R.: Los que tienen que ver con un mundo acartonado de gente con peluca y grandes valores que no conoce nadie. Un cantor de la orquesta de De Angelis, dio una respuesta inteligentísima. En la radio el locutor le pregunta: Martel, ¿qué le podemos decir a la gente que se pregunta por qué no canta más? Mire, prefiero que pregunten por qué no canto, a que me pregunten por qué sigo cantando. Hay gente que persiste sin tomar en cuenta eso, haciendo espectáculos tristes. Eso aleja a la gente.

P.: Una de las características de su libro son los comentarios sarcásticos que hace de las letras.

E.E.R.: Hay que tomarlos en joda. No se puede menos que sonreír cuando se escucha: no quiero que haya un pibe que no tenga un juguete, y después de un paréntesis orquestal, agrega: pa jugar. ¿Y si no es para jugar, para que va a ser? El humor está en la letra de esos tangos inconcebibles. Lo que hago es poner eso en evidencia. Convengamos que el tango ha muerto, que es arqueológico. Hoy es imposible, juntando el mejor compositor y el mejor poeta, y hacer un tango que sea popular.

P.: ¿Y el caso de los de Eladia Blázquez o Cacho Castaña?

E.E.R.: Eladia hizo algunos maravillosos, pero son tangos del 60, del 70, del 80, ya no son de hoy. Como tantas cosas clásicas es imposible rehacerlas, recrear el clima que hizo posible que eso fuera popular. En los años 20 los chicos cantaban «Garufa», «Esta noche me emborracho». Los tangos alcanzaban un grado de popularidad estable que se mantiene y que no tienen los éxitos de hoy, que duran lo que un lirio. El tango se cantaba, se bailaba, la gente estaba pendiente de lo que grababa Gardel o Canaro.

P.: Pero, hoy tenemos exitosos Concursos mundiales de tango.

E.E.R.: Es cierto relativamente. Una cosa es tener fama en los medios y otra ser famoso en serio, como Gardel o Anibal Troilo.

P.: ¿Cuáles son para usted los mejores poetas del tango?

E.E.R.: Según los temas. Cadícamo se desenvolvía como un pez en el agua en los temas del cabaret, de la vida picante de esos años, que refleja en los del tipo «Che papusa oí», y en los de la nostalgia. Manzi con tono más íntimo, más de reflexión y una mira constante al pasado, es también una maravilla. Pero, para el más singular es Alfredo Le Pera, que tuvo que hacer en dos o tres años una producción industrial. Crear letras que jugaran en el argumento de la película, que explicaban una situación. Y esos versos tan acotados, escritos con un corset, cobraron vida propia y son los tangos cantados más populares del mundo. «Melodía de arrabal», «Cuesta abajo», «Golondrinas» y ese tango excepcional que es «Volver». Todos los de las películas de Gardel. Le Pera tenía un dejo sentencioso a flor de piel, que le llevaba a escribir: «la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser». Y era un muchacho de 30 años. Lo que hubieran llegado a ser Le Pera y Gardel de no haber muerto tan temprano.

P.: No mencionó a Discépolo.

E.E.R.: Es un grande, pero tiene piezas muy menores. Si se toma la antología que hizo Torres Agüero uno encuentra con asombro tangos decididamente malos. Mariano Mores dice que tardó años en escribir «Uno», pero otros los pudo sacar al toque. En las películas de Discépolo, que son malísimas, hay piezas que nunca pasaron a la popularidad. Pero sus poemas importantes son para la eternidad. A mi me gusta más el de los años 30, que el que después dialoga con Dios. Diría como los griegos (se alude a los griegos cuando uno no sabe quien dijo eso) «apártate de lo que te excede». Esos tangos de Discépolo son excesivos, con cosas tremendistas de relámpagos, aullidos y revolcarse sin manos. Exceden al tango, no son temas de tango.

P.: ¿De qué trata su libro «Disparen sobre Gardel»?

E.E.R.: Es una refutación de la teoría de cinco particulares que pretenden la demostración imposible de que Gardel nació en el Uruguay, algo que ni merece ser considerado. Para que eso tenga sustento tergiversan la vida de Gardel, hacen aparecer a la madre, nobilísima mujer, como una especie de prostituta. Es inmerecido, injurioso y ridículo. En el juicio sucesorio de Gardel, en Buenos Aires y en Montevideo, surge que nació en Toulouse en 1890 y se llamaba Charles Romuald Gardés. Pretender que un documento de identidad que dice Carlos Gardel es valido es tan ridículo como que Roberto Sánchez viajaba con pasaporte que decía Sandro. Mi libro cuenta no sólo de lo legal, sino de los amigos, las costumbres, las cartas, lo que no constituyen documentos pero atestiguan la verdad de una vida.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

E.E.R.: He terminado «Borges y el tango» tratando de analizar la extraña relación que unió a Borges con ese tango que él no conoció, que ya era anacrónico en su tiempo, el de La Guardia Vieja, el del 1900. Fue a contrapelo de sus amigos que, acaso sin saberlo, eran tangueros porque vivían en el universo del tango del Buenos Aires de la década del20. Es un libro escrito con veneración hacia Borges. Su poema «El tango» es lo más increíble que se haya escrito nunca. Borges vindica el Palermo de esos años, que él no conoció, y que sin haberlo conocido lo recrea maravillosamente, y lo hace más cierto que la realidad.

P.: ¿Cómo se acerca Borges al tango?

E.E.R.: Tuvo reuniones con gente de la Guardia Vieja. Conoció a Ernesto Ponzio, a los Greco. Encuentros que le deben de haber facilitadas Carlos de la Púa, que fue un defensor de El pibe Ponzio, autor de «Don Juan», preso por asesinato, que él desde «Crítica» hizo campaña para que lo sacaran de la cárcel. Ponzio tiene un tango, «Culpas ajenas», que se lo graba Gardel en 1929, y es la historia de por qué fue preso. Un asunto que le gustaba al Borges de los cuchilleros y los arrabales.

Entrevista de Máximo Soto

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