20 de enero 2016 - 00:00

Estremecedores ecos del mal banalizado

Estremecedores ecos del mal banalizado
Marie Moutier (comp) "Cartas de la Wehrmacht" (Bs. As., Critica, 2015, 352 págs.)

"Si bien, querida, me dijiste que fuera a un prostíbulo para aliviar tensiones, sólo fui a mirar" ( Erich B.). "Frente a un maravilloso cuadro de Watteau, en esta ciudad donde vivió y escribió Jean Racine, no pude sino estremecerme de alegría" (Hans A.). "Todavía me duele todo el cuerpo, por el partido de fútbol de ayer. Nos sentimos felices. Lo principal es volver sanos y salvos a casa" (Franz S.). "Oigo gritos clamando a Yahvé (Günther W.). "Es una suerte que ningún otro país tenga otro como él. ¿Qué te pareció el discurso de nuestro Führer? Aquí nosotros nos quedamos sin palabras. Pronto todo volverá a comenzar. Lo único que me da pena es la población inocente, pero esta vez no habrá clemencia" (Kurt M.). "La cantidad de cosas que me estoy perdiendo por esta mierda, que nunca más volveré a vivir. Nunca volverá a estar todo bien. La posibilidad de que una granada me destroce es mayor que la de regresar" (Hans T.).

Fragmentos de algunas de las 97 cartas de soldados de la Wehrmacht ("Fuerzas de Defensa"), las fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi, de las más de 16.000 que enviaron a sus familiares desde los campos de batalla entre 1939 y 1945, que han sido resguardas en el Deutsche Dienststelle (el Museo de Comunicación) de Berlín, y que fueron seleccionadas por la historiadora francesa Marie Moutier inicialmente para su tesis doctoral sobre el Tercer Reich. Marie Moutier buscó ofrecer una visión inédita de la Segunda Guerra Mundial, la que fue contada a sus familiares por los soldados invasores comandados por Hitler y sus secuaces Göering, Döritz, Rommel. En ellas se lee la ingenua esperanza de regresar indemnes, la aceptación sin cuestionamientos, el fanatismo impulsado por los medios para fomentar el odio a los judíos (la radio y los diarios usados por Goebbels), la tradición cultural que en algunos alemanes intentaba asomar más allá del horror de lo que estaban provocando, la nostalgia de un paraíso familiar abandonado que ellos mismos estaban ayudando a destruir. Son cartas que desnudan la sensibilidad, la educación, la personalidad, la historia de los que las escriben, pero también hasta dónde su conciencia ha sido manipulada. Cartas que permiten comprender el interior atontado, demudado, embotado, anestesiado, negado, desalmado, fanatizado hasta la ceguera, de una guerra feroz.

"Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal. En estas cartas, en cambio, lo que aparece es el mal de la banalidad. Los soldados alemanes eran plenamente conscientes de los horrores que estaban presenciando o cometiendo, pero, a sus ojos, tales crímenes no eran sino uno más de los componentes de su vida cotidiana, y casi nunca el más importante. Lo que comían, dónde dormían, qué pensaban de sus compañeros, la lejanía de sus familiares: todo aquello les preocupaba mucho más. Estas cartas permiten contemplar ese conjunto tan aterrador de la vida cotidiana y entender que existe una diferencia de percepción fundamental entre el criminal y la víctima: para el criminal, el crimen es un componente de la historia, y no su tema principal. Para la víctima, en cambio, el crimen es la historia misma", señala en el prólogo de esta impresionante obra, el historiador estadounidense Timothy Snyder, profesor de la Universidad de Yale, autor del laureado "El Holocausto como historia y como advertencia".

"Cartas de la Wehr-

macht. La Segunda Guerra Mundial contada por los soldados"
está dividida en tres partes: "Los señores de la guerra: 1939-1941", "De sangre y hierro: 1942-1943", y "Crimen y castigo: 1944-1945". Va desde el "paseo triunfal" de las tropas nazis por Francia, Checoslovaquia, Noruega y Grecia, a los horrores de los combates en Stalingrado y en los desiertos de África, y la victoria final de los Aliados. Todas esas trágicas etapas vistas, leídas, sentidas, desde la primera línea de fuego donde como señala su admirable libro Marie Moutnier- "seres humanos estaban embarcados en una empresa de muerte contra otros seres humanos".

Máximo Soto

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