5 de agosto 2011 - 00:00

Explotó: ahora, nuevo Bretton Woods

La dramática evolución de los mercados en los últimos días parece dar una respuesta clara al gran dilema planteado ayer en los mercados y en la sociedad. La extremada volatilidad sin ningún avance neto en las cotizaciones de las principales Bolsas del mundo este año, acompañado de fuertes bajas en las plazas de menor calibre, abrió un debate entre dos posiciones antagónicas. Por un lado los que estimaban que se estaba viviendo una fase de corrección en la plaza accionaria en el marco de la recuperación de la economía global, y por el otro, entre aquellos que opinaban que se está frente al recrudecimiento de la crisis económica desatada en 2007, sólo demorada por mecanismos financieros arbitrarios ineficaces e insostenibles en el tiempo.

Los que creían que se trataba de una corrección en los mercados consideraban natural retrocesos significativos en las cotizaciones después de las extraordinarias subas de 2010 y apoyaban su optimismo en la rápida recuperación que se observaba en las cotizaciones pocos días después de fuertes caídas.

Los pesimistas advertían que la volatilidad reflejaba el gigantesco nerviosismo y también la manipulación de los mercados mediante las políticas de los banco centrales, pero que el escenario real era sumamente negativo. Que 2010 habría permitido grandes ganancias a los inversores pero no reflejaba la realidad económica. No se trata de los resultados de las empresas, muchas de ellas beneficiarias de la burbuja financiera. El problema central era que la coyuntura se sostenía en estímulos desmedidos y mal aplicados, tendiente a preservar el andamiaje financiero pero agravando los problemas de solvencias de los Estados y de los bancos en una sociedad que continuaba atrapada por la cartera hipotecaria morosa, pero acumulaba una gigantesca y creciente deuda pública de imposible repago.

En 2007 el derrumbe bancario y la fuerte recesión se enfrentaron con una masiva expansión monetaria y políticas anticíclicas que paliaron el impacto sobre la economía y el empleo aunque dejaron heridas sangrantes, como tasas mayores al 9% de desempleo en EE.UU. y del 20% en España, que parecen imposibles de remover. Pero lo más grave es que si bien lograron evitar la quiebra bancaria y sacar, aunque sea tibiamente, a los países desarrollados de la recesión hicieron aún más insostenible la deuda pública.

El problema fiscal, que compromete a los bancos por sus carteras en bonos públicos y por los gigantescos préstamos otorgados a otros bancos y grupos económicos para financiar sus propias carteras de bonos, obligaba a enfrentar la situación. No se podía seguir ignorando que las políticas keynesianas aplicadas con tanta injusticia y despilfarro ya se habían agotado. Pero la solución no pasa por «salvar» la confianza hundiendo la capacidad de consumo de la población como se está haciendo en Europa y ahora en Estados Unidos para encarar la tarea imposible de recuperar la solvencia de los Estados en medio de la recesión. Se trata de la necesidad de reestructurar por completo la deuda impagable, poniendo un cinturón de protección al sistema financiero, pero encarando políticas que pongan prioridad en el sostenimiento del empleo, la demanda del consumidor y el mantenimiento de la actividad productiva.

Europa exigió duros ajustes a sus países periféricos donde comenzaron a desaparecer los inversores dispuestos a financiar sus déficits. No porque su situación relativa fuera mucho peor a la de países como Estados Unidos y Japón con deudas del 100% y del 200% del PBI, sino porque el poder en términos absolutos -tamaño de la economía, poder militar, trayectoria histórica, etc.- los tornaba aún menos seguros.

Pero la impotencia para contener la crisis en Europa y la discusión disfrazada de simple puja política en torno al techo de la deuda en EE.UU. de las últimas semanas están poniendo en evidencia que el problema va a explotar de una manera u otra, que la economía mundial está exigiendo un nuevo ordenamiento y que la consigna de un nuevo Bretton Woods que se intentó reflotar el año pasado, pero que hoy yace en el olvido, parece un camino inexorable. Llegó la hora de barajar y dar de nuevo.

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