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Fanego, actor ideal para farsa de Balzac
«El especulador», la única obra de Balzac que no fracasó en su tiempo, hoy conserva un apreciable atractivo, gracias al encanto de su protagonista, Mercadet, a quien Daniel Fanego encarna con deliciosa soltura.
Acuciado por las deudas, Honoré de Balzac escribió varias obras de teatro creyendo ingenuamente que los beneficios serían inmediatos. Pero la falta de experiencia en el campo dramático hizo que sus piezas fracasaran, salvo una, «El especulador» (estrenada en 1851, un año después de la muerte de su autor) y que aún hoy conserva un apreciable atractivo gracias al encanto de su protagonista.
Mercadet es un hombre de negocios que está en la ruina. Para conservar su ostentoso tren de vida se inventa un socio, Godeau, que supuestamente hizo fortuna en la India y que regresará, a la brevedad, para saldar todas las deudas. Presionado por sus acreedores Mercadet decide casar a su hija con un falso millonario mientras sigue pidiendo más anticipos a los tiburones del mercado monetario en base a falsas promesas que le generarán aún más problemas. Sobre el final, una inesperada jugarreta del destino lo sacará del apuro.
El autor de «La Comédie humaine» creó en sus novelas personajes llenos de vida y dinamismo, hijos de una sociedad dominada por el dinero. Esta gran habilidad para crear tipos humanos también está presente en «El especulador», en la figura de Mercadet (encarnado con deliciosa soltura por Daniel Fanego). Este tramposo de espíritu lúdico y trato seductor -que negocia con lo que no hay gracias a su labia y simpatía- impuso un nuevo vocablo de la lengua francesa.
El término «faiseur» (devenido del título original de la obra) define al hombre que prueba centenares de empresas sin éxito dejando a varias víctimas en el camino. Antes que un hombre deshonesto, Mercadet es un gran emprendedor, hiperactivo y lleno de ilusiones, que no mide las consecuencias de sus actos. Obviamente, lucra para su propio beneficio; pero él mismo se autoconvence de que sus negocios beneficiarán a todo el mundo.
El director Francisco Javier condensó el texto original (integrado por escenas independientes entre sí) concentrando la acción en las peripecias del protagonista y en sus elocuentes diálogos, de tan sorprendente actualidad que hasta Roland Barthes brindó un sesudo análisis del personaje. Entre otras cosas señaló: «Mercadet ya no trabaja con objetos (bienes), como un propietario a la antigua, sino con relaciones, como el especulador que se anuncia en el firmamento capitalista».
Aunque la presente versión se apoya demasiado en la reconstrucción de época sin desarrollar la intriga latente en el texto ni los signos de actualidad que éste ofrece, vale la pena conocer esta alegre farsa que bien podría haber transcurrido en la Argentina.

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