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“Feizbuk”: caótico experimento
La nueva «obra» de José María Muscari (que en realidad son siete) se parece tanto al Facebook real, que se limita a abrir ventanas, sin profundizar ni aportar nada.
Aunque se trate de una minoría que todavía se resiste al fenómeno, quien no tenga Facebook se quedará completamente afuera de la nueva obra de José María Muscari.
Según el autor y director, su nueva pieza (de algún modo hay que llamarla) está en permanente evolución, es incompleta y «de superposición». Lo que se ve es un catálogo de ideas relatadas por gente que hace de sí misma. También según Muscari, «Feizbuk» es «el resultado de un arduo trabajo de investigación que se convirtió en material poético escénico», como si investigar significara navegar por la red y encontrar rarezas. Tampoco se alcanza a percibir esa poesía a la que se refiere un dramaturgo que no se caracteriza por la sutileza y la poética. En cambio, exhibe y hace explicitar a los, llamémosles, actores hasta los recursos extra discursivos («Acá, música», «En esta parte, Muscari nos marcó...»), a la vez que pone a sus personajes, siempre y sin excepción, a toquetearse y lamerse unos a otros sin justificación.
Luego de un casting de 1.200 personas para esta obra, queda la sensación de que Muscari no quiso privarse de muchos aspirantes y elaboró un experimento: 7 elencos de 7 actores, en 7 escenas, de 7 semanas de gestación, con 7 únicos ensayos, en una obra de 7 letras, a representarse durante 7 semanas.
La función de prensa que presenciamos combinó a los 7 elencos (que en las normales serán uno por función), y están divididos temáticamente. Al final esto se justifica desde el texto: en Facebook hay toda clase de gente, por eso «Feizbuk» tiene toda clase de elencos. Ellos son: el «hot» (los más bellos, vestidos de negro y los que más se toquetean), el «sex» (integrado por travestis, transexuales y homosexuales), el «mítico» (con los históricos actores de Muscari), el «tour» (todos extranjeros, que buscan representar a los indocumentados, inmigrantes, expatriados, etc.), «freaks» (se dicen loquitos, carentes de la belleza convencional), «teens» (adolescentes, el peor elenco, que resulta muy amateur) y «stars», integrado por «celebridades» como un columnista de programas de chismes o una mujer que publicita el abdominizer.
La pantalla proyecta el Facebook de la PC para apoyar la descripción de los fenómenos de la red social, a saber, seres reales como «Robymar», quien escribe poesía escatológica, grupos de denuncias, de pedófilos, de filonazis, títulos como «Maten a los negros Toba» o «El matagatos». Todo eso existe en esa comunidad virtual, el enigma es cuánto suma destacarlo.
Como en todas sus obras, la egolatría de Muscari lo lleva a abusar de la autorreferencialidad y, no conforme con ser artífice de la idea original, concepción, dramaturgia y dirección, hace repetir a sus actores o apunta en la pantalla que «Muscari es consumidor compulsivo de Facebook», entre otros datos suyos que no agregan demasiado. Hasta hay alusiones a las internas del mundillo teatral que dejan totalmente afuera al espectador.
En síntesis, esta «obra» es tan idéntica al Facebook que se limita a abrir ventanas y sólo exhibe. Pero no profundiza, ni mucho menos.
C.L.


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