Feria del libro reeditó pelea Nación-Ciudad

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Esta vez nadie discutió por Vargas Llosa, pero la apertura de la 38ª Feria del Libro volvió a reproducir el enfrentamiento entre el Gobierno nacional y el de Buenos Aires cuando se cruzaron, por momentos duramente, los discursos del Ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, y del de Educación de la Nación, Alberto Sileoni. «Entorpecer la libre circulación de los libros es entorpecer la difusión de las ideas», atacó Lombardi a las medidas restrictivas de la Secretaría de Comercio Interior. «La Argentina produce aproximadamente el 12,5% de los títulos que se editan en idioma español, lo cual significa que cualquier restricción impuesta al ingreso de libros impedirá al lector argentino el acceso al 87,5% de los títulos que cada año se publican en nuestro idioma, por no mencionar lo editado en otras lenguas. Son los lectores las víctimas».

Tercero en la lista de oradores después de las tibias palabras iniciales de Gustavo Canevaro, presidente de la Fundación El Libro (que buscó, como es tradicional en los discursos de los anfitriones, quedar bien con tirios y troyanos) y de Rodolfo Hamawi, director nacional de Industrias Culturales que empezó a calentar el ambiente al asimilar la causa YPF a la de la producción nacional de libros, Lombardi insistió luego en que «castigar a los lectores es una enfervorizada declaración de arcaísmo intelectual y pone de manifiesto una ideología que desprecia el valor del conocimiento». A esa altura, los invitados (entre quienes, además de editores, también se encontraban representantes de diferentes agrupaciones políticas, desde el PRO hasta La Cámpora) comenzaron a aplaudir y abuchear según el caso. «Una ideología que minimiza la producción abstracta, sea de patentes, diseño, conocimiento o arte. Una ideología menos apegada a los bienes simbólicos, complejos y de mayor valor agregado como los de la industria editorial, independientemente del soporte en que los manufacture y del sitio en que se los manufactura», concluyó un belicoso Lombardi.

Sileoni no se quedó atrás, para lo cual no sólo contó, por el orden de alocuciones programado, con la última palabra, sino que además cambió sobre la marcha el discurso que tenía previsto dar e improvisó para responder al ministro de la Ciudad. «No hay un solo libro parado en la Aduana», sostuvo, retrucando la afirmación de que hoy esos libros provenientes del exterior no pueden ingresar. Pero luego, tras ironizar sobre el «aplausómetro» de la ceremonia, continuó desde la perspectiva de la producción, equiparando también el caso YPF a la generación de libros como consigna emblema: «tenemos que cuidar el presente y mirar desde una perspectiva nacional, como hacen las grandes potencias. Aquí se editan 45 millones de libros». El novelista y psicoanalista Luis Gusman, ajeno a este debate, fue el encargado de cerrar el acto con un discurso, en ese momento, pulidamente literario.

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