8 de octubre 2010 - 00:00

Film enredado y pretencioso

Según reseñas, cuando Jean-Luc Godard dijo aquello de «El cine es la verdad 24 veces por segundo», desde varios años y kilómetros de distancia el comediógrafo Vincent Minnelli replicó «El cine es mentira 24 veces por segundo». Seguramente habrá un justo medio, como en casi todas las cosas. Pero no se encuentra aquí, en este enredo que el santafesino Nicolás Herzog filmó en la ciudad

entrerriana de su infancia, paradójicamente llamada Concordia, una de las más lindas, y también de las más empobrecidas por los malos gobiernos.

Combinando reconstrucciones ficcionales, cine dentro del cine, testimonios a cámara, captaciones de charlas supuestamente naturales, y apacibles paisajes suburbanos, medio montaraces, todo con un deliberado desorden cronológico, el autor procura plantear con un falso documental la revisión de una falsa noticia. Dicho de modo más amable, plantea una reflexión sobre diversos planos de representación de la realidad. Esto puede decirse de modo aún más complejo, aportando al prestigio intelectual que la película ha empezado a tener en ciertos círculos. Pero, se diga como se diga, poco contribuye a mejorar los resultados. Para el público común, sigue siendo una obra innecesariamente confusa y trabajosa. Lo que sí está claro, es la irónica melancolía que transmite. En el fondo, habla de sueños frustrados, pero no perdidos.

Sus personajes son tres militantes peronistas que allá por el 2000 buscaron diferentes formas de llamar la atención sobre los desocupados de la zona. Una forma extrema fue la de gestar con un canal y una radio de Buenos Aires la falsa noticia de un ejército de 70 hombres dispuestos a emprender la lucha armada como en viejos tiempos. El asunto era llamar la atención. Pero quien les prestó atención y reconoció las voces fue un jefe de policía. Por suerte la cosa no pasó de un arresto temporal.

Eso es lo que cuenta «Orquesta Roja», una representación mediática armada entre buscadores de espacio y malos periodistas, hoy evocada con otras representaciones cuya puesta también arroja sospechas sobre el límite justo entre ficción y realidad. Aparte de eso, cuenta la nostalgia, la mezcla de vergüenza y orgullo de los protagonistas, la terca ilusión de seguir luchando aunque los vecinos les hayan perdido una parte de respeto.

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