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Fráncfort: cierre y pase a la borgiana Islandia
Jürgen Boss, director de la Feria del Libro de Fráncfort, da su discurso final observado por Juan Gelman.
En la mesa estaban el poeta argentino ganador del Cervantes Juan Gelman y el escritor islandés Guöbergur Berggson (que sorprendió al auditorio con su perfecto español), presentados y entrevistados por el crítico literario alemán Michael Schmidt. Los versos antes citados, correspondientes al poema «Snorri Sturluson», fueron escuchados en la voz del mismo Borges en un video que se proyectó previamente. Entre los oyentes, la delegación argentina estaba casi en su totalidad, capitaneada en las primeras filas por María Kodama, Magdalena Faillace, Osvaldo Bayer, Griselda Gambaro, Daniel Filmus (que llegó a Fráncfort hace dos días), Mempo Giardinelli, Mario Goloboff, Vicente Battista, Ana María Shua y demás escritores de la comitiva oficial.
Gelman, en su alocución áspera y pausada, aludió (en referencia a la conjunción del español con el islandés) a esa «gran partitura de las lenguas del planeta, ya que para la poesía no hay Norte ni Sur», y además de ensalzar a Borges por su conocimiento de la cultura islandesa también recordó a María Negroni, quien había partido de Fráncfort un día antes, por su libro titulado justamente «Islandia», «que deslumbró a sus lectores». Antes de leer cinco poemas breves, traducidos alternativamente al alemán, recordó los nombres de algunos de los ya icónicos escritores muertos durante el Proceso militar, como Haroldo Conti, Francisco Urondo y Rodolfo Walsh.
Sin embargo, fue esa la única mención que hizo de ese período de la historia nacional. Cuando más tarde el crítico Schmidt, en el reportaje oral previsto, lo incitó a ahondar sobre el tema de los desaparecidos y la dictadura (que fue constante a lo largo de toda la Feria), Gelman lo defraudó. Respondió primero que la poesía y el dolor por la pérdida nada tienen que ver. «Ni el dolor ni la felicidad son motores de la poesía. Hay escritores a los que nada les ha pasado en la vida y tienen unos libros maravillosos, y otros que han sufrido mucho y no consiguen escribir nada. Es verdad que la vida impone algunas obsesiones, pero uno no escribe desde ahí».
Cuando Schmidt quiso saber cuáles eran «esas pieles de la historia a las que usted alude, y que no están escritas», Gelman contestó: «No están escritas, simplemente», y finalmente, al interrogarlo sobre qué se proponía alcanzar con su literatura, recibió como respuesta: «Nadie se propone nada con la escritura. Lo que sale, sale, y el resto es silencio, como dijo alguien». Schmidt se dio entonces por vencido, como aquellos críticos que alguna vez fueron elegantemente escarnecidos por Manucho Mujica Láinez, aunque por cierto desde otro polo ideológico.
El turno de Bergsson fue sorprendente, como ya se dijo, por su notable dominio del español. Después de expresar su amor y afinidades con Borges, mencionó como una figura destacada de la cultura argentina al crítico de arte (y colaborador de este diario) Jorge Glusberg, a quien recordó por una exposición que habían realizado en conjunto durante los años en que Glusberg fue director del Museo Nacional de Bellas Artes. Y, aludiendo a Negroni, a quien se proponía ver hasta que le dijeron que ya había viajado a Buenos Aires, mencionó que una vez ella le había hecho llegar, cuando vivía en Nueva York, una emotiva carta sobre Islandia, a la que respondió con el envío de una gran cantidad de libros. «Pero nunca más volví a saber de ella, ni siquiera si los recibió».
También leyó Bergsson un poema suyo, muy extenso, «El hombre de la Patagonia», título que entusiasmó por un segundo a los miembros políticos de la delegación, hasta que descubrieron que no se trataba de quien habían pensado, sino que por el contrario era una figuración funambulesca, escrita ad hoc, sobre un argentino en Islandia que pudo haber sido amante de Victoria Ocampo, según la opinión (contenida en el mismo poema) de Julio Cortázar. Fue muy bello oírlo primero en islandés puro, idioma durísimo donde sólo se distinguían los nombres propios: Borges, Cortázar, Picasso, Salinas. El poema finalizó con un «la paz y la bendición sean para con quienes llegan y se van de Frankfurt», palabras que luego hizo propias el director de la Feria del Libro, Jürgen Boss, en su discurso de cierre.
Por último, Boss, Faillace y el representante de Islandia procedieron al acto ritual de cierre, con la entrega del «scroll» (del que se habló en un envío anterior): un pergamino encapsulado que cede el país que se va al que llega, en este caso con una sixtina del «Martín Fierro» y unas estrofas de «Los justos», de Borges.
M.Z.


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