9 de mayo 2012 - 00:00

Fuentes experimental desafía a su lector

Fuentes experimental desafía a su lector
Carlos Fuentes «Carolina Grau» (Bs.As., Alfaguara, 2012, 177 págs.)

Aparentemente este libro reúne ocho cuentos que, aparentemente, conforman una novela. En realidad es un libro enigmático que desafía a su lector, y una demostración de que Carlos Fuentes, uno de los protagonistas del Boom de la Literatura Latinoamericana, a los 84 años puede ser más experimental que un joven escritor que busca hacerse un lugar ofreciendo algo que considera nuevo en narrativa. A la vez Fuentes no deja de deslizar la sabiduría de a quien le sobran experiencias en eso de la literatura. Sostiene el autor de «La muerte de Artemio Cruz» que «la literatura no se detendrá nunca, siempre se encontraran nuevas formas de narrar, de complicar o enriquecer un relato». Este libro surge de esa convicción.

«Carolina Grau» es un libro curioso, dispara interrogantes para interpelar al lector. Es una caja china, un laberinto de espejos, una cinta de Moebius que une historias que parecían cuentos independientes y, de pronto, se descubre que están eslabonados. Y esto a pesar de que ocurren en diversos lugares, en distintas épocas, y por momentos no se sabe si se trata de un hecho real o un sueño.

El lector va pasando del castillo donde está prisionero el Conde de Montecristo en el siglo XIX al extraño parto de una mujer en un tiempo que pareciera actual, y de allí a una misteriosa aldea donde llega un hombre sin memoria que es recibido como el hijo pródigo, para luego saber del conquistador Cristóbal de Olmedo fascinado por una mujer aborigen, una vestal que nunca duerme y que no puede alejarse de un templo abandonado, y ,en el cuento siguiente, entrar a la mansión donde medita Giacomo Lopardi, y luego están los desvelos del constructor de un castillo- prisión, ese donde está Montecristo, escenario del primer relato.

En esos cuentos se asoma como deseo o presencia, como fantasma o ser real, una mujer intemporal, anacrónica, diosa blanca inspiradora de los escritores, Alicia que lleva al país de la maravillas, musa que Fuentes bautiza Carolina Grau.

La estación de partida es el Castillo de If, el de «El conde de Montecristo», donde Edmond Dantes está injustamente prisionero, y de allí, según Alexandre Dumas, saldrá en busca de venganza. En su celda recibe las enseñanzas del Abate Faria que le permitirán huir, volverse poderoso y lograr su desquite. Hasta ahí todo como en la novela de Dumas, salvo que Fuentes lo revierte, usando el método Cortázar, hace que «el abate loco» sea el que escape, que se convierta en el Conde de Montecristo dejando a Dantés convertido en Faria. El abate va tras un sueño: reencontrarse con Carolina Grau.

En los cuentos Carolina es el deseo como motor de las acciones, la ilusión, y emblema de libertad. Fuentes muta la novela naturalista de aventuras en relato fantástico, lo lleva a formar parte del realismo mágico, de ese «real maravilloso» que América Latina según el gran escritor mexicano entregó potenciado a la literatura mundial, renovándola. Esto aparece en clave en «Brillante», el segundo relato, donde Carolina pare a un hijo que debido a su extraña piel luminosa debe esconder, y que a medida que crece se va transformando en su padre muerto, y ella decide devorarlo para que no se vuelva su padre, canibalismo que luego será sólo un acto simbólico. El padre muerto se llama Juan Jacobo. Fácil resulta sospechar que se trata de Rousseau, o un doble que sirve a Fuentes, que gusta de filosofar sobre la vida y la muerte, para poner al racionalismo frente a lo extraordinario, a lo real maravilloso. Al avanzar por el libro el lector se encontrará atravesando pesadillas kafkianas, esoterismos borgesianos, fantasías quijotescas, escatologías rabelesianas, y a Fuentes desafiándolo, llevándolo por callejones sin salida o casas que abren sus puertas a la más desatada imaginación.

M.S.

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