19 de abril 2022 - 00:00

García Lao: “El exceso de lo normal es locura”

Diálogo con la autora argentina residente en Praga sobre su nueva novela, “Sulfuro”.

garcía lao. “La literatura suele ser un diálogo con muertos”.
garcía lao. “La literatura suele ser un diálogo con muertos”.

La vida vacua de una mujer de clase media alta, que se ve como un fantasma entre fantasmas, que siente que el mundo le es ajeno, que las personas son sus funciones, y sólo los muertos tienen nombre y apellido, es la intimista, experimental novela “Sulfuro” (Emecé) de la mendocina Fernanda García Lao, quien actualmente reside en Praga. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Buscó contar los padecimientos de una mujer de la zona norte?

Fernanda García Lao: Las mismas condiciones para las mujeres coinciden en distintos ámbitos sociales y económicos, más allá de cada contexto en particular. Hay violencias que permean las clases sociales, los niveles culturales, la ocupación. Yo me pregunté cómo sería Madame Bovary en el siglo XXI. ¿Existe esa mujer, y su fantasía es hoy la ultratumba y no conseguir un amante? ¿Es la vida hueca lo que la precipita a la búsqueda de lo extraordinario?

P.: ¿Es la búsqueda de la normalidad, en el caso de la pro-tagonista, lo que la lleva al delirio místico y, finalmente, a la locura?

F.G.L.: El exceso de normalidad termina convirtiéndose en una locura. Se opone normalidad y extravagancia, y para mí, desde muy chica, la normalidad fue algo extraño porque mi biografía estuvo carente de normalidad. No sólo por el exilio cuando chica, también por la profesión de mis padres. Mi padre era periodista, profesor en la escuela de periodismo de Mendoza, en la Universidad de San Juan, hizo prensa, radio, televisión. Mi madre era poeta, reportera, tuvo programas de radio muy exitosos. Pero nada fue constante. La nuestra fue una vida de inconstancia. Yo miraba con envidia a los demás. Creo que en el fondo todos nos sentimos parias que vivimos adaptándonos. En la infancia está permitida la imaginación, la creación, después nos hacemos adultos y todo el mundo pretende asimilarse a lo que le toca, pero siempre con cierta incomodidad. En la intimidad todos nos sentimos raros.

P.: En “Sulfuro” las personas se conocen por su función: escribano, vecina, chicos, papá, sólo los muertos tienen nombre y apellido.

F.G.L.: Viví veinte años en Olivos a dos cuadras de un cementerio. Desconocía el nombre de mis vecinos, pero en el cementerio todos en sus placas se presentaban con su nombre y apellido, y hasta con un brevísimo resumen de su vida. Una lápida es como el haiku de una vida. Como la mujer de “Sulfuro” no tiene ocupación estaba bueno que los hombres que la rodean fueran nombrados por sus profesiones, una forma de dejarla afuera, más cercana a los muertos que a los vivos. También es el peso que tienen los muertos en cada uno. La literatura es una conversación con muertos. Y muchas veces uno se siente más cerca de los que no están que de los que lo rodean, sobre todo si se tiene una vida desgraciada.

P.: ¿Es la vida vacía de la protagonista lo que la hace estar pendiente de lo que está fuera de ella?

F.G. L.: Esa despersonalización es un modo de anticipar su locura. Y una excusa para trabajar con el lenguaje y acceder a otras zonas menos visitadas por mi como la poesía.

P.: ¿Por qué la novela está contada desde la segunda persona del singular?

F.G.L.: Era imposible darle voz en primera persona porque ella no la tiene, como tampoco tiene nombre. Nadie la nombra, y ella misma no se nombra. No se sabe a sí misma. Va con una especie de relator de su vida. Es una creyente un poco sui generis, no tiene intermediarios. Cómo católica sabe que Dios está en todas partes y ve todo lo que uno hace. De chica saber que te ve todo el tiempo me resultaba inquietante.

P.: Ella piensa en un Dios muerto, pero lo pone vivo cada vez que lo necesita.

F.G.L.: Como cada cual, ¿no? En general la gente creyente sólo se acuerda de Dios cuando lo necesita. Y los agnósticos y ateos ante situaciones límites recurrimos al más allá para ser cuidados. El miedo es el gran motor de las religiones y se vuelve a ellas en casos de extrema necesidad de manera casi automática.

P.: La palabra sulfuro hace pensar en lo demoníaco.

F.G.L.: Era un modo de narrar el olor. Hay mucha literatura que no se detiene en los sentidos más que en el de la vista y del oído, y me interesaba trabajar las apariciones vinculadas a varios sentidos. No solo tiene la aparición visual de la mujer de su pareja, de la que él es viudo, sino que a veces se presenta por el olfato. También el oído viene a advertir determinadas cosas. Quien narra su vida es un espectro parlanchín. Tiene mucho que ver con la escritura esto de ser tomado por una voz. Es también poner en evidencia la convención de que uno elige el punto de vista y que yo quería dejar a la vista. Por eso cada capítulo anuncia quienes van a intervenir.

P.: Recuperó el uso de la segunda persona del singular como el nouveau roman.

F.G.L.: Como Michel Butor. Voy haciendo con mis textos investigaciones por única vez, sino se convierten en un modus operandi o una imitación de estilo de una misma. Tengo en “Cómo usar un cuchillo” un cuento en segunda persona porque si hay algo que me interesa cuando escribo es provocar en mí algún tipo de investigación, aunque sea mínima, decirme cómo escribo esto, no dar por sentado ni el tiempo verbal ni la forma ni la voz sino indagar cada vez. Me es difícil regresar a algo que ya hice.

P.: ¿En que está ahora?

F.G.L.: Salió “Autobiografía con objetos” donde también apelo a la segunda persona para contar de mi vida a partir de objetos y poner esa distancia pudorosa, para hablar de mi sin empalagarme. Hablar de alguien que se mudó mucho y dejó sus objetos en el camino. Ahora estoy con un libro de cuentos y la presentación de “Sulfuro” en España.

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