Si bien su saga veneciana es la más conocida, en 1981 coloreó las aguas del Rin en Düsseldorf acompañado por el célebre alemán Joseph Beuys, artista que cambiaría para siempre el concepto de "obra de arte". Sumado a la batalla ecologista, Beuys invitó a García Uriburu a plantar los primeros árboles de los 7 mil robles que dispuso junto a unos bloques de concreto en la Documental de Kassel de 1982. "Uriburu", se llama el extenso libro que le dedicó el teórico francés Pierre Restany. Ambos se conocieron en 1964, en el Instituto Di Tella, cuando Restany ya reconoce que las acciones de Uriburu brindan respuesta a la crisis de la imagen.
El francés percibe el conceptualismo político de las pinturas verdes y además, dice que las acciones y performances del argentino lo conmueven. Lo cierto es que en las fotografías de la gesta de las coloraciones se perciben los ecos del viejo romanticismo. El llamado "verde Uriburu" podía saltar del paisajismo de los quietos ombúes de la llanura pampeana, que comenzó a pintar en 1962, a su sexo y el propio pelo o los desagües contaminados del Riachuelo de fines del siglo XX.
En efecto, al mismo tiempo que comenzaron a desaparecer los lugares intocados del mundo y la tierra hizo sentir los efectos de sus padecimientos, el mensaje de García Uriburu se volvió más directo. Su arte apela a la ética del espectador. En la década del 90 denunció la destrucción del equilibrio ecológico con la serie "Empresas contaminantes auspician". Las fotos de los vertederos que desembocan y enturbian el Riachuelo, intervenidas con pintura verde, pertenecen a empresas reales, como el frigorífico de un conocido supermercado. A nuestro polucionado Riachuelo García Uriburu le dedicó una coloración cuando se inauguró Puerto Madero. Sobre un paisaje verde y utópico que nunca existió, se lee: "Utopía del Bicentenario. Coloración del Riachuelo. 1810-2010. 200 años de contaminación. Cuenca Matanza-Riachuelo".
Por otra parte, a la belleza incuestionable de las obras se suma la teatralidad de los retratos del artista bañado por las aguas de las fuentes y la belleza de los espacios elegidos, potenciando el valor estético de las obras. No obstante, el atractivo visual no resulta incompatible con el espesor conceptual ni con el criterio de lo verdadero. La contaminación destruye la belleza. Museos como el MOMA neoyorquino, o la Tate Gallery de Londres coleccionan documentación de las expresiones que hasta hace apenas unas décadas tan sólo les provocaba indiferencia. Los tiempos globales cambiaron la historia del arte y el Sur está ciertamente en el Norte, al igual que los mapas dibujados por Uriburu.
| Ana Martínez Quijano |

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