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Hitler vuelve a las pantallas alemanas
Tom Schilling, en el papel del joven Adolf Hitler, en la versión para el cine de «Mein Kampf» de Tabori.
Tras el éxito de «La caída» de Oliver Hirschbiegel (2004), en la que un inmenso Bruno Ganz encarnaba el hundimiento de Hitler en sus últimas horas, el suizo Odermatt sondeó en la juventud del dictador adaptando al cine la obra de teatro «Mein Kampf» («Mi lucha»), de George Tabori (vista en el Teatro San Martín hace algunas temporadas, con Alejandro Urdapilleta).
El acercamiento humorístico a uno de los mayores horrores de la historia de la humanidad tiene precedentes ilustres ya desde «El gran dictador», de Charles Chaplin (1940), o «Tener o no tener», de Ernst Lubitsch (1942). También otros menos celebrados como «Mi Führer, la verdad verdadera sobre Adolf Hitler» de Dani Levy (2006), que público y expertos fustigaron por su tono chabacano y acrítico.
En un punto medio, «Mein Kampf» combina la novela de formación con el humor negro más cruel. La película comienza cuando el joven Hitler, interpretado esta vez por Tom Schilling, llega en 1910 a Viena para estudiar Bellas Artes. En el albergue donde se aloja conoce al judío Schlomo Herzl, un librero de buen corazón que, inspirado en el principio «amad a vuestros enemigos, haced el bien a quien os odie», trabaja en sus memorias. El título del libro: «Mein Kampf».
Los cuidados paternales de Herzl salvan a Hitler del suicidio cuando la Academia de Artes vienesa le niega la admisión. Herzl le lava la ropa, le limpia la habitación, vende postales con sus pinturas, le recorta el bigote hasta darle la forma que pasó a la posteridad, lo impulsa a la política y le da el título de su libro.
A cambio, Hitler vuelve en contra del buen Schlomo a su amada, GrTMtchen, y hace que lo arresten por supuesto abuso de menores. El humor se mantiene insinuado detrás de esa situación y no llega en ningún momento a convertirse en el tono explícito de la película, que, por el contrario, busca un retrato eficaz y auténtico de las capas sociales más bajas en la Viena de principios del siglo XX.
También está lejos del mero divertimento la apuesta de Tom Schilling por encarnar un joven Hitler cada vez más nervioso, egocéntrico e inseguro. Detrás de la historia de Herzl y Hitler late una pregunta central: ¿Se puede reconducir al demonio hacia el bien a través del bien? La respuesta parece tajante: no. Tabori calificó su obra de 1987 como «una farsa teológica». Ya sea en el escenario o en las pantallas, «Mein Kampf» se presenta como una comedia en parte grotesca, y siempre profundamente triste, sobre la eterna lucha entre el bien y el mal.


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