20 de mayo 2013 - 00:00

Japón vuela, Europa se hunde y Francia se rebela

Japón vuela (Shinzo Abe es Superman en la portada de The Economist), la eurozona se hunde en las aguas de la recesión más larga de su (corta) historia, y, lo grave es que ahora chapotean hasta los socios fundadores. No es sólo la plebe: Francia cayó en desgracia. La población europea se cansa. Peligrosamente. Cada vez son más los que reniegan del proyecto común. En un año las opiniones favorables a la Unión Europea dejaron de ser mayoría: bajaron 15 puntos a un 45%, según Pew Research. En Japón, los inversores deliran por Abe: el 66% es optimista con respecto a sus planes (en contraste con la visión sobre China, que se ensombrece día a día). La política toma nota. El presidente francés, François Hollande, que como obsequio de primer aniversario recibió la noticia de la recesión, alista un motín contra los dictados de la austeridad (y su numen, la canciller Merkel). La novedad -y el aguijón que alienta otra Comuna de París- no es que Europa se hunde, sino que Japón resucita. Y, en apariencia, con pasmosa facilidad. Otra vida es posible, piensa Hollande. No es el único. Es oficial: Japón es la economía que más crece del G-7. Por varios cuerpos. Los primeros tres meses de 2013 se expandió a una tasa anual equivalente al 3,5%. Las Abenomics funcionan como una poderosa bujía de encendido. El consumo de sus austeros ciudadanos y las exportaciones tiran con fuerza del carro. De la recesión se tomó distancia, el yen se despeñó, pero la deflación no cede en su atasco. Las cuentas nacionales que ponderan el vigor de la recuperación marcan una reducción de los precios del 1,2% medida según el deflactor del producto, la más pronunciada desde el último trimestre de 2011. La política de estímulos no se arriará hasta torcer ese obstáculo tenaz. Y Abe cuenta con el apoyo internacional. Quien se sienta perjudicado no tiene cómo condenarlo. Pero lo puede imitar.

En las antípodas, la eurozona ingresó en el sexto trimestre consecutivo de recesión (menos severa que la que se gatilló con la crisis de 2008/2009, más perversa porque es un túnel que poco a poco apaga sus luces). Eurostat señala que, los últimos doce meses, la economía de los 17 se replegó el 1%. La caída trimestral fue menos profunda que a fines de 2012, pero más generalizada. Francia, junto con Finlandia, se incorporó al club de la recesión. Se une así a Grecia, Portugal, España, Italia, Chipre, Eslovenia y Holanda. La debilidad cunde. Francia recortó su producto bruto el 0,4% el último año. Bélgica lo hizo el 0,5% pero no está formalmente en recesión porque tuvo el tino de mechar trimestres negativos con positivos. La esperanza de antaño, Alemania, no tiene carné de socio pero suma méritos. En igual período, se contrajo el 0,3%. Austria no crece. Irlanda tampoco (aunque, como en Malta y Luxemburgo, falta conocer los datos recientes). Estonia sí crecía, pero se tambaleó este primer trimestre (y cayó a un ritmo anualizado del 4%). ¿Lo más pujante de la eurozona el último año? Estonia, gracias al arrastre, con un avance del 1,2% y Eslovaquia, con el 0,9%. Malta y Luxemburgo venían bien, pero como centros financieros offshore no podrán eludir las derivaciones adversas del Efecto Chipre.

Europa, ¿hará las cosas bien? ¿Tiene sentido esperar a septiembre, después de las elecciones teutonas, para convencer a Frau Merkel de mudar el rumbo? Gracias a la pax financiera del BCE - que alejó el fantasma de una corrida - la eurozona se hunde como si fuese Venecia: de forma inexorable aunque sin estridencias. Los políticos no podrán soportarlo. Hollande ya puso el grito en el cielo. En su momento, un mes atrás, José Barroso, el presidente de la Comisión Europea, instaló un mojón de rebeldía. La consolidación fiscal, dijo, "llegó a sus límites sociales y políticos". Hollande promete una "ofensiva" para lograr lo mismo: un giro estratégico que apunte a "políticas de mayor crecimiento y menos austeridad". ¿Algún modelo en mente? Hollande sueña con replicar la experiencia de Japón. El BCE, pontificó, podría inyectar la liquidez que permita la depreciación de la moneda y aliente las exportaciones. Si de veras pretende que Fráncfort imite a Tokio no debería decirlo en público. Y tendría que explotar la agenda propia. El boceto de QE para la región existe: es el proyecto de compra de préstamos por parte del BCE que Alemania frenó. La audacia de los políticos como Hollande es necesaria, pero alguien debe aportar las luces. Si Mario Draghi, el titular del BCE, hace maravillas con una linterna que carece de pilas, la sinergia es obvia. Tanto que el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, los unió a ambos Draghi y Hollande en una crítica demoledora. Sin querer, les marca el camino.

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