13 de marzo 2009 - 00:00

Julieta Serrano en Pinamar: una “chica Almodóvar” de 74 años

Julieta Serrano en Pantalla Pinamar, acompañada por el músico Pablo Sala y el actor Arturo Goetz.
Julieta Serrano en Pantalla Pinamar, acompañada por el músico Pablo Sala y el actor Arturo Goetz.
Pinamar (Enviado especial) - Ostenta orgullosa 74 años. Vivió la guerra, la posguerra, las luchas contra el franquismo, los desafíos juveniles del destape, y la devoción de los porteños, cuando vino junto a Nuria Espert, con unas puestas de «Yerma» y «Las criadas» que hicieron historia. Y encima, fue chica Almodóvar de la primera tanda. Ahora está en Pinamar con un «Un poco de chocolate», donde hace de hermana de Héctor Alterio. Se llama Julieta Serrano, y sigue teniendo la misma cara dulce y animosa, de ojos claros, con que perturbó a más de uno en «Mi querida señorita».
Periodista: ¿Cómo reaccionaron los españoles cuando se estrenó «Mi querida señorita», obra que aún hoy causa cierta perplejidad?
Julieta Serrano: ¡Imagínese cuando salió, mucho antes de la muerte de Franco! Pero fue un éxito brutal, aparte que José Luis López Vázquez estaba espléndido, y el director Jaime de Armiñan fue seleccionado para el Oscar. Claro que al leer el guión, primero me resultó chocante.
P.: Igual se metió.
J.S.: Soy un poco aventurera. Tengo una actitud cómoda, es que soy muy cómoda, de ser como gente normal, con aspecto de buena niña, pero siempre estuve dispuesta a hacer algo nuevo. El riesgo de hacer algo nuevo siempre me pudo. Dejé un contrato en el Clásico, para entrar con García y Espert, hice muy a gusto una partecita en «Tamaño natural», que me supo a poco, porque estaba trabajando con Michel Piccoli, y al director García Berlanga lo adorábamos, en fin, de todo.
P.: Fue la Madre Superiora de «Entre tinieblas» y otras cuatro mujeres de Almodóvar.
J.S.: La que más me gusta es la madre de Banderas en «Matador». Él la odiaba, y le iba agregando bocadillos, para hacerla más odiosa. Pedro es muy gracioso, y un showman que a quien luego los periodistas de Venecia hacían cola para entrevistar. Lo conocí de jovencito. Yo hacía la Martirio en «La casa de Bernarda Alba», cuando al fin se estrenó en España, ya en 1964, y él venía mucho a vernos, porque era amigo del director Bardem, hasta que pidió licencia en la Telefónica y consiguió un papel de mujer en el coro de la obra. Así salimos de gira.
P.: Almodóvar hacía de mujer.
J.S.: Y otro hombre hacía de Bernarda. Éramos así. Bien, un día Pedro nos pasa sus cortos, algunos de ellos sin sonido, que él mismo hacía diálogos y ruidos mientras proyectaba. Decían «no sabe rodar». «Ya vais a ver», contestaba yo.
P.: También trabajó con Luis Politti. ¿Es cierto que se murió de tristeza?
J.S.: Siempre se dijo, y yo lo creo. Estaba trabajando con él cuando enfermó, y era un trabajo de actores, de modo que pasas mucho tiempo juntos. Lo veíamos sufrir Marisa Paredes, Carmen Maura, éramos seis mujeres y él, en la obra «Motín de brujas». Tenía una calidad humana y artística que nos admiraba. Tuve la suerte de haber trabajado con él en dos películas, una cercana al destape, «Cuentos eróticos», aunque algunos eran más intelectuales que eróticos, y «El amor del capitán Brando», donde yo era la maestra rígida.
P.: Ahí también trabajaba Alterio.
J.S.: Es cierto. Y ahora hago de hermana suya en «Un poco de chocolate», que iba a llamarse de otro modo, pero eso del chocolate en el título ya te está hablando del placer que puede dar la película. Que es un cuento de vida, y esperanza, y sabiduría, sobre dos viejos y dos jóvenes. Nosotros somos los viejos. Últimamente hice varias películas, me divertí, pero ya empiezo a ponerme selectiva. Si algo no me motiva, me lo pienso un poquito, y me dedico a leer. Es una cuestión de edad.
P.: ¿Pero si le ofrecen otra pieza de riesgo?
J.S.: En riesgo he vivido siempre. He vivido la guerra. Mi padre fue a la guerra. Y la posguerra, que fue muy dura. De chicos nos mantenían encerrados, porque el barrio era peligroso, el Poble Sec. Pero aún así, recuerdo momentos lindos, cuando nos refugiamos cerca de Valencia, y yo saltaba acequias siguiendo sapos y lagartijas. En la guerra ví por primera vez una película: «La pequeña coronela», con Shirley Temple. Cuando fui a Hollywood, ya grande, me saqué una foto junto a la huella de sus manecitas en la vereda. Me decían «No seas cursi, mejor ponte junto a las manos de Bette Davis». «Aquí con Shirley», decía yo, «hay que ser agradecido, porque esta personita me alegró la infancia cuando más lo necesitaba».
Entrevista de Paraná Sendrós

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