15 de febrero 2010 - 00:00

Julio Iglesias y un ritual que no necesita cambiar

Actuación de Julio Iglesias. (Estadio GEBA, 11 de febrero).

Hace pocos días Tom Jones mostró su vigencia en el Luna Park. Ahora, y salvando las enormes diferencias artísticas entre ambos, es Julio Iglesias el que pasó por Buenos Aires una vez más -a esta altura, vaya a saber cuántas han sido desde aquella primera vez en los años 70- para exhibir su particular estilo.

Y, como siempre, a Julio Iglesias, como a Tom Jones debe comparárselo consigo mismo. Vestido de traje oscuro que no abandonó en ningún momento del concierto, a pesar del calor, se conserva en buena forma, sin denunciar sus 66 años de edad y los cuarenta y pico de carrera, y un estilo que, a esta altura es como una imitación, a ratos hasta un poco humorística, de lo que alguna vez fue.

Si bien nunca pierde la afinación y se le nota el enorme oficio, Iglesias ya prácticamente no canta. Balbucea, acentúa algunas palabras para dejar otras en la oscuridad sonora, da por sentado que el público, que ha ido envejeciendo junto con él, conoce al dedillo cada texto. Y nunca pierde la sonrisa; ni siquiera cuando el paso de los trenes con sus bocinas dedicadas y hasta del helicóptero presidencial tapan con su ruido lo que pasa sobre el escenario (la intensidad baja, producto de las actuales condiciones impuestas para este tipo de shows juegan evidentemente en contra en un sitio con tanto sonido externo).

Iglesias tiene a sus espaldas una gran orquesta, pensada entre el pop y el estilo de hotel internacional, con un saxo que hace solos melosos y previsibles hasta para el menos conocedor, y un coro de tres chicas, que además juegan pasitos de baile. Y una pareja seudo tanguera dibuja una coreografía excesivamente «estilizada», mientras el español canturrea una versión inverosímil de «A media luz».

Los miles que fueron a verlo soportaron estoicamente las escasas comodidades que ofrece ese sitio para ver y escuchar cantantes: larga caminata para gente que en buena medida ya no está para esos trotes, asientos apretados, el citado tema del sonido, etcétera. Pero ni esto ni cualquier otra crítica importa demasiado, porque lo único que motiva a la multitud madura -y mayoritariamente femenina- es lo que hace Iglesias sobre el escenario, con esos mohines que siguen adorando, con ese repertorio que se va repitiendo visita tras visita. Canta «Natalie», «Un canto a Galicia», «Me olvidé de vivir» (la primera gran ovación de la noche), «Manuela», «Caruso», un par de tangos a su modo, algunos temas en su particular inglés, y la gente siente que tuvo sentido pagar el alto precio de las entradas, que el ídolo está intacto, que es «estilo» eso que uno podría llamar caricatura o cliché artístico, y que la sensualidad y el talento del español resisten cualquier almanaque.

R.S.