5 de diciembre 2011 - 00:00

La aventura de rodar cine emocional en campo minado

El realizador Hernán Belón, la directora de fotografía Lorena Fernández y la protagonista Grace Spinelli: «Buenos Aires Beirut Buenos Aires».
El realizador Hernán Belón, la directora de fotografía Lorena Fernández y la protagonista Grace Spinelli: «Buenos Aires Beirut Buenos Aires».
Emotiva historia argentino-quatarí se vio el sábado en el LatinArab Festival del Hoyts Abasto: «Beirut Buenos Aires Beirut», otro de las notables muestras que están coincidiendo en estos días en Buenos Aires. El film es la aventura de una joven que rastrea los pasos de su bisabuelo hasta una aldea en los riesgosos límites con Israel, y encuentra inesperadamente lo más íntimo de dos ramas familiares. No es ficción, es un documental, y sus autores, Grace Spinelli y Hernán Belón, tampoco sabían con qué se iban a encontrar. Dialogamos con ellos.

Periodista: ¿Cómo surge esta historia?

Grace Spinelli: Un día mi tía abuela me confesó que el bisabuelo inmigrante no había muerto en la Argentina, sino que a los 60 años se volvió a su pueblo natal. Abandonó a su familia y, al parecer, formó otra con su novia de infancia. Acá lo odiaron tanto que a lo largo de los años ni abrieron sus cartas. Por suerte las conservaron.

P.: ¿Qué decían esas cartas?

G.S.: Él tuvo una vida muy dura. Adolescente, dejó el hogar perseguido por el ejército turco, que llevaba a todos los libaneses como soldados a la guerra. Habrá venido de polizón. Se instaló en provincia, cayó varias veces, encontró otra vida, pero no una mezquita, y era muy religioso. En su pueblo estaban el hogar materno, sus olivos, y la mezquita a pocos metros para ir a rezar apenas se levantaba.

Hernán Belón: Rastreamos en los viejos y enormes libros de Inmigración, donde está la lista de pasajeros de cada barco, visitamos el Museo de los Inmigrantes (cuyo mobiliario es en parte una recreación hecha para el film ítalo-argentino «Nuovomondo»), comprobamos que los sirio-libaneses eran considerados «de segunda» e iban a parar a hotelitos de Reconquista, etc. A los árabes esos libros y archivos les parecen fabulosos, ellos no tienen un registro similar de sus emigrantes.

P.: ¿Cómo decidieron el viaje hasta esa aldea?

H.B.: Habíamos recibido ayuda de la Fundación Los Cedros y el Instituto San Marón (libaneses cristianos), la Embajada del Líbano, San Luis Cine y otros, pero no del Incaa. En cambio, se interesó Aljazeera. Yo había ganado el Festival Aljazeera de Cine Documental con «El tango de mi vida», entonces ya me conocían. El acuerdo de coproducción nos decidió a viajar.

G.S.: Nos manejamos de palabra, como en los viejos tiempos, y no nos condicionaron el contenido, nada. Sólo que en los territorios donde tienen los derechos le sacaron unos minutos de una subtrama sobre los hombres de la familia en Argentina. Muchos de ellos también se fueron. Por algún motivo, lo suyo tuvo consecuencias hasta en la tercera generación. Cuando viajé, fue como si andando ese camino rompiera el hechizo que alejó a esos hombres.

H.B.: «El tango de mi vida» cubría dos semanas de un concurso, «Sofía cumple cien años» se centraba en una fecha, pero esto era una incógnita. ¿Y si no encontrábamos nada? No hubiera habido película.

G.S.: Hernán confió en mi pálpito femenino. Yo llevaba las cartas y fotos familiares. Ellas fueron nuestro pasaporte para obtener los permisos del Servicio Secreto del Libano y del Hezbollah, así pudimos llegar hasta la aldea. Incluso avisaron a Israel la patente de la combi que nos llevaba, para que no nos dispararan desde la frontera por sospechosos. ¡Es que el último extranjero que había ido a ese pueblo fue un canadiense en 1963!

H.B.: Nuestro guía era cristiano, saludó como cristiano, Grace con el saludo musulmán que había aprendido. Igual era una occidental. Allá hay mucha carga negativa, mucho odio entre sectores, pero hacia nosotros solo sentimos buena onda. Muchos recordaban bien al bisabuelo y su familia libanesa. Hablaron sin reticencias. Incluso aceptaron sin problema la presencia de dos cámaras.

G.S.: Lo que sentimos fue una familia emocionada con la visita de una prima extranjera. Y se emocionan igual que nosotros. Para más, apareció eso que no estaba en nuestros planes, que ni siquiera lo soñábamos, la sorpresa de un vínculo con otra persona a través de una vieja carta. Ella a través del tiempo y el mar se hizo presente y llegó hasta su hijo, decenas de años más tarde. En ese momento sentí que éramos instrumentos de un plan mayor.

H.B.: Siete años estuvimos investigando para esta película, y solo dos días de permiso en esa zona, sin saber lo que íbamos a encontrar, y llegamos a esa casa en el momento justo. Fue muy emocionante.

P.: ¿Ahora les harán llegar el dvd con la película?

G.S.: Si, y a los cuatro argentinos que nos recibieron: el embajador y su esposa, el cónsul y su esposa, ellos solitos en país extraño. No soy nacionalista, pero sentí que entre esa gente éramos embajadores de la Argentina.

P.: ¿Qué sabían de nosotros?

G.S.: Según los niños que me llevaron a la tumba del abuelo, en la escuela les dicen que es un país lejano, muy rico, con grandes diferencias entre ricos y pobres, muy buen fútbol, y mucha corrupción.

H.B.: Ah, el camino es pura historia, por ahí cerca fueron las bodas de Canaán, encontré ruinas fenicias, romanas, cruzadas, francesas, egipcias, británicas, sirias, sarcófagos tirados, etc. Nuestro guía tiró una pared de su casa vieja y encontró una caverna con ánforas (nos regaló una), y muchos kilómetros antes, en Sidon, está el famoso bar de Pepe, un buzo que tenía allí su museo personal, mezclando piezas que encontraba en el Mediterráneo, con fotos de ilustres visitantes. Entre ellos, Carlos Menem.

Entrevista de Paraná Sendrós

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