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La crisis va cambiando de escenario, pero no cede
Mientras tanto, en Europa, donde está reunida la cumbre de Bruselas, la definición más importante a la que se arribó es que se admite la posibilidad de que los poseedores de una deuda del país quebrado puedan sufrir quitas. La canciller alemana, Angela Merkel, pretendía que siempre que un país quebrase parte del costo, lo asumiesen los acreedores. Lo finalmente acordado es que se estudie la cuestión «caso por caso». Y España es, sin duda, «el caso» que más preocupa, por su dimensión y por las posibilidades de que finalmente necesite ese rescate. La principal consecuencia de esta decisión es para los países con problemas, ya que será más difícil y caro colocar deuda, con lo que su situación concreta hoy se torna más compleja.
Los países «periféricos» de Europa, encabezados por España, quieren una ampliación del fondo de emergencia de 750.000 millones de euros creado a partir de la crisis Griega y aplicado recientemente a Irlanda. Y le interesa también la propuesta de que se concreten emisiones en eurobonos de forma que todos los países de la región puedan acceder a un financiamiento barato, que sería posible en tanto entre los garantes figuren las potencias más sólidas de la región, como Alemania y Francia. Pero estos países saben que en ambos casos los mayores costos recayeron sobre ellos. Ya sea porque les corresponden los mayores aportes y, al menos por ahora, no tienen necesidad de ayuda, o porque un bono europeo implicaría desde el vamos, por la ampliación del riesgo, nuevas subas en los costos financieros de la deuda de los países centrales.
Hay quienes quieren ver en cada capítulo de la crisis pasos que avanzan hacia la solución final y anticipan, incluso, rallies accionarios a ambos lados del Atlántico.
Por supuesto, siempre puede verse una misma botella medio llena y a la vez medio vacía. También es posible percibir que frente al avance inexorable de la crisis fiscal y el abuso de los mecanismos monetarios se van ensayando soluciones precarias que hacen saltar el problema en otra esquina, postergando sólo por algún tiempo un desenlace dramático.
Invasión
Por eso conviene pasar revista a los vertiginosos acontecimientos de los últimos dos meses. A mediados de octubre, el secretario de Hacienda de Brasil, Guido Mantega, denunciaba la existencia a nivel global de una «guerra cambiaria» que estaba afectando gravemente al sector externo de su país. La invasión de dólares producto de la emisión desenfrenada de la Reserva Federal como política anticíclica llevaba a la revaluación de las monedas de los países en desarrollo. China, pese a su fuerte superávit, se resistía a dejar que su moneda se revaluara, lo que acentuaba los problemas de competitividad en el planeta y ya se temía el inicio de una «guerra comercial». Muchos países, a través de intervenciones directas o indirectas en sus mercados, intentaban moderar este proceso revaluatorio. En medio de ese escenario comienza a haber clara conciencia en el mundo de la crisis de solvencia de los países más débiles de Europa, con Irlanda a la cabeza, de forma que los países del euro avanzan en la formulación de planes de rescate. Simultáneamente, las señales de débil crecimiento en EE.UU. llevan a la Reserva Federal norteamericana a lanzar el programa de emisión de u$s 600.000 millones para comprar deuda pública con el fin de inyectar más liquidez y lograr mantener deprimidas las tasas de interés de mediano y largo plazo, de forma de hacer posible el crecimiento.
Ese plan fue masivamente cuestionado fuera de EE.UU. por ser considerado otro paso de la guerra monetaria. Pero estos temores quedaron eclipsados por un hecho más visible, que fue el ahogo financiero en Europa que obligó al rescate de Irlanda y parece tornar necesario proseguir con salvatajes que alcancen a Portugal y a España. El BCE compra masivamente deuda de estos países para aliviar la situación.
Frente a la crisis europea se detiene la depreciación del dólar y la escalada de las materias primas encabezadas por el oro, que se había tornado vertiginoso y Estados Unidos parece haber jugado bien sus cartas. Se deja de hablar de guerra monetaria. Sin embargo, emparchada la situación en Irlanda y mientras se debaten estrategias para enfrentar crisis en la zona del euro, nuevamente el dólar comienza a caer y las materias primas a escalar con nuevos récords para el oro.
Pero en ese momento es cuando se inicia la etapa actual con un derrumbe de los bonos del Tesoro norteamericano que en el título más representativo, que es el de 10 años, alcanzó al 7% en menos de tres semanas. El rendimiento de este bono pasa del 2,60% a más del 3,50% anual, y esta escalada de las tasas favorece también la caída del bono alemana y especialmente el aumento de la prima de riesgo en los países débiles de Europa. El derrumbe de los bonos en EE.UU. se asoció a la extensión de las desgravaciones fiscales votadas por la Cámara de Diputados, pero logró contener la caída del dólar y la escalada de las materias primas cuando ésta ya parecía reanudarse.
Una tasa del 3,50% anual no va a impactar con fuerza sobre la economía norteamericana, aunque lo acelerado del aumento está preocupando y, por otra parte, está claro que en un proceso de suba de tasas es imposible lograr el objetivo central de la Reserva Federal y el Gobierno norteamericano de fortalecer el crecimiento para crear empleo, ya que las estimaciones de diciembre revelaron que éste, lejos de bajar, aumentó del 9,6% al 9,8%.
Pero esta suba del costo de la deuda está impactando con fuerza sobre economías más débiles como la portuguesa y especialmente la española.
Cómo sigue la historia no es fácil anticiparlo, pero está claro que con liquidez internacional el dólar se derrumba y las materias primas vuelan, lo que distorsiona los mercados mundiales y agrava los problemas sociales. La alternativa es tasas en alza y problemas fiscales imposibles de resolver en muchas economías, con necesidad de salvatajes y pánico en los mercados, de forma que la recesión parece insuperable. Ninguno de los dos escenarios permite ser optimistas.


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