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La economía de EE.UU. se enfría. ¿Estornudará ahora Wall Street?
¿Qué destino nos aguarda? Se enfrió la economía, ahora se enfría el mercado de trabajo, y, de repente, la Bolsa también tirita. Las acciones empalmaron la segunda semana consecutiva en retroceso, tras el rally de los milagros, y con una merma acumulada del 2,3% sufrieron el peor patín desde febrero. ¿Hay que preocuparse? Se cortó la buena racha, sí. Pero no dejan de estar a tiro de los récords absolutos (un 3,5%). Y específicamente el viernes, cuando brotó la mala noticia del empleo, el mercado no se inmutó. Como en ocasiones similares -viene a cuento la suba memorable en diciembre al difundirse otra decepción- la Bolsa contraatacó con fiereza. No obstante, conviene no prejuzgar. Recién esta semana decantará la verdadera respuesta de fondo (y a la luz de la historia reciente, de no mediar un regalo del cielo, tendrá sesgo negativo).
¿Hora de dejar paso al llamado del Sell in May? Mayo vino puntual con la volatilidad bajo el brazo. El mercado de monedas obra como una veleta alocada en pleno torbellino, y, desde que Janet Yellen incorporó el dólar calmo en su vademécum, todo el mundo está muy sensible a las señales del oráculo cambiario. Recen para que amaine. Una dieta sostenida como ésta dañará el estómago: el Dow de Transportes derrapó el 5,5% en las últimas dos semanas y también cayó pesadísimo el postre, Apple crumble. Sin embargo, hay una receta más dañina que la volatilidad cambiaria: la apreciación del dólar. Su rebote -1,4%, la mejor semana en seis meses- complicó sobremanera. Basta pasear la vista por los precios de los bonos basura y el cobre o, más sutil, la prima de riesgo de los bancos europeos, para notar el sacudón de los resquemores en alza. La semana pasada advertimos la audacia de los especuladores al acrecentar sus posiciones largas en dólares australianos, un claro signo de desafío al peligro. El sartenazo, días después, no se hizo esperar (aunque hubo mérito local y no haya sido exclusivamente el resultado del vértigo global).
¿Se viene otra ola polar? ¿Discutiremos de nuevo, como en enero y febrero, los riesgos de una contracción en los EE.UU.? La encuesta que hace el Wall Street Journal entre los economistas de bancos y consultoras le asigna una chance en cinco a una recesión en 2017. Pero hay quien ve un 60% de probabilidades (y no es el típico tirabombas). La curva de rendimientos, el mejor predictor histórico, no va más allá de un 10%. ¿Será otra oportunidad para facturar la desconfianza, y llegar así (por fin) a cruzar el Rubicón de los récords? Ya lo dijimos: el mercado limpió las posiciones cortas en la Bolsa, su principal motor de suba. Esta semana las acciones más vendidas en descubierto cayeron el 4,6% (diez veces más que el índice S&P). Habrá que esperar que el pesimismo se multiplique. Los inversores tienen la excusa ideal para precipitar una corrección. La misma razón de agosto y septiembre de 2015, y de principios de año. La tercera, como dice el refrán, debiera ser la vencida. Pero si deciden ignorarla (como hicieron el viernes) la vida continuará por las ramas (con el sostén de una Fed de brazos cruzados). No habrá señal bull más potente que la omisión de un tropiezo inevitable, aunque haya que esperar para recoger los frutos.


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