13 de mayo 2009 - 00:00

“La España de hoy parece haber olvidado sus propias miserias”

Benjamín Prado: «Es curioso que en España, cuando se habla de niños robados, se piense en lo que sucedió en los ’70 en América latina, y no en lo ocurrido al final de la Guerra Civil».
Benjamín Prado: «Es curioso que en España, cuando se habla de niños robados, se piense en lo que sucedió en los ’70 en América latina, y no en lo ocurrido al final de la Guerra Civil».
Poeta, novelista, ensayista, letrista de canciones con Joaquín Sabina, Benjamín Prado, dirige desde hace tres años en Madrid la revista «Cuadernos Hispanoamericanos», y volvió por Buenos Aires para presentar sus nueva novela, «Mala gente que camina». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Visitó otras veces Buenos Aires?

Benjamín Prado: Esta debe ser la quinta vez. Por América vengo seguido. No soy de esos españoles que quieren ser suizos. Yo no me siento hermano de los alemanes o los suizos, en cambio de los chilenos y de los argentinos sí. Es difícil no sentirse cerca de personas tan parecidas y con una lengua común. Bueno, hay quien piensa que a los países los separa la lengua común. Eliot decía que ingleses y estadounidenses estaban separados por la misma lengua [Borges, mucho antes, dijo lo mismo de argentinos y españoles]. Creo que se equivoca. Y se equivocan quienes tienen demasiadas ganas de ser europeos, lo cual está muy bien, pero no hay que pasar tan de prisa de ser un país de emigrantes a ser uno de xenófobos.

P.: Su novela «Mala gente que camina» ¿tiene que ver con esa revisión de la Guerra Civil que pareciera haberse iniciado con «Soldados de Salamina» de Javier Cercas?

B.P.: España comenzó a tratar temas que no se conocían o, mejor, que no había interés que se conociesen. Es curioso que en mi país, cuando se habla de niños robados, se piense en lo sucedido en los '70 en la Argentina, en Chile, en Uruguay, y no en lo ocurrido al final de la Guerra Civil que para nuestra desgracia fue una especie de laboratorio de los horrores. Todo lo que se hizo mucho después en otros sitios, la eugenesia, el intento de regeneración de la raza, los campos de trabajos forzados y el robo de niños se hizo en España. Es algo que aún hay muchos piensan que es mejor no mencionar. Hoy hay muchos escritores que eligen esos temas. Eso es normal, en los lugares donde hubo represión suelen ser los nietos los que empiezan a reivindicar la memoria de sus abuelos, porque los padres están demasiado cerca, demasiado horrorizados aún, no tienen la distancia necesaria para poder ver las cosas. Esto se ve en la novela de Cercas, en «El corazón helado» de Almudena Grandes, «La voz dormida» de Dulce Chacón.

P.: ¿Así le ocurrió a usted?

B.P.: A veces se da por casualidad. Un día puse la tele y salió un reportaje de la Televisión Catalana sobre Los Niños Robados, y me quedé estupefacto. ¿Niños robados en España? ¿Cuándo? Durante 4 años reuní documentación, estudié el tema, y al final surgió mi novela «Mala gente que camina».

P.: Que cuenta, entre otras cosas, la historia de dos novelas.

B.P.: Quise mostrar cómo los verdaderos escritores se sobreponen a las censuras. En España hubo durante años mucha gente que juraba tener una novela genial en el cajón pero que no podía publicar porque vivía Franco. Murió el «funeralísimo», como lo llamaba Rafael Alberti, y no aparecieron esas novelas. Y, sin embargo, Carmen Laforet publicó «Nada», Sánchez Ferlosio «El Jarama», Camilo José Cela «La Colmena», Martín Santos «Tiempo de Silencio» y Ana María Matute «Los hijos muertos». Por otra parte a mí me apetecía escribir una novela galdosiana, que fuera una mezcla de ficción y realidad. Galdós deja caer un personaje inventado en medio de la realidad y obliga a que el personaje de ficción tenga que llevarse narrativamente bien con los personajes reales, como los personajes reales estar bien como seres de ficción. Así inventé a la supuesta escritora Dolores Serma, amalgama de muchas personas y situaciones, como debe ser un personaje de novela, y del que estoy muy orgulloso por qué muchos fueron a buscar a la tal Serma porque no podía ser que el único que la conociera fuera yo. El nombre Serma es un homenaje a mi amigo Juan Marsé. Me hizo gracia porque en la novela se comentan obras de Caballero Bonald, Miguel Delibes, Carlos Barral y su relación con Dolores Serma, y Caballero Bonald me confesó que había ido a buscar en sus libros donde mencionaba a la Serma esa.

P.: ¿Cómo se planteó al narrador?

B.P.: Sabía que tenía que ser un tipo con sentido del humor porque contar una historia horrorosa de una forma luctuosa no me gustaba. Lo primero que pregunto a mis lectores es: ¿te has reído? Tenía que ser un profesor, alguien que citara, porque hubo muchas cosas que se hicieron en aquella época que si no te dan datos no te las crees, si se ve el modelo de mujer que se intentaba imponer y que como mínimo se toleró, aunque fuera de manera hipócrita, resulta increíble. Por eso necesitaba de alguien que citase para que se viera que todo eso no era un invento mío sino que había pruebas concretas. Ese profesor me permitió, entre otras tantas cosas, ridiculizar de esos congresos sobre «La sustanciación metapoética de la infinitud narrativa en la obra de Prados».

P.: ¿Cómo ve el panorama de la literatura de habla española?

B.P.: Mejor que cualquier panorama de otra literatura. En poesía es espectacular la diferencia en la calidad de la que se escribe en España, y la que se escribe en Alemania, Suiza o Inglaterra. Y en novela también hay gran calidad. Si hace 10 años se tomaba una lista de los más vendidos eran todos escritores en otras lenguas, ahora lo más fácil es que haya 6 españoles, un argentino y un peruano. Eso significa que un país está menos avergonzado de sí mismo, o más orgulloso, o que los escritores saben contar cosas que le interesan al lector. Yo creo que el lector jamás tiene la culpa, si no consigues que una novela le interese es porque no la has sabido hacer bien. Esa es mi teoría. Entonces, acaso es que se hacen las cosas mejor. Y también está ésta recuperación de la memoria a través de la novela porque queremos saber qué ha pasado, tanto en una infidelidad matrimonial como en una barbaridad histórica.

P.: ¿Hubo reacciones molestas con su novela?

B.P.: Hubo muchos partidarios y ha funcionado muy bien, y ha tenido muchas ediciones y esas cosas, y hay quienes han publicado titulares como Benjamín Prado denuncia en su última novela el «supuesto» robo de niños a los republicanos, también ha habido alguna que otra amenaza, pero cuando uno escribe un libro así sabe que va a haber gente a la que no le va a gustar, y no importa. El lector tiene la libertad absoluta de que no le guste. En la novela he intentado ser respetuoso con las ideas. Y la idea más hermosa que ha entregado al literatura a la humanidad es la de Voltaire: «me repugnan sus ideas pero daré mi vida por su derecho a expresarlas». Yo puse al personaje de la madre, que es el Sancho Panza de esta novela, que da otros puntos de vista, representa a esa gente que creyó durante 38 años que Franco sólo había venido a salvarnos del comunismo y esas cosas, hoy se ve que había habido alguna que otra cosa. Ese personaje tenía que estar en mi novela porque hubo millones de personas que pensaron así. Creo que de la ficción es de donde no se puede expulsar la realidad, aunque parezca una paradoja, porque entonces la ficción cojea, y yo quería que esa realidad también estuviera.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

B.P.: Una novela contra La Transición, para seguir haciéndome de amigos, basada en la llamada la Semana Negra. Un nuevo modo de ir contra las corrientes de opinión. Porque las corrientes siempre se llevan algo, y lo que se llevan las corrientes de opinión es el pensamiento propio, la capacidad de reflexión, de análisis y la libertad para revisar las cosas. Ángel González tiene un verso maravilloso: «un hombre nunca sabe qué pasado le espera». Y un país tampoco. El pasado hay que revisarlo, porque suele estar marcado a golpes de consignas. Las historia se lleva muy mal con el silencio, siempre señala los agujeros, las roturas y los emparches.

Entrevista de Máximo Soto

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