Un edificio con pasado diplomático y corporativo volvió a cobrar vida de la mano de un empresario del mundo del vino. Ubicado en Virrey Loreto 2035, en Belgrano, lo que durante 10 años fue sede de la Embajada de Venezuela y luego oficinas de una compañía china por 10 años más, hoy se transformó en un pequeño polo gastronómico vertical que combina café, sushi, vino y eventos en una misma propiedad. El concepto apunta a integrar distintas experiencias en un solo edificio.
La apuesta de un empresario del vino: reconvirtió una exembajada de Belgrano en un polo gourmet
El empresario Jaime Chmea, exdueño de Winery, transformó un inmueble con pasado diplomático y corporativo en una propuesta gastronómica.
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El edificio donde hace años funcionaba una embajada y hoy conviven cuatro propuestas gastronómicas.
Detrás del proyecto está Jaime Chmea, fundador de Pro.Vin.Cia y exdueño de la cadena Winery, quien encontró en este inmueble una oportunidad de reconversión. “Fue casi un milagro encontrar esta propiedad”, sostuvo.
El inmueble había estado vacío durante un año en estado de deterioro. La intervención buscó modernizarlo sin perder su esencia original. Se mantuvieron materiales y estructura, pero se le dio un nuevo uso completamente distinto: un concepto gastronómico vertical con cuatro marcas que conviven en distintos niveles.
Hoy el edificio está compuesto por Pro.Vin.Cia, bar de vinos, ubicado en el subsuelo; Nare, restaurante de sushi; The Shelter Bar, cafetería en planta baja y Damasco Dining Studio un espacio para eventos en el primer piso.
Un subsuelo “secreto”
Uno de los puntos más distintivos es el bar de vinos, ubicado en el subsuelo, donde originalmente funcionaban las cocheras de la embajada. “Siempre deseé un bar de vinos en un subsuelo”, contó Chmea, sobre una idea que finalmente logró concretar.
Ese espacio, antes destinado a autos de diplomáticos y empresarios, hoy es una vinería de perfil bajo, casi oculta, a la que se accede atravesando una cafetería. La propuesta busca correrse de los clichés tradicionales del vino. “Es un lugar atemporal, tiene eso de mágico”, explicó. Su primer local, lo abrió en la calle Arroyo, en Recoleta pero ahora experimenta con otra mística. “Hacía tiempo quería tener un bar de vinos en un subsuelo y estando en Buenos Aires, que no es una ciudad productora sino de consumo, quería evitar la obviedad de relacionarlo con las barricas y la madera, y mostrar que el vino también puede estar en un lugar cool, vibrante, moderno y elegante”, sostuvo. La propuesta incluye más de 200 etiquetas argentinas: “hay una proliferación increíble de proyectos chicos, áreas emergentes como Balcarce o Chubut con características muy distintas, propias del suelo, de la región, de variedades, que me parece lo más interesante de nuestro portfolio”, aclaró.
Un negocio que apuesta a la experiencia
La reconversión del edificio no solo responde a una oportunidad inmobiliaria, sino también a un cambio en el consumo gastronómico, donde la experiencia gana peso frente al formato tradicional. Al respecto, el empresario analiza en un futuro que la puerta de entrada del bar sea a través de la rampa de la cochera, algo totalmente distinto a los locales tradicionales.
Con una trayectoria en el negocio del vino, Chmea vuelve a apostar por un modelo donde el diferencial no está solo en el producto, sino también en el entorno En este caso, con un valor agregado: haber transformado un edificio con historia, de la diplomacia a los negocios internacionales, en un nuevo punto de encuentro.
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