- ámbito
- Edición Impresa
“La familia argentina”: drama con más ideas que conflictos
Claudia Cantero, Carla Crespo y Luis Machín, en el drama «La familia argentina», de Alberto Ure, con puesta de Cristina Banegas.
Más o menos para la época en que Alberto Ure escribió esta obra, Woody Allen protagonizaba un gran escandalete mediático con su hijastra Soon-Yi (hija adoptiva de su pareja de entonces, la actriz Mia Farrow). Al director de «Hannah y sus hermanas» le hubiera convenido tener a mano algunas de las ingeniosas argumentaciones que esgrime Carlos, el descarriado protagonista de «La familia argentina», capaz de justificar lo injustificable ante su ex mujer Laura («Si alguien nos veía debía pensar que yo era el padre, porque parecía. Pero no era
el padre. Ella era una chica, tu hija, y yo era tu marido, ¿Qué querés que pareciera?», explica para eludir el cargo de incesto).
Hoy son muy pocos los que se escandalizan con esta clase de anécdotas; si bien, para Ure, el hecho de que un escéptico psicoanalista decida formar pareja con la joven que diecisiete años atrás contribuyó a criar, no es más que una excusa que le permite hacer tabla rasa de toda convención para así poder revisar, desde cero, los vínculos ambivalentes, confusos -y, en ocasiones, algo perversos- que subyacen en toda familia, no sólo en ésta tan peculiar.
Laura sufre tremendamente, por celos, por haber sido traicionada y por perder a su hija Gaby, ahora su rival. Sobreactúa, un poco. Se cree una heroína de tragedia griega (¿qué hice mal?), pero sus observaciones no carecen de sentido común. Frente ella, Carlos despliega una brillante parafernalia discursiva (más que dialogar monologa, para no dejar títere con cabeza) ironiza sobre el matrimonio y su mercantilismo, denuesta a todas las instituciones, se burla de su propio racismo, y también se pregunta qué es ser padre.
Pero el show se le desbarata cuando aparece Gaby, dispuesta a defender su amor sin mucha más justificación que la fuerza de su deseo, tras argumentar que la relación entre su madre y Carlos ha dejado de funcionar hace tiempo.
El feroz cruce verbal entre las dos mujeres abre todas las esclusas, dando así cauce a antiguas rivalidades entre madre e hija. Aunque parezca un camino sin retorno (y en cierto modo lo es) la posición de cada personaje sufre un giro insospechado en el epílogo de la obra. Luis Machín, Claudia Cantero y Carla Crespo (la hija) dan vida a un triángulo cruel y a la vez más contenido y distante de lo que sugiere el texto. Los tres exhiben buena química y compromiso físico dentro de una puesta que privilegia la temática que se debate mucho más que los conflictos puestos en acción. Esto hace que cierta parte del público disfrute intensamente del material y otra se mantenga a distancia.


Dejá tu comentario