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La Negra es Gardel
«Mi padre me iba a poner esos nombres, que son los míos verdaderos, en el documento» -recordaba ella misma no hace mucho-. «Mi mamá le dijo que me ponga Marta. Él no quiso y me puso el nombre de mi abuela Mercedes y el de mi primita Haydée, que era muy adorada por todos los tíos. Entonces, mi mamá se enojó y le dijo Le voy a decir Marta para toda la vida; y me dijo Marta para siempre». Pero hay otro aspecto -¿casualidad?- que terminó uniendo a la «Negra» con Gardel. En los comienzos del siglo pasado, la industria cultural en una sociedad capitalista en formación empezó a llamar «cantor nacional» a figuras que, como el Morocho del Abasto, unían el campo con la ciudad, la tradición con el futuro, las raíces con la proyección internacional.
Así quedaba en el camino el más hispánico «cantante», que siguió sirviendo para denominar a otro tipo de artistas. Casi un siglo después, en una obra monumental que terminó siendo su trabajo final, Mercedes Sosa se concibió como «cantora» -ni cantante, ni cancionista- en el título de los dos discos y el DVD que desde su aparición este año nunca dejaron de ocupar los primeros puestos en los rankings de ventas.
Entonces, si «Mercedes es Gardel» y no a la inversa, es sencillamente por una cuestión cronológica. Porque ambos fueron voces que supieron aglutinar músicas y estilos, ambos desafiaron límites y prejuicios, ambos fueron las voces preferidas por muchos compositores y poetas para hacer sonar sus canciones; y los dos supieron por igual convertir en grandes obras muchas composiciones que, a priori, no siempre lo eran.
La «Negra» había nacido en Tucumán, en el seno de una familia pobre en la que, muchas veces, faltó hasta lo básico. Sin embargo, desafiando ese destino trágico, ya desde niña supo que la música y la canción atravesarían toda su vida. Con apenas quince años actuó en un concurso radial en su provincia -con el seudónimo de Gladys Osorio, que algunos confundieron con su nombre verdadero-, y lo ganó. Y aunque durante mucho tiempo nada le fue fácil, su carrera y su relación con el arte tuvieron una curva que jamás dejó de ser ascendente.
Cuando en 1963, con un mundo en ebullición, con aires de cambio en toda América Latina, un grupo de jóvenes creadores mendocinos -Armando Tejada Gómez, Oscar Matus, Tito Francia- organizaron el Movimiento del nuevo cancionero (inspirador más tarde de la Nueva trova cubana), ella estaba allí. Porque era la esposa de Matus -con quien luego tendría a su único hijo, Fabián-, porque coincidía con los postulados de ese grupo, y porque terminó siendo la voz que hizo conocer las obras de esos autores.
No casualmente, entonces, su primer álbum se llamó «Canciones con fundamento», apuntando claramente hacia un folklore que no hablaba solamente de los paisajes y de las costumbres del campo. Ese compromiso con la palabra y con la causa de los menos favorecidos le complicó la carrera desde un principio. Y si pudo cantar ese mismo año en el Festival de Cosquín -mucho más ligado al establishment musical- fue sólo por la solidaridad de Jorge Cafrune, que la invitó a compartir su escenario sin avisarles previamente a los organizadores.
Un exhaustivo currículum de Mercedes Sosa sería una tarea imposible. Porque es extensísima la lista de discos producidos y editados, de participaciones en conciertos y grabaciones de cientos de artistas de todo el mundo, de shows en los lugares más recónditos del planeta -frente a multitudes o en la intimidad de pequeñas salas-, de giras extensas, de kilómetros y kilómetros de rutas aéreas y terrestres recorridos, de premios y distinciones.
En un racconto parcial y arbitrario, sin embargo, no podríamos olvidarnos de sus acercamientos a la música clásica, desde la formalidad de obras integrales como «Mujeres argentinas», «Cantata sudamericana» o la «Misa criolla» hasta los escenarios compartidos con figuras como Luciano Pavarotti o Martha Argerich. Fue Mercedes Sosa quien hizo sonar por primera vez en nuestro país las canciones de Violeta Parra, quien grabó un álbum íntegramente dedicado a Atahualpa Yupanqui cuando no era habitual hacerlo, o quien rescató años después de los cassettes clandestinos a los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
Fue Mercedes Sosa la que empezó a unir géneros, repertorios, artistas, estilos cuando la tendencia argentina jugaba hacia el aislamiento y las rivalidades. El punto de quiebre fue aquella inolvidable serie de conciertos en el teatro Opera de Buenos Aires cuando regresó del exilio europeo en 1982.
Artistas como Piero, Antonio Tarragó Ros, León Gieco, Charly García o Rodolfo Mederos fueron algunos de los muchos invitados. Pero esa voluntad de unión y de ruptura de fronteras se repetiría muchas veces a lo largo de su vida y, paradójicamente, sus «Cantora» y «Cantora 2» del final, con invitados de España y de toda América Latina, del pop al tango, del rock a la balada, del rap a la composición de cantautor, fueron el último broche de un concepto artístico que atravesó los últimos 30 años de su vida.
En ese camino, la «Negra» se hizo madre de muchos de sus colegas. Teresa Parodi, Charly García, Víctor Heredia, Julia Zenko, Liliana Herrero, sus sobrinos Coqui y Claudio Sosa, Suma Paz, Amparo Ochoa, Illya Kuryaki and the Valderramas, Alberto Rojo, Leopoldo Federico, Luciano Pereyra, Soledad, Diego Torres, María Graña, Lila Downs, Joan Baez, Vicentico, León Gieco, Pedro Aznar, Luis Alberto Spinetta, Joan Manuel Serrat -en un listado sólo parcial porque una nómina completa ocuparía varias páginas- son algunos de los tantos que tuvieron un lugar bajo su ala, invitados en sus shows o participando de sus discos, sintiendo su calor y disfrutando de puertas que, a su paso, se abrían mucho más fácilmente.
Mientras formaba parte de la vigilia de amigos y familiares en las últimas horas de vida y con los ojos irritados, Julia Zenko recordaba cuando una vez la invitó a compartir su actuación en el festival de Viña del Mar. Al nombrarla y presentarla como proveniente de la Argentina, una silbatina se expandió por toda la multitud chilena que asistía al show; pero la silbatina se interrumpió abruptamente y se transformó en aplauso cerrado cuando la voz de Mercedes se sumó en el dúo.
Hoy son muchas las personas que lloran su pérdida, su escapada de esta Tierra que le fue amorosa y dolorosa por igual. Hoy se despide a alguien que fue mucho más que una artista, una gran cantante, una voz que atravesó fronteras, una mujer que tiene nombre propio en muchísimos lugares del planeta. Hoy estamos dando el adiós a alguien que simbolizó un tiempo, un modo de concebir el mundo, una manera de relacionarse con el prójimo.

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