26 de octubre 2009 - 00:00

La paz tras el séptimo sello

Estocolmo - Las últimas y complicadas instrucciones de Ingmar Bergman en su testamento han llegado a un final feliz. Dos años después de la muerte del cineasta sueco, sus nueve hijos y herederos pudieron celebrar con júbilo la venta de cuatro casas de Bergman en la isla de Farö sobre el mar Báltico: según establecía con toda claridad el testamento, el empresario Hans Gude Gudesen se hizo con la adjudicación, porque fue el mejor postor. Sin embargo, el noruego no tiene intención de utilizar la legendaria propiedad para uso privado, sino que lo pondrá a disposición de artistas como domicilio y taller gratuito a través de una fundación.

«Esto es sin duda lo mejor que podía pasar», se alegraba Daniel Bergman, quien desde la muerte de su padre el 30 de julio de 2007 es el portavoz en Farö de la comunidad de herederos de nueve hijos de seis madres distintas. Bergman había apostado en su testamento por sacarle el máximo beneficio a las casas en la pequeña isla de Farö junto con su inventario para sus herederos.

Linn Ullmann, de 43 años, escritora e hija del primer matrimonio con la actriz Liv Ullmann, de 70 años, es la principal responsable de que Farö sea conservado para el público y para el arte. La noruega convenció a Gudesen, quien se enriqueció a raíz de una pantente en tecnologías de la información, de su concepto de uso desinteresado de la propiedad. Nadie quería revelar, qué puso sobre la mesa Gudesen.

«Es maravilloso que Farö no se convierta en un simple museo. No habría sido del agrado de mi padre». Cada 14 de julio quiere que se proyecten durante todo el día películas de Charlie Chaplin para niños. «Así eran los cumpleaños de mi padre, siempre veíamos juntos películas de Charlie Chaplin», relató Ullmann. En Farö, situado al norte de Gotland, Bergman comenzó a rodar a partir de 1961 películas como «Detrás de un vidrio oscuro». Se enamoró de la isla y construyó una casa, donde vivió hasta su muerte a los 89 años. Utilizaba una antigua granja como cine privado para ver su película diaria.

Su testamento parecía más bien un guión: dispuso su entierro hasta el último detalle, exigió en contra de todas las reglas el traslado junto a su tumba de los restos de su esposa Ingrid von Rosen, fallecida en 1995, y prohibió «sentimentalismos inapropiados» a la hora de vender la herencia.

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