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“La vía por la que un creador se expresa es lo de menos”
Heker: «El blog instaló una nueva posibilidad, pero no garantiza nada. La compulsión de contar todo no conduce a casi nada. Sólo si alguien dice algo singular, ese blog va a trascender».
Periodista: ¿A qué se debió qué durante casi una década dejó de escribir ficciones para dedicarse a sus talleres, seminarios y conferencias?
Liliana Heker: Talleres doy sin interrupción desde 1978, salvo un año y medio sabático que me tomé a partir de 2009 porque sentí que meterme con mucha pasión en las novelas y cuentos de otros me había absorbido mucha energía. Me fascina dar talleres. Es un modo de contacto con determinada gente, porque hago una selección: me tiene que interesar el trabajo de los otros, y a los otros les tiene que interesar mi trabajo. Si no se produce ese entendimiento no sirve el taller. Además, me encanta ver el crecimiento de una obra.
P.: De sus talleres surgieron quienes hoy son reconocidos escritores.
L.H.: Guillermo Martínez, Pablo Ramos, Samanta Schweblin, Silvia Shujer, Ricardo Mariño, Raúl Brasca, Romina Doval, y siguen los nombres. Muchos. Gente valiosa que se transformó en colega y amiga.
P.: A eso sumó viajes donde hablaba de literatura.
L.H.: Charlas, cursos, tanto por la Argentina -viajo mucho a las provincias- y al exterior. La literatura por lo general no da dinero pero sí muchos viajes. Le debo algunos maravillosos donde sobre todo hablo de la creación literaria, que es lo mío. La escritura de ficción es el eje de mi vida. Siento que todo se acomoda a mí alrededor cuando estoy escribiendo un cuento o una novela. Desde el tiempo de «El escarabajo de oro» y de «El ornitorrinco» me interesó mucho la no ficción, la crítica literaria, la opinión, el ensayo, y cuando voy a dar charlas está ese otro aspecto de mi relación con la literatura. Es cierto, hacía diez años que no publicaba ficción. Lo último fue el libro de cuentos «La crueldad de la vida» en 2001. En 2003 publiqué un libro de entrevistas, «Diálogos sobre la vida y la muerte», donde hay una entrevista a Borges que le hice en 1979, para una primera versión de este trabajo, y donde fui agregando diálogos con Fontanarrosa, Abelardo Castillo, Tato Pavlosky, y Marcelino Cereijido por su libro «La muerte y sus ventajas», que a cualquiera le mueve la estantería. Ese libro fue un trabajo apasionante. Y antes había publicado, en 1999, «Las hermanas de Shakespeare» que reúne ensayos.
P.: ¿Cómo vuelve a escribir cuentos?
L.H.: Nunca dejé de sentirme escritora de ficción. Luego de la publicación de «La crueldad de la vida» no podía recalar en ningún texto de ficción. Escribía principios, tenía ideas pero me quedaban ahí. No está mal el parate, pero una vez que pasó, mientras ocurre, cuando uno no sabe si va a salir de eso, es angustioso. A principios de 2009 di un seminario en la Universidad de Virginia, así que durante dos meses estuve muy aislada, viviendo en un departamento en el campus. Ahí empecé una novela que luego derivó en algunos de los cuentos de «La muerte de Dios». El cuento «Con medallas, con goulash, con un atenuado clamor de alas» lo había publicado antes en la revista de Casa de las Américas, y «El concurso» es de esa época, del final de la etapa previa al no poder escribir. Lo que me dijo que iba a haber un nuevo libro fue el cuento «La muerte de Dios», que surge como un desprendimiento de la novela que había empezado en Estados Unidos, donde contaba de una mujer mayor que un día se ponía a recordar el día que dejó de creer en Dios, y se interna en el pasado, en cuando era chica. De pronto me di cuenta de que el personaje ya era otro, y que ese era el personaje y el tema que quería escribir.
P.: Que, a la vez, es un personaje de otros cuentos suyos.
L.H.: Exacto, de pronto era Mariana, que con su hermana Lucía recorre todos mis libros de cuentos. Ahí surge en mi el deseo de escribir. Pero una cosa es el deseo y la intención de escribir, y otra encontrar la manera. Pero no me importa, en ese sentido, estar un año o dos años con un texto, es mi trabajo, y ahí ya me siento bien. Al principio se iba a llamar «Los nombres de Dios», pero en el camino supe que se debía llamar «La muerte de Dios», y que iba a ser una nouvelle, un relato entre el cuento y la novela. A partir de ahí apareció ese «estado de cuento» que venía buscando, y empecé a escribir con mucho entusiasmo, y con mucha continuidad. Y ahí aparece un tema que me rondaba, y tenía hasta el título «De la voluntad y sus tribulaciones» y algunas situaciones, y que eso podía ser también una nouvelle. Como lo cuento parece muy rápido y muy fácil, pero en realidad no fue así. Aglutinando lo que quería decir de la voluntad, volví al relato tan fructífero que había comenzado en Virginia y que no había podido seguir. Comprendí que la historia de esa mujer mayor era lo que quería contar. Una mujer que llega casualmente a la que había sido la casa de su adolescencia. La había dejado en la puerta. No podía avanzar de ahí. Cuando lo retomé supe lo que iba a encontrar en el interior de la casa.
P.: «La muerte de Dios» trata de una chica judía que está fascinada con los ritos católicos.
L.H.: Mariana no tiene una formación religiosa, y evidentemente necesita una religión, por eso se crea una religión y un dios. Yo quería contar cómo arma y desarma a su dios. Ella es muy literaria, muy de búsquedas filosóficas, y a la vez muy ignorante, como cualquier chica de 13 años. Se está inventando un mundo. Cuando descubre a Epicuro en un libro de lecciones de filosofía, decide que es epicúrea. Está deslumbrada con las paradojas de Zenón. Pero todo muy prendido con alfileres. Se inventa todo porque se quiere comer el mundo. Hay esos atisbos de genialidad que aparecen en cualquier adolescente. Es esa etapa donde se piensa todo, se inventa todo, se cree se puede todo. Me interesaba contar esa edad tan intensa.
P.: En el primer cuento, «La muerte de Dios», son los inicios de la vida de una mujer; en el último, «De la voluntad y sus tribulaciones», el final.
L.H.: Y ese final es más fuerte porque los 65 no tienen tan buena prensa como la adolescencia. Y me interesaba mucho porque es una etapa con sus propios conflictos, deseos, posibilidades e imposibilidades. El vínculo entre esos cuentos estructuran el libro. Hay un deseo de vivir que une a esas mujeres. Uno cada tanto se ve a las puertas de una nueva adolescencia. Hay en ambos personajes una extraña sensación de libertad, con distintas características, con distinta intensidad. Toda mi literatura tiene arraigo realista, y por lo general desemboca en el absurdo por una mínima escena o por un final en que todo se desbarranca. Es que el absurdo está instalado en todas las situaciones de la vida. En el final de un cuento tan realista como «Tarde de circo» el contraste entre lo que está pasando entre la familia y lo que está pasando en la arena del circo es absolutamente absurdo. Plantear el absurdo no es algo que me proponga, surge naturalmente de lo que voy contando. En «Delicadeza», que trata de algo tan actual como la inseguridad, también desemboca en el absurdo. Acaso ese sea uno de los rasgos de mi narrativa. Descubrir ese aspecto de la vida aparece como un elemento persistente en mis historias.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
L.H.: Tengo a la ficción agarrada de la cola y sigo en eso. Escribí algunos cuentos muy breves, que no entran en eso que se llama microficción. Proyecto de tres cuentos largos que me quedaron en el tintero mientras escribía los de «La muerte de Dios». Algo muy concreto es «La trastienda de la escritura», del que tengo a grandes trazos el plan. Me importa dejar un testimonio de la labor de la escritura. Trabajé mucho en eso, en el proceso creador. Hay textos sueltos donde traté ese tema, ahora quiero dedicarle una obra orgánica, y transmitir el fruto de mi experiencia de tantos años con talleres literarios.
P.: ¿No cree que estamos viviendo una transformación de la literatura través de las nuevas herramientas tecnológicas?
L.H.: El camino por el que un creador se expresa creo que no importa demasiado. Hoy hay una enorme cantidad de blogs que son absolutamente insignificantes, y algunos que son brillantes, de la misma manera que hay una cantidad de libros de narrativa que no se sabe para que se han publicado, y algunos que son excelentes. El blog instaló una nueva posibilidad, pero eso no garantiza nada, como no lo garantiza ningún otro medio. La compulsión general de contar absolutamente todo no conduce a casi nada. Sólo si alguien tiene algo singular que decir, ese blog va a trascender. Esto es como cuando me pregunta si Internet va a anular el libro. Lo importante es que la gente lea, en el soporte que sea. A mi me gusta el libro, que me parece con un formato insuperable. A la vez me resulta muy práctico tener un e-book. Cuando viajo necesito una cantidad de textos que llevo allí, y me permite acceder a otros que preciso o quiero. Eso no me hace ni más ni menos lectora, soy lectora y me sirven todas las herramientas, amo el libro pero uso lo nuevo. Que mis libros estén en formato e-book me permite llegar a otros lectores.
Entrevista de Máximo Soto


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