Dice el gran Eduardo Galeano: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.
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Lado B: de las utopías a la distopía
Según la Real Academia Española, una utopía es la representación imaginativa de una sociedad futura de características beneficiosas para el ser humano y, en otras acepciones, aclara que es una idea de difícil realización. Un término inventado por Tomas Moro, el clérigo inglés de la corte de Enrique VIII, que sirvió de título para su célebre libro en la cual describe una sociedad perfecta, feliz, equitativa y tolerante ubicada en Sudamérica y parecida a una ciudad europea. Y así era vista la Argentina a principios del siglo pasado por propios y extraños. Argentina, granero del mundo, Buenos Aires, la París de América, cuna de una reserva cultural e intelectual envidiable, una tierra cargada de oportunidades para nativos e inmigrantes y repleta de riquezas naturales de todo tipo. La Argentina potencia del modelo agroexportador de sus comodities tan buscados en todo el mundo, con un PBI que crecía en promedio del 5% anual. Si nos transportáramos hasta 1915 veríamos que los bonos del tesoro argentino eran tan atractivos y calificados como sus pares suizos.
¿Qué nos pasó para que en sólo 100 años, un soplo en el devenir de la humanidad, hayamos retrocedido tanto hasta el lugar que estamos? ¿Qué hicimos mal para que esos bonos atractivos hoy sean despreciados y en muchos casos en default? ¿Qué fue lo que nos hizo caer tanto hasta esta situación social desgastada y desanimada en solo un siglo? ¿Qué fue de aquella utopía?
Muchos historiadores indican al golpe de 1930 como el origen de todos los males, entre ellos, la pérdida de credibilidad de los inversores y el freno al ingreso de capitales, acompañado de una economía cerrada al mundo y a la sustitución de importaciones propia de los años que transcurrieron entre dos guerras mundiales. Y así se sucedieron década infame, golpes filo fascistas, populismos, golpes liberales, autocracias, democracias adolescentes, neoliberalismos, neo keynesianismos. Cambio constante y ausencia de políticas de Estado y en medio de todo… la gente. Gente que sufre, que se enferma, que se empobrece. Gente que padece los efectos devastadores de la inflación. De los últimos 27 presidentes que tuvo la Argentina -democráticos y de los otros- sólo 5 tuvieron una inflación anual de 1 dígito y 7 de ellos tuvieron una inflación anual de 3 dígitos. La inflación genera pobreza y el 42% de las personas viven hoy bajo esa línea donde la mitad de ellos son menores de 15 años.
¿Cómo llegamos desde aquella sociedad utópica de bienestar asegurado a esta otra distópica y alienante?
También hay que decir que aquella Argentina de principios del siglo XX logró en su recorrido mejoras en los derechos laborales y de género, casi ausentes en esos momentos, pero el mundo transitó, en mayor o menor medida, las mismas trasformaciones y rara vez, naciones con tanta prosperidad por delante hayan dilapidado sus oportunidades.
Transitamos un camino de deterioro sostenido desde aquella utopía soñada hasta esta realidad distópica en solo 100 años. Tal vez nuestro error constante radique en la elección de nuestro NEO cuando quizás el problema sea, de una vez y para siempre, reparar la MATRIX.


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