"Fuocoammare" nos muestra dos mundos. Uno, el de un pibe como cualquier otro, que se lo pasa cazando pajaritos con la gomera o practicando puntería sobre las tunas. Su único problema es la ambliopía, lo que se llama "un ojo perezoso". Del resto, vive con la nona, que cocina bárbaro, charla con un tío que trabaja en alta mar, se embarca un poquito por la costa. El otro mundo, al que accedemos poco a poco, es ese que sólo conocen los rescatistas: el que recibe un llamado de auxilio en la noche, el que arrastra a los deshidratados en primer término, los que palpan a cada recién llegado, les toman los datos, etcétera. Entre ambos mundos está el médico del pueblo.
El es el único que cuenta, casi a cámara, lo que le toca ver en cada rescate. Lo hace una sola vez. Suficiente con eso. También atendemos un gospel rap donde unos nigerianos describen su viaje, y un compensatorio "olé, olé, olé con que, ya medio recuperados, sobrevivientes de diversos pueblos celebran un partido de fútbol. Los planos más fuertes quedan para el final. Y la metáfora. Ya iniciado el tratamiento para su ojo perezoso, el chico se acerca despacio hasta los pajaritos. Por primera vez sin la honda, los mira bien de cerca, los oye, casi puede tocarlos.
Autor, Gianfranco Rosi, practicante de un documentalismo minimalista, de información mínima. Apenas coloca una información al comienzo, con cifras fuertes: distancia de Lampedusa a la costa africana, cantidad de inmigrantes que cruzaron en los últimos años, cantidad de muertos. No explica, quizá porque supone que todos lo saben, que los rescatistas pertenecen a la Marina de Guerra de Italia, adscriptos al operativo Mare Nostrum. Lo demás, lo tiene que ver y sentir el público por sí mismo. Con su ojo sano, si es posible.
| P.S. |
"Fuocoammare" (Italia-Francia, 2016). Dir.: G. Rosi. Guión: G. Rosi, C. Cattani. Documental.

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