12 de junio 2012 - 00:00

Las falsas soluciones pasan factura

José Alfredo Martínez de Hoz
José Alfredo Martínez de Hoz
La crisis global avanza inexorablemente ante la falta de respuestas acertadas. Europa está en recesión y a la inviabilidad del programa griego y la urgencia de un salvataje en Chipre se suma la crisis bancaria en España, que absorbe muchos más recursos fiscales de los que están disponibles en el país ibérico y, por ende, está llevando el costo de la deuda pública a un nivel insostenible. La prioridad otorgada al salvataje de los bancos con mayor endeudamiento que termina hundiendo la actividad económica y cerrando las posibilidades de pago se explica sólo por la presión de los intereses en juego.

Pero al margen de los conflictos de intereses, hay algunos temas de política económica que han quedado medianamente esclarecidos merced a la experiencia. Desde Keynes se sabe que en una economía con baja inflación, sin problemas de financiamiento, que enfrenta un proceso recesivo o una crisis financiera, no tiene sentido un programa de ajuste. Más allá de las condenas del fundamentalismo liberal, al replegarse el sector privado corresponde al Estado impulsar la demanda y, en particular la inversión, aun a costa de incurrir en déficit fiscales. Y si el costo son algunos puntos de inflación más, habrá tiempo para luchar contra ellos cuando la economía esté en crecimiento. La invocación «ortodoxa» a fortalecer la «confianza» mediante la mejora las cuentas públicas, lejos de incrementar la inversión privada, la retrae, agudizando la crisis.

Inadecuado

La solución keynesiana permitió a Estados Unidos y a los países más fuertes de Europa superar la fuerte recesión que generó la crisis financiera de 2007/2008.

Pero siempre estuvo claro que las soluciones keynesianas no pueden aplicarse mecánicamente frente a cualquier crisis. En economías con alta inflación y déficit en su cuenta corriente, con bajo acceso al financiamiento, donde precisamente esos problemas llevaban a la recesión provocando, por ejemplo, corridas cambiarias -el caso típico de las economías latinoamericanas en la posguerra- ampliar el gasto y la inversión pública por si solo nunca fue una solución adecuada porque sólo terminaron con más inflación. Las macrodevaluaciones acompañadas de políticas antiinflacionarias y estructurales sólo pueden ser efectivas cuando el endeudamiento externo público y privado es bajo. Si no, la recuperación de la competitividad queda aplastada porque la deuda pública y privada se hace aun más agobiante. Hace falta licuar o podar la deuda para que la economía pueda despegar. Por eso los programas argentinos que permitieron salir de las crisis más recientes -después que la gestión de Martínez de Hoz incorporó el endeudamiento masivo en dólares como un elemento estructural- siempre exigieron aplicar un tratamiento especial de la deuda pública y privada. Tomando el ejemplo más reciente, así lo hizo la pesificación de la deuda privada y luego la fuerte quita de la deuda pública en la crisis de 2001.

El caso de Grecia y en última instancia todo el «sur» de Europa se aparta también del escenario keynesiano original. Allí hay países con gigantescos déficits fiscales que el mercado no quiere financiar en economías que han perdido competitividad y además se siente el peso de una gigantesca deuda pública. Pero además, como en la convertibilidad, estos países no manejan su política cambiaria porque están sumidos en el euro.

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