23 de abril 2012 - 00:00

Lograda recuperación de un clásico nacional

El Ballet Folklórico Nacional y la dirección de Fernando Alvarez son los puntos más altos de esta bienvenida recuperación de «El Matrero» de Felix Boero. paradigma de la ópera nacional.
El Ballet Folklórico Nacional y la dirección de Fernando Alvarez son los puntos más altos de esta bienvenida recuperación de «El Matrero» de Felix Boero. paradigma de la ópera nacional.
«El Matrero», ópera en tres actos de F. Boero. Lib.: Y. Rodríguez. Coro Nacional de Jóvenes (Dir: N. Zadoff/P. Banchi). Ballet Folklórico Nacional (Dir: M. Fernández). Orquesta Juan de Dios Filiberto. Pta. en esc.: C. Palacios. Dir.: F. Alvarez. Prod.: S. Botet (Teatro Cervantes, 21 de abril).



Desde su estreno mundial en el Teatro Colón el 12 de julio de 1929, «El matrero» habría de convertirse rápidamente en un clásico de la ópera vernácula, y en un caballito de batalla (valga el guiño lingüístico) del tenor argentino Pedro Mirassou. En el primer coliseo se representó de allí en más en casi todas las temporadas hasta 1936, y luego en 1948 y -ya sin Mirassou, retirado en el 50- de 1974 a 1976. Pero en lo sucesivo el poncho del olvido pareció cubrir esta pieza breve, lograda y efectiva, verdadero paradigma de la ópera nacional argentina, tanto por su temática como por la incorporación estilizada de elementos folklóricos, como los bailes «La media caña», el «Gato correntino»,

etcétera. El punto débil de la obra, indudablemente, es el texto de Yamandú Rodríguez, plagado de lugares comunes e imágenes poéticas de dudoso gusto.

Buena iniciativa entonces la de la Dirección Nacional de Artes de la Secretaría de Cultura de la Nación al rescatar esta ópera de Felipe Boero (1884-1958), que ya fue presentada en gira por varias provincias el año pasado y cuya producción llega ahora a Buenos Aires, con la participación de tres de sus cuerpos estables.

La régie de Carlos Palacios sacó buen partido del espacio ya de por sí reducido del escenario del Cervantes (más reducido aún por la escenografía) y de los bellos matices cromáticos que posibilita la iluminación. Un problema grande de un teatro de prosa como éste es la ausencia de foso, que obliga a ubicar a la orquesta en el espacio correspondiente a las primeras filas, con las consecuencias acústicas imaginables; afortunadamente la experta mano del director argentino de carrera internacional Fernando Álvarez pudo minimizar el desbalance. Muy destacable, por otro lado, fue el desempeño de la «Filiberto», una orquesta cuyos campos naturales de acción no son la ópera ni la música académica.

En contraste con sus buenas actuaciones, los integrantes de la pareja protagónica (Gabriel Centeno, como Pedro Cruz, y Alicia Cecotti, como Pontezuela) afrontaron dificultades vocales de diversa índole: el tenor, por la necesidad de forzar su bella voz liviana en un rol pesado, y la mezzosoprano en una tesitura que hizo poco audibles muchos pasajes, y con un vibrato pronunciado y omnipresente. Más solvente fue el desempeño de Fernando Santiago como Don Liborio, en tanto que los papeles «de flanco» fueron muy bien cumplidos por Patricia Deleo, Juan Carlos Luque, Sebastiano De Filippi y Enzo Romano. El Coro Nacional de Jóvenes aportó profesionalismo vocal y frescura escénica y el Ballet Folklórico Nacional fue un lujo en los bailes camperos.

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