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Loreena McKennitt para recordar
Loreena McKennitt pasó con igual soltura del arpa al acordeón o al piano; y cantó con su voz de soprano desgarrada.
Loreena McKennitt nació en Canadá en una familia con herencia irlandesa y escocesa. Se formó en la música y el teatro, canta y toca varios instrumentos, y se acercó al repertorio celta en un ámbito geogràfico en el que eso no es tan común. Eso la llevó a relacionarse con la cultura y los músicos europeos, sobre todo españoles y británicos.
Con 56 años de edad tiene ya una larga historia, en una actividad con la que arrancó discográficamente en 1985. Ha publicado diez álbumes de estudio y cinco en vivo -el último es "The Wind that Shakes the Barley", de 2010; y hay un compilado más reciente- y ha vendido millones. Curiosa de las culturas del mundo e interesada en las cuestiones de las migraciones humanas, ha visitado los lugares más alejados de su país. A la Argentina, sin embargo, le queda todavía mucho por descubrir sobre esta cantante, compositora y multi-instrumentista verdaderamente interesante.
Sin el lleno que una artista así hubiera merecido, aunque con una buena convocatoria considerando las dos funciones programadas y la enormidad de la sala elegida, la candiense debutó en Buenos Aires con un espectáculo para recordar. Armó un repertorio con temas de distintas épocas, entre los que se mezclaron composiciones propias -muchas- y piezas tradicionales. Combinó las más baladísticas con las danzas vivas, los temas cantados con otros sólo instrumentales, lo más radicalmente celta con esa pátina "new age" que también hace parte de su discurso. Pasó con igual soltura del arpa al acordeón o al piano; y cantó con su voz de soprano desgarrada, lejos de la prolijidad del conservatorio pero con toda la intencionalidad que estas obras necesitan.
Se rodeó de una banda de timbres variados, donde convivieron instrumentos celtas clásicos -gaitas, flautas, percusiones, bouzouki, etc.- con los occidentales internacionalizados -guitarras acústicas y eléctricas, balalaika, contrabajo, cello, violín, hurdy gurdy, batería.
Su concierto fue dividido en dos partes por un intervalo e interrumpido varias veces en su continuidad sonora para explicar largamente -traductor incluido- las características de la música celta, para hablar sobre las cuestiones migratorias o para contar la génesis de algún tema en especial. Todo esto alargó quizá un poco de más la noche y le quitó algo de contundencia final. Pero, fue tan valioso lo que se escuchó pieza por pieza, es tan talentosa ella misma como intérprete, está tan bien rodeada de músicos indudablemente sólidos, tiene en su compañera cellista y corista Caroline Lavelle una presencia tan fuerte, que lo que hizo Loreena McKennitt en el teatro Gran Rex terminó siendo algo muy valioso. Y, hecha la presentación, ojalá sus visitas se vuelvan ahora habituales.

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