“Los actores más jóvenes ya no son tan supersticiosos”

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Mario Alarcón encabeza el elenco de «Jettatore», el vodevil de 1904 con el que Gregorio de Laferrère -autor de «Las de Barranco» y «Locos de verano»- se inició como dramaturgo. El clásico subirá a escena el viernes a las 21 en la sala María Guerrero del Teatro Cervantes, con dirección de Agustín Alezzo. Completan el elenco Aldo Barbero, Lidia Catalano, Claudio Da Passano, Néstor Ducó, Malena Figó, María Figueras, Magalí Meliá, Miguel Moyano, Hernán Muñoa, Francisco Prim, Ángela Ragno y Federico Tombetti.

«Jettatore» es la típica historia de enredos en la que una mentira termina envolviendo a todo el mundo. La maquinaria se pone en marcha contra Don Lucas, un solterón adinerado a quien lo hacen pasar por «yeta», para que su joven prometida pueda casarse con el hombre que ama sin que sus padres se opongan.

Alarcón ha perdido la cuenta de la cantidad de obras teatrales en las que intervino, pero celebra esta oportunidad de trabajar -por primera vez- bajo las órdenes de Alezzo.

Con una extensa carrera en teatro, televisión y cine, este rosarino todavía recibe comentarios por su participación en la película de Campanella, «El secreto de sus ojos», donde interpretó a un juez «cajetilla» y clasista: «Me han parado por Tribunales para decirme: muy bueno su trabajo, los jueces son así»).

Periodista: «Jettatore» es una caricatura de la superstición y la «yeta» es una manía que heredamos de los inmigrantes italianos.

Mario Alarcón: Sí, tuvieron más influencias sobre nosotros que los españoles. Precisamente, la palabra «yeta» viene del italiano «jettare» que significa lanzar o arrojar algo. Hay mucha gente del ambiente que tiene cábalas y varias supersticiones. Yo no creo en cábalas, pero respeto a la gente que las tiene. No soy nada supersticioso, será que vengo de familia española por ambas partes. Lo mío es puro pragmatismo: me ocupo de saber la letra y de estar atento al personaje y ya con eso tengo bastante. Si no es como relegar la responsabilidad de uno en algún poder superior.

P.: Decir de alguien que es yeta. ¿No es una excusa para discriminarlo?

M.A.: Y a veces es un puente para lograrlo. Es más común acusar a personajes políticos o a cantantes. Entre los actores no se da tanto, pero sé que en el ambiente musical tanguero, tienen esa costumbre de no poder nombrar a alguien porque es yeta. Son terriblemente cabuleros. Los músicos creen en esas cosas y los actores de antes también eran así, de tener muchas cábalas. Pero eso se ha ido perdiendo un poco con las nuevas generaciones. Creo que estas cosas tienen que ver con la inseguridad y con miedos no superados.

P.: Háblenos de «Jettatore». El personaje me recuerda a esos pretendientes indeseables que abundan en las comedias de Molière.

M.A.: Molière pinta gente grande con agachadas y actitudes non sanctas; en cambio Don Lucas es buena persona, un señor mayor muy educado y muy elegante. lo que hoy llamaríamos un solterón de buen pasar. Y por su ingenuidad cae en la trampa de estos jóvenes, que lo engañan porque se lo quieren sacar de encima. La trama es sencilla y surgió como una humorada del autor que la escribió en pocos días, pero su intuición de la estructura teatral es magnífica, así como su habilidad para generar situaciones cómicas. La obra es muy divertida sobre todo porque Alezzo le dio ritmo y evitó que los actores caigamos en la morisqueta. Estoy muy contento, de trabajar con él -era mi asignatura pendiente- y me entusiasma que sea con esta obra que ha quedado muy relegada en relación a «Las de Barranco» y a «Locos de verano» que ya hice dos veces: la primera en el Cervantes y la segunda en 1999, en el Teatro Alvear.

P.: ¿Sigue teniendo predilección por el cine?

M.A.: Siempre me gustó mucho y sigo siendo un espectador muy entusiasta. La imagen tiene un poder sobre mí que no puedo explicar. Tuve la suerte de debutar en 1982 con un coprotagónico en «El agujero en la pared» que fue un fracaso, pero pude conocer a Alfredo Alcón y al director David Kohon. El me enseño algo que nunca olvidé. Después de ensayar una de las primeras escenas, me llamó aparte y me dijo: «No, olvidate de lo que hacés en teatro. Vos confiá que la cámara te lee los pensamientos». Y era verdad, me pasó con una escena de «El padrino I», al ver la cara de Al Pacino sentí que le leía los pensamientos.

P.: El teatro argentino reúne obras antológicas que casi nunca llegan a escena ¿Por qué esta falta de interés por los clásicos nacionales?

M. A.: No tenemos término medio. De pronto nos pasamos de rosca y somos hipernacionalistas, a veces inútilmente. Yo siempre me acuerdo del día que estalló la guerra de Malvinas con Galtieri hablando desde el balcón. Yo estaba ahí como simple observador y no podía creer toda esa locura. Entonces pensé: o yo estoy equivocado o esto es algo demencial. ¿Cómo pudo pasar algo así, si culturalmente somos brillantes?

Entrevista de Patricia Espinosa

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