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Mallo: “Mis novelas no son de denuncia, yo describo el mal”
Ernesto Mallo: «El resurgimiento de la novela policial se debe a que el mundo está muy criminalizado (...) Cuando se habla de guerra contra el crimen es una gran falacia, porque las guerras en algún momento se terminan, y éstas no».
Periodista: Dado que tiene distintas perspectivas, ¿cuál fue el tema en que centró su nueva novela policial?
Ernesto Mallo: La trata de personas y la prostitución. La trata es un tema internacional, el segundo negocio ilegal más rentable después del tráfico de drogas, y superando al tráfico de armas. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta gente en situación de esclavitud como hoy. La trata de personas no sólo está relacionada con la prostitución, también con el trabajo esclavo, la servidumbre, el tráfico de órganos. La red de trata se relaciona con otras redes, con la de tráfico de drogas, por ejemplo, tiene vínculos cruzados. En Italia se hace mucho tráfico de drogas desde el norte de África a través del Mediterráneo utilizando lanchas rápidas. Cuando la lanchas de la Guardia Costera Italiana detectan una de esas lanchas, los traficantes que, además llevan a bordo mujeres para la prostitución, las tiran al mar, y la policía se tiene que detener a rescatarlas, y los delincuentes escapan.
P.: En la Argentina, ¿qué le interesó del tema de la trata como para poner al comisario el «Perro» Lascano a que investigara un caso?
E.M.: Estamos teniendo muchos casos. Hay emblemáticos como el de Marita Verón, en el que hay una madre con formación como para hacer el bochinche que está haciendo en buena hora, pero la mayor parte de los casos no se denuncian porque donde medran las redes de trata es en las capas más humildes de la sociedad, en gente que ni se atreve a ir a denunciar a la policía lo que ha sucedido. Y siente que tiene razón, porque considera que la policía en muchos casos está involucrada.
P.: ¿En su novela busca denunciar la corrupción policial?
E.M.: Mis novelas no son de denuncia, yo describo el mal. No pongo nombres y apellidos, porque no los conozco y porque, además, escribo ficción. Pero, a través de la ficción busco mostrar cómo operan las redes de trata en sus dos modalidades más destructivas, el secuestro y el engaño.
P.: En su novela se da un caso que toca a una mujer de la clase alta que impulsa en forma privada la investigación.
E.M.: Hay algo que siempre opera en contra de la delincuencia, la casualidad. Yo no la utilizo porque no es un buen elemento en una novela policial, sino que juega en contra, pero en la vida real eso sucede. En la novela, una chica es secuestrada por gente que tiene que ver con la trata de personas, pero no para eso, es por otro motivo que se revela en la novela. Y si el caso sale a la luz es si toca a una persona con instrucción y capacidad como para mover el hecho, como la madre de Marita Verón, o a una persona con dinero, de lo contrario pasa al montón de chicas que son secuestradas o engañadas y llevadas a una vida muy tremenda. El impulso a la investigación por parte de una mujer de clase alta hace verosímil la historia, y me sirve para contar los otros caos de secuestro y engaño.
P.: Sus novelas resultan cinematográficas.
E.M.: Comencé a escribir novelas ya bastante grande, a los 54 años, antes escribí teatro y cine. Pienso visualmente, y eso se ve. «La aguja en el pajar», la primera que se publicó, fue antes un guión de cine que escribí en la época del «corralito», cuando no había nadie que pusiera un mango en una producción. La transformé en novela y me fue bien, me abrió muchas puertas. Fue primer finalista en el Premio Clarín de novela, y con cierto escandalete entre los jurados. Cuando se publica gana el premio Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón. Luego la publican en Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Y si mis novelas fueron muy aceptadas en Europa es porque no son novelas internacionales, como las de algunos escritores que parece que no ocurren en ninguna parte o suceden en lugares que no conocen. Mis novelas tienen el sabor de lo local. Creo que cuanto más se globaliza el mundo, más local debe hacerse la cultura. La suerte me ayudó mucho.
P.: ¿De donde saca el estilo duro y sarcástico?
E.M.: Mi padre era abogado criminalista, y tenía gran sentido del humor. En un ocasión con su socio ganaron un juicio, y como el cliente no tenía dinero les pagó con un aras de caballos de carrera. Al año lo habían fundido porque no sabían nada de eso. Lo gracioso es que le cambiaron el nombre al aras, lo llamaron «Mate y venga». Nada mal para dos abogados criminalistas [Se ríe]. Mi padre escribió el Código Penal comentado de la Provincia de Buenos Aires y un «Juicio a Don Quijote» por todos los daños que causa en la novela. De mis padres me viene el costado irónico, la vocación por mirar la realidad sin ilusiones.
P.: ¿Qué piensa de la cantidad de escritores que en nuestro país se dedican al policial?
E.M.: La novela policial se ha puesto de moda, y ahí donde está el éxito la gente va. El resurgimiento de la novela policial se debe a que el mundo está muy criminalizado, y no se puede confiar en lo que dicen los gobiernos o los medios, porque no dicen la verdad de lo que pasa. Cuando se habla de guerra contra el crimen es una gran falacia, porque las guerras en algún momento se terminan, y éstas no. Y la gente necesita entender dónde ubicarse, cómo defenderse, qué tener en cuenta del mundo del crimen. Y no puede confiar en los gobiernos porque el mundo del crimen participa de ellos necesariamente, porque es una fuerza económica tan grande que no lo pueden evitar. Cuando deciden trasladar a «Marcola» de una prisión común a una de máxima seguridad en San Pablo, él organiza y ejecuta el asalto a 120 comisarías la misma noche, a la misma hora. Tuvieron que negociar con él, no trasladarlo y ponerle un plasma para mirar el Mundial. Es que el delito organizado mueve por año 420 mil millones de dólares, que es más que el producto bruto interno de Inglaterra. Y el poder negocia con el poder, sea legal o no. Esto no es nuevo. Y cuando la novela no pretende ser de denuncia, cuando no es una no ficción, puede decir la verdad a través de una creación.
P.: ¿Qué autores le interesan?
E.M.: Si bien hay autores actuales y del siglo pasado que me importan, el que más me inspira es Shakespeare, con personas que matan por ambición o venganza. Uso Hamlet para enseñar cómo se comienza una novela. Con el auge actual de la novela policial hay escritores buenos, malos, regulares y peores. Entre los autores argentinos, y es un problema en el policial, la tendencia a meterse en el monólogo interno, a la reflexión, a irse por las ramas. La novela policial es fundamentalmente acción. Tiene que avanzar y no tiene que tener elementos que distraigan. Si funciona, el lector no tiene que poder soltarla. Hamlet es un ejemplo extraordinario de eso. Un tipo joven viene caminando y se le aparece un soldado que le dice: hay un tipo ahí, que dice que es el fantasma de su papá y que lo mató su tío, que se acuesta con su mamá, y que dice que usted lo tiene que vengar, ¿qué va a hacer, don Hamlet? Uno se prende de inmediato. ¿Lo va a vengar o no lo va a vengar? Y lo genial es que se pasa dudando, y mientras suceden una serie de muertes, y hasta la de él. Al lector hay que atraparlo de entrada y no soltarlo. Ser muy cuidadoso para que no dude de algo que se dice. Y no darle todo resuelto. Mi lector tiene que trabajar. Hay tramos, cómo se llega de una escena a otra, que escribí y luego saqué, o el dar datos mínimos de los personajes, para que el lector llene eso con su imaginación, se vuelva escritor de la obra que está leyendo.
Entrevista de Máximo Soto


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