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Mar del Plata: buen cine y, también, invitados sorpresa
Bonnie Erickson, la mujer que diseñó y construyó a Miss Piggy, los ancianos del palco y el Country Trio, vino en reemplazo de Heather Henson la hija del creador de los Muppets, y cautivó a todos.
En verdad, algunos se autoinvitaron y se pagaron el pasaje, como los italianos Francesco Cordio y Paolo Pagnoncelli, que aprovecharon la luna de miel de uno para venir en trío con la recién casada (faltaba más) y charlar con el público de su hermoso documental «Inti Illimani, donde las nubes cantan». O el australiano Simon Barker, uno de los mejores bateristas contemporáneos de jazz, y protagonista de «Intangible Asset N° 82», sobre su búsqueda de un mítico maestro de la percusión, oculto al público. Sería muy bueno que Barker fuera descubierto por los músicos locales, y organizar una pizza.
Otra persona ni pensaba venir, es un bonus. La invitada era Heather Henson, que debía hablar sobre su padre, el creador de los Muppets, pero enfermó su madre, y mandó en su reemplazo a Bonnie Erickson. Que quién es Bonnie Erickson? Pues, la mamá de Miss Piggy, la mujer que diseñó y construyó a Miss Piggy, los viejitos del palco, y el Country Trio, inspirado en Henson, Frank Oz y Jim Nelson. Un gusto charlar con ella, verla reír abiertamente echando el cuerpo hacia atrás, y contar amorosamente la historia de la factoría Henson y los demás muñecos. «Entré como vestuarista. Un día, como soy de Minnesota, Jim me pidió que le hiciera tres cerditos. Así nació ella. Yo le di forma y movimiento, pero la personalidad se la dio Frank Oz, el libretista», dice, y se ríe cuando alguien le pregunta en quién se inspiró el libretista. A su charla asistió otra visita inesperada: Vilma Martínez, la embajadora de EE.UU., con su marido. A propósito, el gran suceso de las actividades paralelas no son las charlas y debates, sino el taller de marionetas, abierto a grandes y chicos, que durante dos días está dando John Kennedy, otro «muppetero» de alto rango. Los chicos no pueden creer lo que sale de sus propias manos, gracias a esta gente.
Pasando a otra cosa, tampoco los actores de «Cinco días sin Nora», candidata mexicana de la competencia oficial, podían creer lo que les pedía la directora Mariana Chenillo. «En el cine mexicano, la sobreactuación es el pan de todos los días, y ella nos pedía manejarnos con medios tonos», contó Ari Brickman. Se explica, ésta es una comedia de humor negro sobre las demoras de diversa clase para enterrar una señora judía que cometió suicidio, luego de cometer en vida algunas otras cosas, según sospecha el viudo. «Rodamos en la comunidad judía de Polanco, y cuando supieron lo del suicidio se molestaron muchísimo, porque entre ellos es un tema tabú. Entonces tratamos de evitarles más molestias con el ruido de nuestros equipos, y yo creo que por ahí encontramos el tono que nos pedía Mariana», bromeó el veterano Juan Carlos Colombo, quien comentó además «En México ni saben que hay judíos. No es como acá, que debieron integrarse desde los conventillos».
Sobre medios tonos y problemas de integración trabaja también la otra película vista en competencia oficial, también una comedia con muertos, pero de distinta clase: «El tiempo que resta», del palestino Elia Suleiman, una historia familiar y nacional, desde la ocupación israelí de 1948 en adelante, basada en las memorias de su padre, cartas de su madre, vecinos de su nativa Nazareth, y su propia experiencia de escolar obligado a ver «Los diez mandamientos» y cosas parecidas. De una calma incisiva y unos chistes que duelen, Suleiman va puliendo aquí el estilo que definió en «Intervención divina», y, por mano y contenido, se pone al frente de la tabla. Una lástima, que justo él no haya venido.
Una lástima también (y esto sí es criticable) que el catálogo del festival mantenga el estilo Bafici impuesto años atrás, de letra cuerpo 6 que debe leerse con lupa, e información tipo «Cahiers du Cinema», que en algunos casos nadie entiende de qué va la película, hasta que no pagó la entrada y empezó a verla. El año pasado un espectador salió a los diez minutos a reclamar la devolución de la entrada, porque de la lectura del catálogo había entendido otra cosa.
Más sobre la uruguaya «Mal día para pescar», vista el lunes, donde se enfrentan un decadente grandulón de lucha libre y su retador local, poco lúcido, y, como instigadores, un supuesto príncipe italiano metido a manager sin plata, y una novia que quiere plata. Según contaba anoche el director Alvaro Brechner, en charla informal, el grandote finlandés con cara de niño Jouko Ahola, tres años consagrado por ESPN como el hombre más fuerte del mundo, «se enamoró del personaje, aceptó nuestro escaso cachet, engordó 15 kilos, aprendió lucha libre, y fascinó a la gente de todos los pueblos donde filmamos levantando ruedas de tractores y hasta bañaderas». Su contendiente, «el sirio», es un argentino («no es que en Uruguay no haya hombres fuertes»). El príncipe es el español Gary Piquer, muy vendedor, y la mala de la película, Antonella Costa.
«Es mala pero tiene una razón noble para querer ese dinero», decía Brechner. «Eso de mala es un mito urbano», retrucaba Antonella. «Las mujeres son perversas, generalmente», concluyó el coproductor español Tomás Cima de Villa, que ahora proyecta algo más ambicioso, filmar en Chile los últimos días de Salvador Allende. La uruguaya costó solo un millón de dólares, es éxito en su país desde hace cuatro meses y próximo estreno en España, Grecia, Brasil, Colombia, Finlandia y otros lares.
* Enviada Especial


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