“Mar Negro”: amable historia de afectos

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«Mar Negro» (Mar Nero, Italia-Rumania- Francia, 2008, habl. en italiano y rumano). Dir.: F. Bondi. Guión: F. Bondi, C. Calamini, U. Chiti; Int.: I. Occhini, D. Petre, C. Salani, M. Morgenstern, T. Danetti, G. Colzi.

Pequeña historia de afectos duramente conseguidos, este «Mar Negro» dice más de lo que parece. El autor, el joven debutante florentino Federico Bondi, es algo reservado, igual que sus personajes al comienzo: una vieja gruñona, fastidiada porque el hijo la pone en manos extrañas, y la joven que llega a la ciudad precisamente para cuidar a la vieja (trabajo que le consiguió la hermana, ya establecida en otro empleo). Tardan, las mujeres, en entenderse. De a poco se van aflojando, empiezan a apreciarse. También uno irá apreciando la película.

De pronto, la chica avisa que debe volver a su pueblo. No tiene noticias del marido, que está allí trabajando por cien euros mensuales. A la vieja le extrañan el silencio del hombre y ese sueldo que no justifica quedarse en ningún lado. ¿Habrá otra razón? Decide que irán juntas. De paso, quiere ver caballos. Hace años que no ve caballos. Pero lo que ve, es pobreza. Caballos flacos, perros flacos. Y un viejo flaco, untuoso, de una antigua amabilidad de pobre caballero: el padre de su empleada. Probablemente la chica se quede. Ciertas cosas del cuerpo, o del sentido de propiedad, o la aceptación del destino, son difíciles de explicar. Pero hay gente así.

La acción se ambienta en un barrio cualunque de Florencia, y en otro de monobloques baratos y calles sucias de Sulina, Rumania, junto a un brazo del Danubio, que a esa altura ha dejado de ser azul, y ni siquiera lo vemos llegando al mar, pero en cambio se aprecia la negrura del ambiente. Décadas atrás, la chica hubiera sido de Sicilia o Calabria. Aquí sería santiagueña o paraguaya, es lo mismo. La historia es más universal, y también más necesaria, de lo que se piensa. Ayuda a ponerse un poco en el lugar de los demás.

La chica es Doroteea Petre, ya vista en «Cómo celebré el fin del mundo». El viejo, que parece el hijo bueno de Nosferatu, Theodor Danetti, a quien pronto veremos en «Juventud sin juventud». Y la mujer, la veterana Ilaria Occhini, que por este papel se ganó el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno. Actúa bien, pero, la verdad, Lydia Lamaison hubiera sido ideal.

P.S.

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