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Marcelo Katz: entre clown y “cronopio”
En «Top top top», el talentoso clown Marcelo Katz introduce al público en una suerte de autobiografía donde lo verdadero y lo falso se alimentan mutuamente en un recorrido alegre y enternecedor.
Un clown»no es un payaso cualquiera; es uno que tiene personalidad y gran capacidad de introspección. Todavía se sigue utilizando este vocablo inglés para marcar la diferencia básica de un personaje que navega entre el desparpajo circense, el absurdo existencial y la inspiración poética. Todos estos rasgos se exhiben en todo su esplendor en el nuevo espectáculo de Marcelo Katz, reconocido intérprete y maestro de técnicas clownescas.
En esta ocasión, dirigido por Hernán Carbón, introduce al público en una suerte de autobiografía donde lo verdadero y falso se alimentan mutuamente en un recorrido alegre y tierno donde abundan las anécdotas de infancia y toda clase de expresiones lúdicas (algunas de ellas con intervención de la platea).
En la primera parte, Katz despliega la timidez y los miedos propios de cualquier actor que sale a escena, provocando la hilaridad de la platea. Sus gestos espontáneos y la frescura con la que pasa de un tema a otro, sin perder de vista la reacción de su público, instalan de inmediato un clima festivo y de profunda camaradería.
A continuación, el actor recuerda con nostalgia y se divierte con algunas pequeñas venganzas. Aunque también reconoce algunas frustraciones (un padre distante, una madre que partió demasiado pronto, el mandato familiar de ser «top, top, top» en todo lo que se emprenda, etcétera). Valiéndose de proyecciones fotográficas, algunos trucos digitales, un tren eléctrico y varios juguetes artesanales, convierte a su álbum familiar en un recorrido dinámico y lleno de vida. Todas las imágenes están al servicio de su discurso y actuación; ninguna interfiere en la teatralidad de este encuentro. Al contrario, cada una potencializa e ilustra con eficacia las reflexiones del protagonista. En ellas, el humor y la rebeldía conviven con el equilibrio y la comprensión que da la madurez.
Sobre el final, Katz deslinda los datos verdaderos de aquellos que dejó librados a su fantasía, o bien, que fueron producto de idealizaciones, de recuerdos cruzados o de deseos nunca cumplidos. El recurso resulta conmovedor, como su premisa de que «todos tenemos una familia o algo por el estilo» (en alusión a los amigos que son como hermanos). Pero el actor no se deja ganar por el sentimentalismo. Se aprovecha hasta el último minuto de la sana credulidad de su público, que ya no sabe qué es verdad y qué es mentira. Poco importa. El clown, ante todo, opina y se ríe de las normas de un mundo con el que siempre estará en desfasaje, y para ello cuenta con su incorruptible mirada de niño (o de «cronopio», como diría Julio Cortázar).


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