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María Inés Krimer, con ecos de Conrad y “mucho Manuel Puig”
Krimer: «Que voces femeninas cuenten todo desde chismes establece una tensión intrigante, porque a partir de ellas se va filtrando algo más pesado, más ominoso: lo que ocurrió durante la dictadura».
Periodista: ¿Cuál fue el proceso que la llevó a escribir «Lo que nosotras sabíamos»?
María Inés Krimer: Esta novela tiene una marca de nacimiento de la que fui consciente una vez que la terminé. Me di cuenta que tiene que ver con mi historia familiar. Toda la familia de mis abuelos paternos murió en Treblinka. Se trata de una historia pesada que ha tenido mucho de secreto familiar. Yo me preguntaba, sabiendo que entre la capital de Polonia y Treblinka hay sólo 70 kilómetros, cómo era que nadie hubiese visto nada. Después de terminar «Lo que nosotras sabíamos» me di cuenta que había trabajando sobre un tema similar, que tenía algo de metáfora de aquella situación, que había escrito para entender qué pasó en ese momento, y qué pasó con mucha gente de mi generación.
P.: ¿Fue así como descubrió el sentido final de su novela?
M.I.K.: Al concluir la historia comienzan a aparecer los significados; y creo que el autor es posiblemente el menos indicado para hablar de lo que escribió, porque las verdades narrativas que tiene un texto se disparan para todos lados, y todos esos lados son los lectores que el texto tiene. Cada lector lee la obra desde su historia, desde sus experiencias y acontecimientos, por tanto cada lectura es diferente.
P.: ¿Con qué se va a encontrar el lector al leer su novela?
M.I.K.: Entre otras cosas, con la historia de cuatro mujeres, Sonia, Estela, Diana y Norma, que a mediados de la década de 1970 se instalan en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, en una villa cementera cuya vida gira alrededor de la fábrica de una poderosa empresa. En un barrio exclusivo para los jefes, la llegada de estas mujeres con su libertad sexual y sus conductas insólitas, es un suceso que viene a trastrocar la vida habitual de mucha gente. Todo esto es contado desde unas voces anónimas de mujeres que intentan controlarlo todo hasta que hay algo que no pueden controlar. Están las rutinas, las infidelidades, los chismes, y también los despidos sorpresivos, la ausencia intrigante, una tragedia que atraviesa todo hasta alcanzar a revelarse.
P.: ¿Por qué cuenta la historia desde un enigmático «nosotras»?
M.I.K.: Eso tiene un punto de partida literario, el cuento de Ryunosuke Akutagawa «En el bosque», que es un mismo relato contado por varias voces, y la última voz es la de una médium, es una voz sin cuerpo. Me pareció interesante tener una voz sin cuerpo porque permite decir cosas que en boca de un personaje resultarían poco verosímiles. Conrad, escritor que admiro, en su protocolo de narración tiene necesidad de destacar que toda narración implica un hablante y un oyente, y una ocasión que dispara el relato. Y eso en mi historia encajaba bien. Jeffrey Eugenides en «Las vírgenes suicidas», que también se apoya en Conrad, utiliza en ese libro el «nosotros». Ese «nosotros» yo lo transformé en «nosotras» y le metí mucho Manuel Puig, es decir que era un «nosotras» pero que hablaban desde el chisme. Me pareció que voces femeninas que contaran desde chismes establecía una tensión intrigante, porque a partir de ellas se iba filtrando algo más pesado, más ominoso, los acontecimientos que ocurrieron en este lugar durante la dictadura. Antes yo había intentado otras formas de contar esta historia, pero no me entraba por las orejas, no me resultaba verosímil.
P.: Ese narrador plural usted hace que sólo sea posible desde voces de mujeres.
M.I.K.: Los temas que se tocan son absolutamente femeninos, pensado lo femenino desde lo cosmético, de la peluquería, del ginecólogo, desde lugares transitados, por lo menos desde el imaginario, por mujeres. Pero lo que me interesaba de esa voz plural era mostrar cómo circula la información en los pueblos, donde todos son espías de todos, todo el mundo está enterado de lo que pasa con todos. Yo lo que hice es transformar eso en un mecanismo de narración. Fue un salto al vacío porque no sabía si iba a resultar o no.
P.: Resultó, ganó el Premio Emecé 2009.
M.I.K.: Ese «mostrar el revés negado de las apariencias a través de un universo de voces femeninas» es lo que vio un jurado excelente compuesto por Silvia Iparraguirre, narradora que admiro, Guillermo Martínez y Jorge Fernández Díaz. Según Guillermo Martínez, lo que escribí es «una novela que se lee como una sucesión de historias prohibidas, espiadas por el ojo de la cerradura, pero van armando por ensamble y por contraste, como en una mancha del test de Rorschach, otra figura monstruosa que es aún más difícil de mirar».
P.: ¿Ese «revés negado» es lo que le permite que detrás de los chismes aparezca la tragedia?
M.I.K.: La tragedia, el drama, se va filtrando como el polvo que se esparce desde la poderosa empresa cementera que es centro del pueblo, va apareciendo casi inadvertidamente, se filtra por los recovecos.
P.: El hablar de ese cemento que se esparce desde la fábrica ahogando al pueblo, matando plantas y animales, ¿tiene una intención de denuncia ecológica?
M.I.K.: Creo que se puede leer también como una alegoría de la época que estoy contando. A mí el sentido ecologista no se me había ocurrido, yo lo que pensaba todo el tiempo era cómo un recurso que iba resignificando todo el tiempo el secreto, lo que no se quiere contar, lo que se quiere tapar, los juegos de complicidades. Y para poder saber qué es eso que es secreteado, hay que conocer qué pasó.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
M.I.K.: Entregué un policial, de detectives, para la colección Negro Absoluto que dirige Juan Sasturain, que sale en marzo del año que viene. Fue un trabajo por encargo. Escribirlo me llevó un año y medio.
P.: ¿Le sirvió el ser abogada para escribir tanto una novela de las características de «Lo que nosotras sabíamos», que a través de datos descubre un delito, como para contar ahora decididamente un suceso policial?
M.I.K.: Sirve. Desde una perspectiva teórica de la narratividad, de cómo se debe contar una determinada historia, los maestros señalan que lo que conviene hacer cuando uno incursiona en un género lo primero que hay que hacer es informarse sobre sus rasgos esenciales, saber en lo que consiste, tener clara sus claves, y leer aquellos autores que se han destacado en ese tipo determinado de relatos. Eso está más allá del ser abogada, del instrumental que me pueda haber aportado mi profesión. Cuando a mí me encargaron escribir una novela policial, volví a aquellos autores que se han dedicado a ese género, para observar las herramientas que utilizaban. Fui en busca de los grandes clásicos de la literatura negra estadounidense: Raymond Chandler y Dashiell Hammett, que me encanta. Hoy hay algunos nuevos que son excelentes, como Elizabeth Jay Arnold, que me voló la cabeza cuando la leí hace poco.
P.: ¿Le gustó escribir un policial por encargo?
M.I.K.: Me gustó escribir dentro de un género, porque los límites son muy acotados y uno tiene más posibilidades de crear porque la forma ya está instalada, preestablecida.
P.: ¿Está trabajando en otros textos?
M.I.K.: Tengo una novela inédita, que fue finalista del Premio Clarín el año pasado, que veremos el destino que tiene, y estoy escribiendo, estoy con un nuevo proyecto que, al estar en marcha, mejor no hablar de él.
Entrevista de Máximo Soto

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